viernes, noviembre 18, 2011

Todas las cosas se deslizan

Todas las cosas se deslizan, y es probable,  fugan y fluyen y terminan por desencontrarse en el mismo lugar  de los improbables. ¿Las cosas que  van hacia  otras cosas  son las mismas cosas?
Son 50 años  en una Antología del poeta chileno Oscar Hahn, el màs probable Premio Nacional de Literatura 2012, editado por el Consejo de la Cultura y antologado por el poeta y profesor Pedro Lastra. Hahn, obtuvo este año el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda y esta antología fue lanzada en La Chascona, en Santiago, una de las tres casas del Vate chileno de Isla Negra.
 Un poeta afortunado en  su forma y contenido, profesor ducho, maestro del soneto, del verso chileno anclado en los clàsicos españoles y devenido en lo cotidiano, moderno, vital en lo sustancial de la rosa negra y lo etèreo de Hiroshima.
La Antología cuenta de 81 poemas. tomados de su primer libro Esta rosa negra, 1961  hasta  este año, lo que le otorga  continuidad y toda la vigencia posible a su ciclo poético.
A Oscar Hahn le gusta respirar con el poema, convertir al lector en su cómplice de la escena, lo vivido, ficcionado y hacer del  lenguaje un idioma personal. Su poesía siempre volverá al lugar del crimen, lo vivido, sufrido,el amor, la vida y la muerte, las cosas, esas que se deslizan como cosas que nunca retendremos.




jueves, noviembre 17, 2011

El insuperable Gordo de Carver



La escritura de Raymond Carver, icono norteamericano del cuento corto (comencemos por un clisé), no la discuten muchos, a pesar de las correcciones, ediciones, tratamientos de lenguaje y nuevas versiones de su Editor Gordon Lish. Menos me importan aún las intervenciones de su segunda esposa, la poeta Tess Callagher. Postmorten no saben que hacer con los textos, la prosa o literatura del muerto Inmortal.  Es muy probable todo, en la vida real como en la ficciòn. Por ello los estudiosos de su obra han dado sus opiniones. Dicen de  varios finales y descripciones a cuenta de Tess, otras cirugìas de Gordon. Carver fue un "minimalista", pero afortunadamente no desapareciò con tantos cortes, tijeretazos, cirugías.  Cerremos este tema con lo que  dijo el inefable Roberto Bolaño:  quizás el mejor cuentista de su siglo junto a Chejov. Este no es el caso de esta nota. Lo mìo es  el cuento del Gordo.
El insomnio no sueña ni tiene sueños. Extiende la luz aparente en medio de la oscuridad. Viaja por el cuarto con sus zapatillas de equilibrista. A veces esquìa de memoria en la nieve. Siempre, una ventana pareciera ver por nosotros lo que hay al otro lado. Es un viaje sin guìa. El insomnio siempre tiene los ojos abiertos. Siente como si viviera su propio infinito. El mismo sopla el viento de las palabras: "déjame correr". Es un viejo inagotable maratonista.
La noche cae con una tormenta eléctrica y agua para convertir en un oasis el desierto del Sahara. No hay ningún reloj a mano y no tendrìa sentido ir contra las manecillas del reloj. La mano se conecta con la làmpara y luego con un libro de sugerentes tapas suaves que ya habìa tanteado otras veces en la duermevela. En la portada, la misma mujer vestida de rojo con su magnífico sombrero, a la espera que el verano  le abrace con ese cielo azul rotundo. El título lo supero, lo he leìdo tantas veces sin proponèrmelo y su autor RC, calumniado o no, puesto en el banquillo de los tijereteados por sus allegados que tanto le amaron.
Ya en mis mano,s  lo primero que me viene a la memoria es dónde lo comprè y me veo ante unos anaqueles de una Feria  del Libro separando lomos y preparándome para leer en algùn momento. Queda atràs el escenario pasado y  abro la primera pàgina en blanco, la segunda, el título, la tercera un título màs grande, una cuarta con  la dedicatoria y se abre el libro con el cuento del Gordo. Sì ese es el título. No es invento mìo o la utilizaciòn de un nombre peyorativo.
Es casi la mano de un nàufrago en medio de un mar de letras y aparece el Gordo, por este arte de magia del sueño volado, la luz de la tiniebla evaporada en los hilos de la noche caminantes de un puente infinito, insuperable que se extiende hasta el amanecer. Cuando comienzo y termino el relato, son las mismas cinco páginas y nueve lìneas. El relato no crece ni disminuye. Un aire tibio se desliza por el cuarto, la ligereza del espacio se acomoda asimisma, nada determina, y espera que la lectura se inicie como cada noche. Pareciera que el autor o el mismo Gordo, fueran los màs interesados de retomar la lectura circular. No sabrìa que decir de cuanto es cierto o mentira, o un engaño que  el mismo insomnio agita como un viento gris a la medida de un cuarto que no ofrece defensa alguna por ninguno de sus flancos. Así ha podido atrincherarse la palabra cada noche. He tenido el cuidado de no escribir ninguna palabra en el lugar de los hechos. Los escenarios repetidos tienden a confundir a los lectores, no asì un relato que se supera asimismo cada noche.
Ha pasado en la historia de la literatura sin duda. El personaje se revela. Tiene tal cantidad de recursos que puede llegar a desaparecer de tu vista y páginas. Es quien mejor se conoce y valoriza su importancia. Esto es totalmente distinto. Había tomado precauciones desde un principio. Inclusive lo dije. No escribo desde el lugar del escenario. Los gordos son sentimentales, ni los màs queridos ni aceptados. La discriminación tiene más ingredientes que una ensalada rusa.
Esa masa nunca pasa desapercibida, impone su volumen, aún en su ausencia. A uno pareciera quedarse mirándole la superficie deshabitada. Es más bien un reflejo del silencio que  preside su espacio. El Gordo implanta su imagen invasiva en el monitor y teclea con mis dedos. El insomnio se asegura de no perder de vista sus mínimos movimientos que son máximos en cualquier circunstancia por simple que esta sea.
Sentarse es una actividad, por ejemplo, común y corriente, pero un gordo la convierte en una puesta en escena y se siente desafiado por el espacio que ocupa de una manera absoluta e incontestable. No sobra lugar  después que se cierra el espacio del gordo. Todo lo demás sobra por ausencia o presencia olvidada.
Es un gesto automático montado en el insominio, como he dicho, y me sorprendo del minimalismo cuando Carver dice en la sexta línea al iniciar el relato: Este gordo es la persona más gorda que he visto en mi vida, aunque tiene aspecto pulcro y viste con elegancia. Todo en él, el Gordo, es grande, pero la camarera que le atiende un aburrido día miércoles, se detiene en sus dedos. Dedos gruesos, largos, de aspecto cremoso, describe, como si se tratara de un plato de espárragos suculentos de una variedad más gruesa. Todo esto me lo leo y pienso en estas noches largas como  un hilo oscuro que asemeja un punto suspendido en ninguna parte.
He dejado pasar lo que queda de madrugada y una parte de la mañana y el libro ha caído al borde de la cama, en ese pequeño precipio de las sábanas que no terminan de ordenarse y parecen encrispada como un mar amarillo que Van Gogh, que probablemente nunca pintó. El Gordo ha quedado encerrado en sus  reducidas páginas. No dará señales de vida, al menos, durante el día.
Es el brazo izquierdo, que como una articulación robótica separa el libro de Carver y el imán  de  su mano se apodera de las páginas. Será, pregunto, la extraordinaria disponibilidad de Carver o la imposición de un  Gordo gentil, amable, la que me aproxima una y otra vez al volumen. La noche cae en picada y la  veo a través de una llovizna tenaz.
La camarera describe al  Gordo una y otra vez con una amabilidad casi cómplice, la cadencia  de sus prácticamente  profesionales movivimentos,  naturales, surgidos de la perfección y la amabilidad. Quizás me esté desviando por  el monologante insomnio, pero las páginas, estoy casi seguro, no mienten. El plural que utiliza el  Gordo al expresarse, a mí me resulta una evaporación de el mismo, como si ya no estuviera solo o si todos de alguna manera le acompañáramos en su cena. Aunque la camarera cuando cuenta el cuento del Gordo a su amiga Rita, le dice que era Gordo de verdad. Para ella no hay equívocos de la dimensión física del personaje. En ningún momento tiene dudas. Y estamos de acuerdo, cuando dice, tiene esa forma de hablar extraña. No la define, pero la entiendo, y más que agrega un resoplido, como si fuera un punto o un paréntesis. Estamos listos para pedir dice. Lo involucra a uno, como que lo sentara a la mesa como si levantara una pluma cualquiera de sus palabras.
La ensalada Cesar, que es una de mis favoritas cuando estoy trabajando como esclavo en la oficina, es una petición casi modesta para comenzar. Y viene una sopa, más pan con mantequilla, y pide con toda la humildad del caso unas chuletas de cordero, papas asadas con nata agria. Luego veremos el postre, dice, y usa ese sublime plural que me ha acompañado todos estos días. Y duermo esa noche con la incógnita del postre. Gordo master, me digo y apago la luz.
La camarera seguía impresionada con los dedos del Gordo. Uno se los llega a imaginar sobre la mesa.  Unos verdaderos tentáculos que él seguramente usaba para golosear más de una cosa a la vez. La perfomance de la comida está  por comenzar. La ensalada  Cesar preparada  in situ, con el arte  y visión de los alimentos a ojos vista, deslumbra al lector y al Gordo, en primer lugar, que no pierde ningún movimiento mío, dice la camarera. Los sigue con la mirada, para ser precisos. No solo observa, sino va participando  al untar trozos de pan con mantequilla y al mismo tiempo  soltando resoplidos. Acumula  el pan  alrededor de la ensalada. Se va preparando entre resoplidos. La camarera va y viene, se le derrama agua sobre la mesa, y el Gordo no se inmuta, pero ya se ha comido el pan con mantequilla y trae más la camarera. Viene más pan y ya no está la ensalada. El pan está delicioso, buenísimo, y no lo decimos por decir, completa con su magnífico  plural. No tenemos ocasión de comer panes como éste, dice. La camarera intrigada al parecer con su cliente, me imagino la majestuosidad de ese ser apasionado y gentil al extremo. La camarera pareciera dsifrutarlo y asi se lo sugieren en la cocina. Más de alguna pregunta por la bola de sebo. Es lo corriente. Hace bien Carver en recoger la verdadera atmósfera y no sólo hacernos disfrutar de este relato como si estuviéramos ante un caballero medieval amable y distinguido con su armadura  para un enfrentar algún dragón o un combate de honor.
La camarera, nos quita la pregunta de la boca, de dónde será este personaje. Y la respuesta es, de Denver.
La imaginación quien en el aire vuela y estaciona alas rotas en el viejo hangar de la poesía. Pasa el tiempo con su sombra canalla. Alguien resuelve un puzzle en la memoria de un inmigrante. Rosas rojas celebración en unas manos locas. Denver, un puente que en la niebla asoma.
El Gordo es la pieza maestra del ajedréz de la palabra. Èl sigue comiendo en el restaurante de Carver. No sabemos el lugar. No importa el espacio. Èl impone donde esté el lugar. En la noche de la lectura, llueve, llueve y el tejado de zinc se siente como si le clavaran agujas sobre una almohadilla.  Es noviembre. La lluvia va y viene como la mesera casi sin tiempo. Sorprende su oficio y voluntad. La destreza de las nubes para coordinar la lluvia en tantas partes de la ciudad al mismo tiempo. Se siente por momentos un paréntesis del agua y la soledad.
El diálogo entre la camarera y el Gordo animan la noche. Estamos en un ménage a trois. A ella le gusta que el Gordo disfrute. "Supongo que podríamos llamarlo disfrutar. Y resopla. Se pone la servilleta. Y mientras uno de la cocina insiste qué Gordo es, la camarera  le dice que no puede evitarlo. Otra cestita de pan. Ha tomado una sopita y estima que parece que hace calor en el lugar. La camarera le dice que  proceda y se quite el saco. Él permanece inmutable. Resiste en su estilo. Y se ha quedado solo comiendo, ya no hay clientes. La mesera se esmera con el plato de fondo, lo adorna con carño de nata agria abundante y bacon, entre otras cosas. El Gordo agradece entre resoplidos.  Y se acerca el postre. Un clásico de la casa.
Se trata del Especial Farol Verde. Un título ficcionante e inocente. Irradia el deslumbrante destello de una callecita porteña. Bizcocho con crema o tarta de queso o helado de vainilla o sorbete de piña. Ante esos fenomenales enunciados, el Gordo, un ángel, pregunta si no le estaremos  retrasando y de paso resopla  preocupado. Y habla de sinceridad, cuando la camarera le ha dicho  que no hay ningún problema en atenderle,  y confiesa que le apetece el Especial, al que suma un helado de vainilla  "con un toque de chocolate líquido". Debe estar flotando la mesa entre la vainilla suave y el chocolate líquido, y la cadencia en la conversación cotidiana, respetuosa, entre el Gordo y la camarera, cuyo marido ironiza desde el interior de la cocina o más bien repite el mensaje de otro: tienes un Gordo de circo en la mesa, ¿es cierto?, pregunta.
Equilibro mi cuerda floja en el claroscuro de El Sótano, ya nadie comparte el sitio, como los parroquianos del restaurante escogido por  Carver para trazarnos un perfil deslumbrante, silencioso, delicioso de este Gordo único que ignora que se teje a trastienda, donde el esposo de la camarera juega con esta magnífica relación entre su esposa y el cliente: "me estoy poniendo celoso", ironiza. Ella lo define como a un Gordo, no le ve  otra dimensiòn a las palabras de su esposo, y  le termina de servir el postre. No sabemos los lectores  el nombre de la ciudad, el Estado, el lugar, que es  definitivamente cualquiera y no lo es. Ahí se da este simple escenario. Un conjunto de situaciones que viajan en un  mismo ascensor, pero con distintos compartimentos, y no todos los pasajeros suelen bajarse en el mismo piso.
El Gordo  sigue agradeciendo todo lo que llega a su mesa bajo su peticiòn y una cuarta màs y se justifica: lo crea o no, dice, no siempre hemos comido así. Se siente grato y seguramente doblemente agradecido, correspondido en el lugar. Comienzo a imaginar su rostro,  casi  la gratitud del pecado, sostenido en el gesto voluntario de la aceptación. A la camarera, en cambio, le gustaría ganar peso. Por màs que como, dice, no logro engordar.
Nosotros, si pudièramos elegir, diríamos no, responde el Gordo, pero no hay elección, precisa.  Con la fuerza del realismo que asumen los actos màs allà de la retórica, sigue comiendo. Y van quedando las últimas sensaciones, en reemplazo de los inexistentes restos de colilla. El Gordo ha concluido con satisfacciòn el rito de su cena. No ha dado un resoplido en falso. La camarera y su esposo abandonan el restaurante, poco después que el Gordo se retira. En casa, ella  se ducha y al tocarse el estómago piensa si tuviera niños y uno tan gordo como ese. El esposo le comenta que conoció dos gorditos. Uno de ellos le llamaban Wobbly (bamboleante). La camarera no tiene mas que decir, cuenta a su amiga Rita, a quien relata esta historia en la propia casa de su amiga. "Me meto a la cama y me aparto hasta el borde  y me pngo boca abajo". Pero apenas apaga la luz, su marido empieza. "Es contra mi voluntad", advierte.
Prefiero las palabras de Carver, pienso que el sabe lo que dice y prosigo: "cuando lo tengo encima, de pronto me siento gorda, señala la  camarera a su amiga. Tan gorda, agrega, que el esposo se transforma en alguien diminuto que apenas siente encima.
Rita, en mi opinión,  la de Carver y de su personaje  que nos cuenta  el cuento, no entiende mucho esta gran metáfora que podría competir con el  ancho y alto del propio personaje central.
La camarera está deprimida. Ella lo dice. No supongo nada. Son los tramos finales del relato. Uno siempre espera algo. El Gordo no es el plato de fondo de este cuento. Presiento, digo. Carver nos da un dato aparentemente ingenuo como el mes de agosto. Es un tiempo que comienza a definir el término  de una estación deslumbrante,  como es el verano. Una transiciòn, quizás. La camarera define de una manera  contundente todo este rollo, donde incluye a su esposo, me parece. "Mi vida va a cambiar. Lo presiento", concluye, alentándonos a continuar prendidos en su atmósfera de un  futuro distinto, que ella nos anuncia. Una bocanada de esperanza, sin duda.


miércoles, noviembre 16, 2011

La hendidura

La hendidura se hunde
Me mira fijo,
severa, muda, absorta
No busca una salida,
profundiza su fe
en ella misma.
Rolando Gabrielli ©2011

No he visto a nadie

No he visto a nadie
y nadie me ha visto
Una semejanza
-me dices-
Siento que estamos
frente a un mismo espejo,
a millones de años luz.
Rolando Gabrielli 2011

lunes, noviembre 14, 2011




NUEVA YORK INÈDITO


Rolando Gabrielli


Las ciudades nos viajan con sus vivos y muertos, sueños, solemnidades, ausencias y sus vitrinas son nuestros retratos aunque no vivamos allí, ni siquiera hayamos visitado su aeropuerto. Son nuestra memoria y espejismos, el eco de sus calles con los pasos que nunca dimos. Suceden las personas, viven su tiempo, época, y si el olvido fuera un gigante sin espaldas, siempre habrá un amanecer.


Nunca he estado en Nueva York, pero sé que ha sentido mis pasos ojear un álbum fotográfico, respirar cerca de alguna esquina, un bar, y no solo me ha visto como un admirador del viejo Walt Whitman, de su poesía fundacional, moral, su verso profundo y solidario, sino de la semilla germinal de la Gran Manzana. No hablo por mí, ni por nadie, sino por la poesía que me visita en mis sueños, me habla y me hace escribir de Nueva York.


Algún espíritu que viaja por el río Hudson, se pasea por el Puente de Brooklyn, se divierte en Broadway , camina por la 5ª Avenida o descansa en el Central Park, me insta sutilmente, a veces, otras, de manera enfática, hasta compulsivamente, que diga lo que pienso, siento, creo que es y no es Nueva York.


¿Pero si todos la conocen, le digo? Han escrito toneladas, cantado, pintado, retratado, fotografiado, hasta la convirtieron en Nueva York. ¿Qué más? Haz tu trabajo, me responden. Y es lo que he hecho estos años. He intentado contarlo, pero a nadie le ha interesado. La gente pasa rápido, habla por celular, ve televisión, chatea, entra a Internet, se lava los dientes y vuelve al trabajo cada mañana.


La poesía es un vicio les digo, sí del mundo moderno, antiguo, del futuro, una obsesión personal, las palabras son casi clandestinas, se recogen en unos libritos que parecen inéditos. Nadie los lee. La poesía hace sombra con la poesía, es su propio sparring en un cuadrilátero donde el público brilla por su ausencia.


Woody Allen es un espíritu vivo de Nueva York, es uno de los que más me han alentado desde el más acá, con sus escenas en los balcones poéticos de la ciudad, sus monólogos intelectuales, imágenes sobre imágenes que uno dice finalmente: esta es Nueva York.


En diciembre les anuncio, a través de RAPA NUI TIMES , que le regalaremos un par de páginas poéticas a Nueva York, para que las lean en el metro, en sus negocios, casas, escuelas, parques, donde ustedes crean que es posible abrir un espacio al corazón de la poesía.

domingo, noviembre 13, 2011

Atacama, el desierto que florece en silencio

Fue un verano de mi adolescencia que viajè al Norte de Chile, por primera vez y me sentì definitivamente parte de su paisaje. Caminé por la larga playa de Tongoy una noche cerrada por la noche misma y las estrellas: solo mar y mar. Dormì, acampé, sentì el frìo, la humedad nocturna, la camanchaca de la zona desèrtica. Volvì a Chuquicamata en pleno desierto, años después, estuve en las entrañas de la colosal mina de cobre y recorrì los campamentos mineros. Una mañana desayuné con los cerros de colores, la imponente soledad y un silencio que no tiene complejo de ser el màs silencioso de todos los silencios. El  Norte me hizo amar las carreteras infinitas, una tal vez, o todas las que ya no conocerè, y esperar que el tiempo y sus horas acomodaran el camino y destino. El tiempo en el desierto puede ser una piedra que al día rodarà o jamàs sucederá. ¿Cómo encontrar esa piedra en el pròximo viaje? Quizás solo tropezando con ella.
Mi último viaje lo hice al Norte en bus, 36 horas de carretera, en 1974. Era un vendedor viajero de una Revista Internacional. Sobre todo un periodista desempleado. Un cronista del paisaje sobre un autobùs provincial desplazándose hacia la ciudad màs al norte del país: Arica. Había que cruzar todo el desierto y sus noches. Atacama, Pato Negro en idioma quechua, quizás. Mixtura de los despoblado en el confín y el lugar que florece.
El desierto de Atacama, a 600 kilómetros de Santiago, la capital, está  en primavera, y dicen las buenas noticias procedentes de Chile, ha florecido como nunca en los útimos 20 años. Un verdadero arcoiris que nace  bajo  la arena y las rocas, recorre el desierto de Atacama en esta primavera. Maravilla de la naturaleza...Màs de 200 plantas endèmicas conserva este lugar misterioso...