miércoles, enero 11, 2006

Ventanas

Ventanas que ignoran el paisaje que alguien sueña,
devoran el viento, las frías
palabras que nadie esperaría y podrían llegar,
si no supieran que alguien, vacías las repetirá,
lentas detrás del cristal
.


Rolando Gabrielli©2006

martes, enero 10, 2006

Denver


¿La ciudad
es mi pasado
o yo soy su futuro?
No preguntes, no preguntes,
yo no estuve allí.
Denver, Denver,
mi otra cara.
Rolando Gabrielli©2006

Calcomanía


Yo me repito,
me calco en el poema.
Hago que me borro
y unto el dedo
de saliva
y se me seca
la palabra.
Rolando Gabrielli©2002

De la burra realidad



Sancho, deja de ver
la pobre realidad.
La realidad, Caballero
de la Triste Figura,
no está en verla,
sino dejarla pasar
y nos acompañará
hasta la sepultura.
Sancho, eres mi escudero,
no mi espada filosa
y resulta más fiel,
demonios.
Necesito unas palabras
suyas para mi Asno fiel,
la ficción le consume.
Alma burra, de todos los caminos,
nunca escojas escojas el infierno.
Gracias, mi Señor, Don Quijote,
por tan sabios consejos
que ni mi burro, ni yo
comprendemos.
En la comprensión, Sancho,
está (en) la realidad, el peligro.

Rolando Gabrielli©2006

La novela tiene cuerpo de mujer


(Un largo preámbulo a no sé cuántas cosas)
Dejo caer hondo mis dedos, tocar les digo el fondo hasta se haga silencio en el ombligo. Después, las yemas se deslizan por la cubierta desatando los nudos, empujan la tibieza y el sudor natural, las palabras, el lenguaje mayor que se acerca a la gran boca de la novela. La lengua tiene todas las aspiraciones e inclusive de transformarse en Babel de su exclusiva comunicación y diálogo, el fervoroso monólogo ante la página impresa.
Dedos ciegos borgianos, espejos rotos de su propias búsquedas, caminos que se bifurcan para volver al principio. La mano enguantada de Kafka, áspera, somnolienta, infantil, titubeante y que se aprisiona al cerrar una puerta y no encuentra la llave oculta bajo el ombligo, donde la bisagra conoce bien su historia.
La palma brillante y los finos, alargados, acuosos dedos de la prosa de Kerouac, entran en la noche de la prosa afiebrada, noctámbula, caprichosa, pero con real exactitud y poesía.
Yo siento el Sur, sin embargo, en la poesía húmeda de Neruda al alba en los muelles magníficos de la adolescencia y de todas las libertades.
La mano manca del clásico de Lepanto, huesuda, fibrosa, árida, castellana y veloz en aspas de abanico, a veces queda, morosa, rastrillo, filosa, ingeniosa como el manchego personaje, que huele a Dulcinea del Toboso, es bueno dejarla operar en el imaginario del relato, aunque sea una convidada de piedra.
Una mano lava a la otra cuando se trata de solidaridad compartida, pero en esta aventura faltan dedos para tocar el piano real de lo que aspiramos y no siempre es. Sí, se puede decir misa, y no estar en el altar. La novela es un camino sinuoso, lleno de curvas, gratamente femenino, de musculatura compacta, frágil, densa, con la vieja imagen del pez que se resbala porque quiere seguir viviendo por medio de su propia respiración.
Hay colinas, pliegues, lechosos ríos, nostálgicos pezones andaluces, de arabescas formas, ensenadas, valles, una amplia carretera puede llevarnos hacia ningún lugar, como indicarnos un punto de partida hacia donde los caminos siempre se bifurcan.
El cuerpo de la novela tiene oxígeno, o debiera contar con un balón que al menos le permitiera respirar en situaciones de emergencia, cuando un lector le exige un poco más al cuerpo del delito. Es con éste que comulgará de inicio a fin, y visitará una y otra vez la escena del crimen de su propia mano, porque las páginas tienen su tipografía, abandonadas a su suerte, y la que le asigna el lector.
En lo personal, la novela tiene mucho de eso, de uno y más de otro, pero es un cajón con bastantes cosas íntimas, calcetines, jabones, teléfonos, notitas que uno hace y va guardando, alguna foto que sacó de un álbum y la dejó ahí con otras cosas de uso diario, o que uno sabe que están ahí como parte del olvido de lo que no se olvida. Sí, la novela tiene de esa cocina íntima, condimentos que van y vienen, son de uso diario es lo que quiero decir, están ahí insoslayables, son.
Uno revisa el texto de la novela diariamente como si fuera una cicatriz, algo permanente y creo que así debe ser. No hay reglas, y menos las tengo yo. (Pero también existen los cuerpos en exilio, torturados, aniquilados, verdaderamente en off, que se van de un aeropuerto a otro, con su L en la mochila).
Una novela debe hablar de cuanta situación se le ocurra al autor, y despojar al lector de todo anticipo verbal, enmudecerlo de vez en cuando con el pequeño horror violeta que tanto nos acostumbran algunos dictadores. Pulso en esta novela desde el bocatto di cardinale, amor del bueno, real, hasta ese estiercolero que un ventilador mantiene en vivo y en directo ante nuestras propias cámaras. Sí, hay paréntesis negros, que mejor no verlos, ocultarlos, olvidarlos.)
Un día le pones las medias, le quitas los pantys, ajustas el brasier con suave intencionalidad de quitárselo, y lanzas el cuerpo del delito a una flamante sábana y comienzas a hurgar entre sus pliegues casi con deformación profesional y ese privilegio del abandono, de la displicencia, es el olvido. Me gusta detenerme en el triángulo de las Bermudas, entrar y salir, y saber que me perderé, inevitablemente, para volver a encontrarme en la palabra.
Me encantan los pezones en una novela, en especial los de ésta que escribo y borro en tu nombre. Se hacen sentir tibios y ligeros al menor roce de la palabra, de algún acento profundo, marcado. Ahí yo cavo mi propio silencio como si fuera una tumba recién nacida.
La novela puede doler como la Kalho y ser gozada al mismo tiempo. Es un doble anclaje. Vamos en el ataúd de cristal y en un eterno paseo donde resuenan las pisadas que no dejan huella. Yo me inclino a veces, por la Babel, y le rindo alguna pleitesía, le pido la escalera, y me conformo con algunas letras del abecedario, que son polvo de sus cristales, abanicos de heces, un poco la sal y la pimienta, el eslogan mal parido, la perfecta etiqueta que todo muerto alcanza en su epitafio.
La novela derrumba sus horas, se pisa los talones, es señorita hasta cuando no demuestre lo contrario, pero yo la prefiero ligera de todo sueño y ropas, más bien a la sombra de sus propios encantos. La espalda de una novela es lo más sensual quizás de sus páginas. Es allí donde la tipografía se pierde tibia al final de la mano y el tacto real. Cielo, no me toques tan alto.
Déjese llevar por esta calcetinera, colegiala, cuarentona de sus bien jugadas décadas, de esos otoños sin balanza como rodeados de nomeolvides.
La novela puede ser un Diario de Vida en estado de descomposición, siempre un estado de ánimo latente, inocuo, vacío, temerario, retrato de una ficción amparada en la realidad, huésped infinita la palabra de un albergue que sólo exige el turno del paciente que acude a la historia personal por un reflejo condicionado.
Cada novela, me digo, con su librito. Es corriente, río, la palabra, sin principio ni fin. Todos debiéramos escribir nuestra novela. Y antes de partir, archivarla, para que el que venga la continúe a su manera, o escriba la propia, en fin, pero que se novele en la agonía del texto, la felicidad del texto, en la paradoja del texto, como en la vida del texto-autor. Que se escriba con nostalgia, vanidad, realismo, dolor, angustia, sueño, mucha felicidad, olvido al por mayor y memoria restringida, con tensión, datos verdaderos, falsos, que incluya bolitas de alcanfor, diademas, flores plásticas pero recién regadas, una visita a la morgue, a los archivos nacionales, que no olvide que los estadios pueden servir para el ruin deporte de la tortura.
Dejo que el lenguaje se corrompa, desaparezca, siga su ruta vital, desvencijada, que llegue a clamar por su propio silencio. De nada sirve contar si no hay lenguaje, si no se siente espesa la sangre entrando al cuerpo de la noche. Allí clavo mis alfileres en el insomnio. Sufrago mi voto de protesta. Pobre novela si se siente reina en un escaparate. La prefiero como dos firmes piernas a la luz de una vela encendida, con insomnio alquilado en una tienda de fracs pasados de moda, para corregir con ella la vida, enmendarle una o dos planas a lo sumo. Correr juntos esa aventura que alguien corrió antes por nosotros. (La que yo escribo, olvidaba, ya cuenta con 11.273 líneas, y es el más largo preámbulo a no sé cuántas cosas).
Rolando Gabrielli©2006.

LA SEMANA SIETE


Rompe el 2006 la cáscara de su huevo, repite el cuervo la negra noche de sus días, alas que adivinan tu propio parpadeo y yo te pido realidad, no me reclames la ficción que ya te pertenece.
El pozo asciende a los brazos de un desconocido, la luz que atraviesa su garganta, los ojos de sus dos pequeñas ventanas. No es prosa, no es poesía, no es canción, no es nada más que el lento paso de mis días. El tiempo no es velocidad, ni una gran almohada estacionada en una gare de París, Oh sueño, Oh paraíso, Oh sombra detrás de la cortina. ¿El ojo es más limitado y por ello la cámara? ¿Un banco en una plaza resiste más las horas? ¿El paraguas comprende en verdad la lluvia que recoge en su piel? La ilusión de los objetos, la realidad de lo que somos sin su compañía. El tiempo es una ilusión. La realidad pierde el tiempo en repetirse. La ficción muerde los anillos del planeta. El mundo es un asesino serial y se sacude de sus propias escamas. Es una manera de sentirse, un estilo de vida, una tendencia uniformada de ser imagen de una misma caricatura. Un brochazo amarillo, violeta, la lengua de un color oscuro. Alguien se arranca de una estadística, del promedio, de alguna formula, de una cifra ciega sin oído, muda que levita en una oficina de registros públicos. ¿Formas parte de la tendencia?, se pregunta el slogan en una valla al salir de la ciudad, al entrar en la ciudad, al recorrer la ciudad, al dejar la ciudad una y otra vez.
La cifra revolotea su propio espacio. Sale de casa, camina, se sube a su automóvil, enciende la casetera o pone andar el CD, en marcha, cero noticias, la ciudad le pasa delante de los ojos, los ojos van sobre el parabrisas, la memoria en automático, llueve, después el sol, todo se mueve en presente. Se evapora el tiempo sobre la carrocería del automóvil, una cáscara sobre el asfalto, ruedas, rostros, rines, rosas rojas en las esquinas dos por cincuenta centavos de dólar. La pobreza cree en el romance, en la tecnología, celulares, tarjetas para llamar, estuches para protegerlos. Semana siete, es el 2006, recortado en la semilla de su propia guillotina. No es bisiesto el tuerto péndulo de la noche. Ya le sobran muertos. Año de un nuevo calendario. Ripio de un mal año. Margarita, deshoja este mundo para mí.
Rolando Gabrielli©2006

Vicente Huidobro


Subamos al carrusel de Huidobro,
sin paracaídas no vaya a ser
el último paso por el Paraíso perdido.
El aire, las estrellas, los puntos cardinales,
que buscaba, dónde buscaba.
No perdamos de vista el horizonte,
ni el abismo al doblar una esquina.
Una ventana cruza un pájaro, lo vuela,
el cielo no tiene techo.
Un mar sin olas no es un mar,
es una tasa de té.
Un poema es el huracán de sus palabras.
El tiempo cruza la tarde.
En el juego de la poesía,
se aceptan castillos en el aire,
se rematan adjetivos,
se vende un desierto amueblado
se alquila un mar y sus respectivas estrellas,
se vende un desierto amoblado
y se alquila un mar con sus respectivas estrellas.
La realidad es el mejor montaje, es miope,
Pero la ficción usa binoculares.
Un conejo prefiere sus propias orejas
que salir de un sombrero de copa.
El espejo sólo tiene una mirada
que se repite si uno cree en los espejos.
De un agujero sólo se sale
entrando al revés.
No es sal lo que necesita mi hombro,
ni un trébol de cuatro hojas mi suerte.
Sólo subamos al carrusel de Huidobro.
Rolando Gabrielli©2002-2006
Homenaje al Poeta Chileno Vicente Huidobro
en su 110 avo natalicio, hoy 10 de Enero de 2006