sábado, febrero 09, 2008

La serpiente, el sapo y la perra















La tarde tropical había caído silente, tibia, descuidada. Dejé que el tiempo no fuera más que un soldado vigilante de sí mismo. El silencio acumulaba su propio y ondulante espacio. Luego se recogía a la medida de su respiración. Rescotado en el sillón, una película del Viejo Oeste mataba mi atardecer y mi antigua cabellera Apache rodaba un filme en Colorado. El trópico cuenta con otras coordenadas y claves. La ciudad estaba vaciada en sus fiestas paganas, pero ni un eco llegaba a la sala. Más bien la humedad de un tiempo presente. El ocaso ya convertido en noche, rendía un homenaje a todos los vicios del olvido y de las nostalgias. Atrincherados en una vieja cabaña disparaban los blancos inmortales a los indios y la muerte soplaba lo que de aire quedaba entre sus costillas y el cielo. Yo me hundí en otro tiempo. Cuando ya no quedaba una gota de luz, decidí encender el abanico con su lámpara. De regreso a mi sofá, vi como serpenteaba una pequeña, elegante, hermosa coral al borde del mueble. Con sus anillos negros y ese rojo fascinante que invita a acariciarla fatalmente. Es como una amante despierta al deseo y a la vida. la miré fíjamente en señal de despedida. Siempre supe que debía hacerlo. No había mucho que titubear, ni llamarse a engaños. Antes de preguntarme por donde había ingresado, porque a una víbora no se le pregunta sus intenciones, decidí liquidarla. Y después pensé: Yo que nací en una aldea llamada Santiago de Chile donde las baratas (cucarachas para egfectos tropicales), se divisaban muy a los lejos y convivían con el complejo de la fealdad y de esa falta de afecto que se les tiene por repugnantes, escalofríantes. En el trópico las cucarachas se han doctorado, vuelan como princesas que no tienen tiempo ni espacio. sus cuerpos enormes, señoriales, acechantes, con sus largas antenas y esa plasticidad mezcla de bailarinas de ballet y contorsionistas de circo. Nadie se ha buslado más de mi en el trópico que estas emblemáticas damitas llamadas cucarachas. En las noches, ya durmiendo, ascendías estas princesas negras el sexto piso y rosaban la piel o la cabeza o se detenían sobre una pared o el techo. Había que levantarse y comenzar la persecusión. La torpeza del momento, malestar y sueño, permite que este insecto artista de la sobrevivencia se desplace sobre nuestras capacidades y termine por escabullirse. No siempre sale airoso, pero es de los más tenaces sobrevivientes de la tierra. Sobrevivientes de las bombas atómicas de Nagasaki e Hiroshima, como no iban a superar mis imprecisos zapatazos o ezcobazos. Nos llevan 200 años por delante.Las cucarachas pueden vivir cuatro días sin cabeza. Un mes sin beber agua.
De pronto, mientras observaba a la hermosa Coral, que había tenido la mala suerte de atravesarse en mi camino, pensé que la serpiente tiene mala fama desde los tiempos del paraíso. No hay serpiente inocente por principio. El sinuoso ofidio es castigado bíblicamente a arrastrarse por el fin de los tiempos. Y así fue cuando apareció un pequeño sapito. Tuve que acercarme para saber quién era en verdad. Impávido, venía de las páginas de otro cuento. Su presencia era comparable al silencio. Un pequeño principito surgió de la nada y se desplazaba en la miniatura de sus cuatro patitas. Había asombro en sus ojos. Un espacio luminoso y desconocido. Y comenzó a viajar por las balodosas, mientras la perra, lo miraba sin ninguna inocencia. El sapo encontró su propia salvación detrás del televisor, en medio de unos cables. Seguía merodeándolo, pero no tenía acceso al lugar. La noche venía de atrás del muro blanco. Lo sé. La selva tiene presencia y sabe llegar. Absorve. Late. Vive su tiempo. Conoce sus silencios. Su infinita paciencia la ha convertido en un libreto exacto. El sapito, que de alguna manera se sentía un convidado de piedra y en riesgo de ser devorado en este espacio desconocido, tuvo suerte que la perra se durmiera y soñara tal vez con que alguna vez se subió a esos mágicos patines y danzó frente al mar. se dejó llevar por el último cansancio y tedio, quizás, del dia. Ya la noche se había apoderado mucho más que de la casa. Rolando Gabrielli©2008

viernes, febrero 08, 2008

La noche






La noche no es más oscura
que la oscuridad.
En un principio,
fue la primera luz,
un amanecer atravesado,
hondo agujero en mi pecho.
Rolando Gabrielli©2008









jueves, febrero 07, 2008

La ciudad


















La ciudad crece blanca, transparente, alta, frente al mar. Su nueva silueta se refleja en sus aguas... La ciudad es tránsito, puente, eslabón de Norte y Sur... La ciudad es raíz de sus huellas. Es camino sobre sus propios pasos. Tiempo sobre el tiempo, eslabón, deseo de sus noches... La ciudad, calendario de un puerto. La ciudad es una señal entre dos océanos, Istmo entre agua y agua..
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miércoles, febrero 06, 2008




Cae, cae,
abismo,
luna honda, oscura.
Seguirás brillando,
noche,
si no cierras
tus ojos.
Rolando Gabrielli©2008

lunes, febrero 04, 2008

Lee







Lee, lee
el infatigable sueño
paloma de todas
las albas,
tu vuelo es la palabra.
Rolando Gabrielli©2008

domingo, febrero 03, 2008

Los días pedagógicos de Cecilia Vicuña





Los recuerdos viajan con uno en el tiempo. Es cuando sabemos que la memoria existe. Selectiva, olvidadiza, memoriosa, pero ahí está. Guardiana del pasado. Así se presenta el archivo en medio de los Carnavales, del verano panameño con esa brisa que marca la estación seca de cielos azules y noches estrelladas. Fue en 1968, creo que conocí a Cecilia Vicuña, poeta y perfomance chilena, que desaparecería años más tarde con destino a Nueva York. Después se me dibujó de manera más clara cuando ingresaba con su abrigo de piel descalza al Pedagógico de la Universidad de Chile. Bajaba de su automóvil y foltaba en los prados de nuestra Universidad. Era joven como todos nosotros. Pero ella daba un paso más adelante en la perfomance diaria de la vida. (Nosotros leíamos a Rilke, Trakl) La Cecilia existía de todas maneras a su manera. No cruzábamos palabra alguna. Asistíamos a un Taller de Poesía de la Vicerrectoría de la Universidad Católica de Chile, que dirigía Enrique Lihn. Allí asistían Waldo Rojas, Federico Schopf, Raúl Zurita, entre otros, y de vez en cuando, lo visitaban algunos poetas y escritores destacados, como Ernesto Cardenal y Luis Oyarzún.
Eran los martes, creo, que cruzábamos ritualmente, o un jueves, (memoria, memoria) el frontis de la Casa Central de la Universidad Católica en la Avenida Bernardo O`higgins y la escalera de crujientes peldaños. Mi timidez era absoluta y mi silencio, sepulcral. Cecilia Vicuña tenía de compañero en ese entonces al poeta Claudio Bertoni. Yo vagaba con mis amigos poetas por las calles de Santiago en ese entoces, tardes de Bar, la Universidad, la vida como se presentara. A un joven siempre se le presenta el tiempo en algún lugar y en alguna hora del día de alguna manera.
Los jóvenes poetas leían y discutía de su poesía y del oficio de la poesía bajo la batuta de Enrique Lihn y otros iluminadores de turno. Recuerdo que asistía un cura, pero por más que la memoria repasa el tiempo no aparece su nombre. En Santiago no sucedía nada fuera de lo común en esos días, al menos visible. Las estaciones cambiaban con toda normalidad. Más me asombra escribir estos recuerdos en tiempos de Carnaval en un país tropical donde verdaderamente reina por estos días el Rey Momo. Los que han estado en un Carnaval, saben cuan sagradas son estas fiestas.
Yo leí un día poemas del libro De Estos y otros sueños, jamás editado (suena menos patético que inédito), y que obtuvo el primer premio en la Universidad de Chile. Cecilia Vicuña dijo que era una poesía asexuada, ni más ni menos. Ella en ese entonces hablaba de huecos, orificios y con ese lenguaje aparentemente penetrante en cosas profundas.
Enrique Lihn hizo una defensa cerrada de mi poesía. Destacó que no existía el yo, el poeta hablaba en tercera persona. Pienso que era algo contrastante con la fobia de algunos por el Yo nerudiano, un super yo. El cura alabó un poema, que no era asexuado. Cáscara se llama el texto: El estar aquí comiéndonos una naranja/que tú pelas gustosa/como el mono masturba su plátano/nos da derecho a un epitafio. Por mi parte, te digo, si antes algo resuelvo/dejaré una naranja a medio pelar/con algo de su cáscara. Todo lo demás fue silencio para mi memoria. Iba y benía, entraba y salía por el Pedagógico, camino hacia Los Cisnes, un café, una cerveza, y después estornudando con los plátanos orientales que cubría la avenida. El tiempo parecía detenido. La vida universitaria en el centro de todas las cosas. Hasta que un día Nicanor Parra, si, el antipoeta me pidió un favor. Parra daba clases en el Pedagógico, en física y trabajaba intensamente sus Artefactos, una variante explosiva de su antipoesía. -Quiero que me presentes a Cecilia Vicuña, me dijo con aire misterioso y pícaro, esencialmente parriano. Y así fue, sin ningún compromiso. A la semana me encontré a Nicanor, cosa nada difícil, más bien lo abordé en una de sus idas y venidas. Estaba curioso sobre los resultados. - La subí a mi wolfwagen y en un cerrar y abrir de ojo, mientras hacia un cambio en el pequeño escarabajo le tomé la rodilla, ya los 20 metros decidió bajarse. En De estos y otros sueños, yo escribía por esos días...
Del cuarto...Sigilosos, los que estuvimos/aparentemente enamorados/entramos al cuarto a tropezones./Soledad, no enciendas la luz/no es hora de conocernos.