ese objeto del deseo,
cubierto de polvo y rocas,
poroso y amoroso,
tan enigmático en el pasado,
qué dirían nuestros antepasados,
se ha vuelto casual.
Rolando Gabrielli2023
Periodista, escritor y poeta chileno en Panamá
ese objeto del deseo,
cubierto de polvo y rocas,
poroso y amoroso,
tan enigmático en el pasado,
qué dirían nuestros antepasados,
se ha vuelto casual.
Rolando Gabrielli2023
Hoy, hace 80 años nació El Principito, de la imaginación de Antoine De Saint - Exupery, un aviador francés, que según el Capitán Courtin, era un Príncipe, un Príncipe bondadoso y distraído, perdido entre nosotros...
como si la oscuridad abrazara esta noche,
la sombra de un túnel sin fin.
¿A quién acompañaría en verdad?
Puede ser una ilusión,
la memoria oculta de la soledad,
tantas cosas sin nombre,
un principio para un final.
Amar, también tiene signos
contradictorios, fugaces
y no por eso el verbo
dejará de existir.
Rolando Gabrielli 2023
El mar está silencioso, ausente en sus aguas
y se deja entrever detrás de los edificios,
que caminan como elefantes al cementerio
de edificios muertos,
con sus gruesas capas de cemento y vidrios.
Reflejan una dura inconmovible ciudad
que yace muerta a los pies de unas olas frágiles,
sin más orilla que el cemento y unos muros
dóciles a las manos del hombre,
que crecieron en la desidia y el olvido.
¿Quién podría estar feliz
con una supuesta modernidad
instalada en una vidriera que refleja
un sol frustrado, irremediablemente
marginado al paisaje que lo sepulta?
La ciudad frente al mar pareciera no reconocerse,
a sus espaldas un horizonte de cemento y de hierro le precede,
como un himno melancólico de voces y cosas muertas.
Rolando Gabrielli2023
lagartos de la historia,
van por la grulla
a la orilla del río.
El sol descubre sus fauces,
la imagen del silencio
que la muerte no esconde.
Rolando Gabrielli2023
Era un Ghostwriter y nadie lo leía. A simple vista no parecía nada extraordinario, la figura no es algo desconocido. La vieja fórmula de la sombra detrás del cuerpo. El truco del escritor fantasma, para decirlo de una manera más poética. La mano que mece la pluma, oí decir a alguien alguna vez. Me largué a reír, de manera espontánea, confieso. No fue mofa, más bien un acto de justicia con la realidad que había caído en la tentación de ficcionarse. Además de ser un fantasma, su escrito caía olímpicamente en el olvido, donde los dioses parecieran no tener piedad por las palabras que no encuentran un lector y las dejan esfumarse en el eterno jardín del silencio.
Ese día salí más convencido que nunca, que el anonimato también es un arte.
Rolando Gabrielli2023
Cursábamos el primer
año,
el tiempo era todo lo que teníamos,
en verdad, el mundo en nuestras manos,
una rueda en el camino.
sin más y en ese ejercicio nos encontrábamos
sin detenernos a pensar en cosas trascendentales,
a no ser la poesía, filosofía, todo aquello
inexplicable a simple vista enigmático,
curiosidad por lo desconocido.
Construíamos nuestros propios castillos en el aire,
sobrevivíamos con un poco de inspiración,
todo era tan nuevo, fresco, estimulante,
compartíamos la risa como el silencio
y el desencanto,
éramos kafkianos sin saberlo,
respirábamos como si fuéramos a nacer,
cada día se volvía imprescindible,
dejábamos correr el río a sus anchas,
sin más curso que su propio curso,
a veces sin sentido,
bañado por vastas
tormentosas aguas interminables,
profundas silenciosas fosas,
una montaña eternamente nevada.
Que nadie busque las llaves
para abrir sus puertas,
corredor de la vida y de la muerte
Rolando Gabrielli2023
El cactus viaja,
crece en la dirección
de su tiempo.
En el ávido mundo
en que habita y vive,
construye su propio paisaje.
No estaríamos faltando
a la realidad si dijéramos
que el olvido y la soledad
se rinden a la vigencia plena
de su silencio.
Rolando Gabrielli2023
Yo no diría, escribo
en primera persona, que a Franz no le interesaba la realidad, él la encarnaba,
la vivía, escribía y reescribía y soñaba en sus continuos insomnios y tal vez
se soñaba a sí mismo como si fuera otro. De esta manera no se
comprometía con nada que alterara su realidad alterna o
lo que le aproximara a alguna versión que no hubiese imaginado.
A veces creo o veo que
en sus Diarios nos habla como si viviera en un nido de pájaros que no encuentran
su lugar real. Viajan en bandadas sin fin, pero también permanecen inmóviles
como si sus alas coordinaran en dirección hacia ningún viento. El
desencuentro, a veces, resulta ser el arte de la timidez, una suerte de refugio
del yo, la humildad del ser que se protege a sí mismo y no quiere aventurar. Es
como dar un paso al abismo sin autorización de las consecuencias que podría
traer caer al infinito al revés. (Llevo algunas horas buscando en
mi biblioteca kafkiana los diarios de Franz, por alguna razón los
retiré de mi cama, no porque los creyera una mala compañía, sino porque di paso
a otros autores. Como el desorden ha sobrevivido a otros
desplazamientos sin ningún orden, desparecieron como por arte de
magia. Pero siempre supuse que debían estar en la pieza, en algún lugar, pero
ese sitio no pareciera tener un lugar fijo, es como el deambular de Kafka por
un mismo lugar sin encontrarlo. Pues bien, a altas horas de la madrugada
atiné a un rincón donde guardo algunos libros especiales, cartas, papeles,
fotos, una cierta intimidad limitada a pequeños objetos fetiches. Pues, les
cuento, ahí estaban camuflados como esperándome de sorpresa. Les daré un
vistazo.)
Kafka apareció junto a
una tarjeta de Navidad del 2002 con la siguiente leyenda en inglés:¿Sigues
buscando el regalo perfecto? Hay regalos que vienen del más allá y aparecen más
acá, y éste tiene ambas coincidencias. Se trata de un secreto que guardaremos
con Franz y alguien más que disfrutaba de la literatura, la poesía y
la vida. A veces el desorden tiene un orden perfecto. Todo depende como
busquemos y donde. También las ayudas externas y misteriosas
conducen al sitio indicado. Franz parecía estar siempre en el lugar im
(preciso) que quería estar y no estar, era una especie de ambiguedad al
cuadrado. Es difícil eludir ese obstáculo presentado de esa manera. Saltar los
cuatro costados. Todo se resolvía quedándose en el centro de la nada. ¿Absurdo?, pero real.
Kafka
era divertido, cuenta Max Brod, su amigo
y salvador de su obra destinada al fuego según sus deseos, le gustaba la vida
al aire libre, remar por el río Moldava, pero su decisión final, tras su angustiosa
tuberculosis, inconclusas relaciones sentimentales, se reafirmó en una suerte
de anonimato que ya había escogido para sí en los personajes de sus famosas
novelas. Nos dejaría, sin proponérselo
quizás, su poderosa sombra kafkiana hasta nuestros días, haciendo los mismos
recorridos solitarios por Praga, disfrutando de la capital checa, de la soledad
y de su tiempo más distendido tal vez. Marcó a sus fieles lectores con una indeleble K.
¿Kafka si no fuera Kafka?
Kafka no pareciera repetirse en su propio laberinto, camina con la pasión de quien va corriendo en una maratón interminable, donde no hay más competidores que él y aún así se propondría derrotarse a sí mismo. Kafka en sus cartas amorosas de reescribía, una y otra vez con la originalidad de un ruiseñor que no puede parar de cantar: “si los personajes de mi novela se dan cuenta de tus celos, huirán de mí. Mí novela soy yo, yo soy mis cuentos…el escribir es lo que me mantiene vivo, lo que me hace aferrarme a la barca en la que tú estás de pie, le dice a Felice, lo que al principio pareciera un juego verbal, inclusive con una gran dosis de humor, va adquiriendo un dramatismo singular y quienes lo hayan vivido, tienen que concluir que a si fue.
Qué sería de Kafka si no fuera Kafka, es casi su propio bumerang sin retorno. Para escribir no solo necesita apartarse como un ermitaño, porque eso no le basta, no sería suficiente, necesitaría estar como un muerto. Por lo visto siempre fue más allá de sí mismo, cualquier límite sería insuficiente, la idea era cuadrar una y otra vez el círculo que se superponía a otro interminable número de círculos. Su escritorio era su tumba y nadie podía sacarlo de allí, igual que a un muerto. Ahora que estoy un poco alejado del bullicio sordo de los días, pienso que Kafka se inmoló en la palabra. Quiso que su obra ardiera en el fuego, pero previamente él lo hizo. Esas noches de insomnio debieron tener esa intensidad de sentir el fuego pero sin quemarse, un modo especial de felicidad y para ello hay que tener un coraje a la altura del sacrificio que es gozo a la vez, según él lo señala en sus cartas a Felice.
Las jaquecas y el insomnio le hacían vivir "como una rata encerrada", son sus palabras. Kafka iba rumbo a su inevitable tuberculosis, su destino estaba marcado y ya iba entrando en su laberinto sin retorno, construido por el azar, tal vez. Los Diarios de K, sus cartas, son la luz oscura, diáfana de su vida, sentimientos voluntad, reunida en una sola palabra: amor a la literatura, a la vida, a su mundo irrenunciable vocación a reescribirse como un papiro egipcio y permanecer en silencio por miles de años si fuera necesario. Kafka no era una obstinada, leal, fiel, metáfora de sí mismo y no estaba dispuesto a sostener el viento de la ilusión con sus palabras, aún si ese gesto le fuera concedido. Pocos autores se han visto en su propio espejo con tanta profundidad y honestidad, escribía como si fuera un acto confesionario. Pasaba sus palabras, vida, por rayos x. En medio de la tempestad, "me he vuelto más nervioso, más débil", se alentaba para superar el momento más difícil: "¿Desde hoy no dejar el Diario! ¡Escribir con regularidad.! ¡No rendirse!" Leer a Kafka es una lección de vida.
Kafka, inevitablemente era Kafka
En medio de tantas vicisitudes, dentro de su mundo kafkiano, construía una nueva literatura, forma de ver el mundo, su fantástica, inverosímil, real existencia, copiada a carbón, impresa en cada una de sus letras los momentos más inimaginables, detalles, observaciones introspectivas, Kafka naufragaba con su estilo tan personal en sus propias aguas, ya no eran las aguas calmas de su juventud en el Moldava, como si el tiempo no existiera cuando se recostaba bajo el puente Carlos de Praga. Qué hermosa y misteriosa ciudad en sus callejuelas adoquinadas sintió los pasos presurosos, alegres, kafkianos de este checo que nos dejó en su lengua alemana un mundo por seguir descubriéndolo. Se reconocía en sus miedos, advertía en una carta a Milena desde el pueblo italiano de Merano, que la "Tierra (estaba) colmada de trampas" y "por eso tienes siempre ambos pies en el aire al mismo tiempo". "Eres judío, profetizaba, y "sabes lo que significa el miedo".
En estas cartas se desnuda una y otra vez, se asoma a sus abismos, empuja la tabla de salvación lejos de sí mismo El silencio, decía, era la única, manera de vivir, tanto para él como para Milena. Su tanque de oxígeno parecía estar agotándose a los 38 años. Eran sus señales más claras. Seguía afirmando que tenía miedo de todo. pero en todo esto, siento que había en él una valentía enorme al confesarlo. ¡A quién se lo ocurrió, exclamaba con tanta actualidad a mi manera de ver las cosas en este siglo, que la gente puede mantener relaciones por correspondencia! Kafka era Kafka por donde lo mirásemos. En su atormentado presente, nos advertía del futuro .Así fue como soñó con el destino que correría su amada Milena, veinte años después de su muerte en un sanatorio en las afueras de Viena. Dice que no se explica por qué motivos fue , ella, presa de las llamas. La desdichada Milena Jesenska moría asfixiada por las cámaras de gas en el campo de concentración de Revensbruck. Fue el único campo de concentración nazi para mujeres. un 10 por ciento de ellas eran judías y ahí estaba Milena. Fue un campo de exterminio y experimentación para probar medicamentos.
Kafka es la nocturnidad, la sombra sobre la sombra de la palabra que él buscaba, la frase, la continuación de algún relato, la contemplación de esa oscuridad que recorre sus entrañas y él permanece fiel al insomnio que todo lo rodea con el manto helado del alba. El tiempo, siempre implacable, y que tiene la gracia de lo absurdo, no le perdonó la vida. Un crítico de provincia, de apuro, lo calificaría de perdedor. Ese viejo, pobre truco de los contrarios, que en verdad lo pulveriza cualquiera de sus escritos, cartas, movimientos en la soledad del más pobre espejo. Volver a Kafka es un reencuentro con la pasión por escribir, es un ejercicio iniciático, no solo para un joven, sino para aquellos que llevamos décadas en el oficio, porque volvemos a entrar en la llama sagrada de la palabra. Es un recorrido fácil, Kafka no nos prepara para ser escritores, en medio de sus dificultades, sí nos alienta casi desde lo imposible. Su padre lo quería abogado, Dr. en leyes, profesión que desempeñó desde el horror de su significado burocrático y aún así continuó su propio y accidentado camino frente a la página en blanco en las noches oscuras de su insomnio. Kafka es un personaje Total, así se ve así mismo, por dentro y por fuera, se asigna un todo, es un viaje completo alrededor de sí, inmóvil, se retrata, confiesa, se conoce, no simula, es un libro abierto, pero interminable y van surgiendo las páginas nuevas cada día, como un árbol llenándose de hojas nuevas, inmortales, perennes, a sabiendas que vendrá el otoño y las irá perdiendo al viento que las esparce a capricho. En sus maravillosas cartas, encontramos a un ser absolutamente confesional, no rehúye ni de las comas para presentarse tal cual él considera que es y que piensa segundo a segundo. Se va biografiando como un río en curso, inagotable. "Ahora no tengo a nadie más que al miedo...por qué no estás ya aquí", le dice a Frau Milena, y piensa que podrían estar rodando, aferrado el uno al otro, a través de las noche. La literatura es vida en toda la extensión de la palabra.
Qué puedo decir, Kafka nunca dejó de ser Kafka. Tal vez, no lo necesitó.
Rolando Gabrielli2023
En diciembre se detienen las últimas lluvias, solo algunas esporádicas en enero, chubascos que producen vergüenza a los inmensos, sostenidos torrenciales aguaceros tropicales durante 8 meses del año. Panamá, entre otras cosas, significa abundancia de peces, porque sus habitantes vivimos prácticamente en una pecera de cemento rodeada de mar, selva, humedad y unas lluvias bíblicas, macondianas.
Es el país del agua, rodeado de dos mares, decenas de ríos, y un canal que se alimenta de agua los 365 días de año. Se ve más verde que en muchos lugares del mundo por las copiosas lluvias y un solo que produce también un calor agobiante, una humedad constante donde prosperan los hongos, cucarachas y comadrejas.
Su S dibujada en un istmo entre las Américas, uniéndolas, muestra su angostura y vinculación a los dos grandes océanos, el Pacífico y el Atlántico, y también el Caribe. Es como el cuerpo humano, tres cuartas partes de agua, así también la tierra, y después de todo sin agua no hay vida.
Una vez se detiene el diluvio panameño, se hace un poco de silencio, los cielos se despejan, el sol cae vertical y alumbra las mañanas y el atardecer se esconde detrás del mar, entonces ha llegado la estación seca.
Esta época se asocia a lo más parecido al verano en países con cuatro estaciones y la naturaleza también se expresa de manera particular y para cualquier observador el cambio de colores y la caída de las hojas de los árboles, esas interminables alfombras, convierten la estación también a la estación seca, en un Otoño. La brisa que remueve las hojas y dispersa la hojarasca, ambientan estos meses tan singulares, que nos regala la naturaleza tropical. La naturaleza tiene sus ciclos y colores, está viva como cualquier organismo y nos enseña sus secretos. Uno de ellos es la explosión de flores del Guayacán, con su amarillo intenso se muestra por distintos puntos de la ciudad y se hace inevitable no dedicarle algunos segundos de observación. Es un lujo a la vista en estos tiempos grises, opacos, sombríos. Siempre que los veo estallar en esta época del año, pienso en los ojos de Van Gogh, como gajos amarillos que aparecen en las calles, se divisan a lo lejos, porque son intensos como sus inconfundibles girasoles. Va pintando con la mirada, el gran Vincent, se pasea por el istmo sonriente como si todos los colores acudieran a su paleta y él en el idioma de un misionero iluminado se adentra en su presente con su propio evangelio.
Su color era todo lo que podía pintar su paleta y sobre todo, su imaginación sin límites, que viajaba en la luz. Siento que Van Gogh está vivo no solo en sus girasoles, en sus soleados amarillos, que sigue respirando a pleno pulmón quizás en una de sus estaciones favoritas de los Cuatro girasoles. Pintaba en vivo hasta que los girasoles se marchitaran en su amarillo favorito, el color de su devoción, la luz del sol, un dios que no necesita hablar.
El amarillo era su color favorito (¡Qué hermoso es el amarillo!) según consta en las descripciones que le hacía a su hermano Theo en la cartas que se enviaban. Sentía desde su interior que le arropaba. Al parecer el calor humano, siempre le sería esquivo.
Las alfombras amarillas en que el istmo transforma el pasto, la grama de sus parques, avenidas y que devoran el paisaje verde del invierno, son las telas de los girasoles de Vincent y rinden un cálido homenaje a los intensos veranos de Panamá, a su época seca que neutraliza su intensa lluvia tropical donde las edificaciones humanas pueden llegar a desaparecer detrás de la intensa lluvia.
Me pregunto aún: ¿Por que no vino Van Goh en vez de Paul Gauguin, que no pintó una mísera tela en la isla de Taboga?
¿Por qué te fuiste sin decir una palabra?,
dejaste la huella imborrable del viento
Ahora estás con las estrellas
Y cada noche asomas en el firmamento
Yo te conozco por el resplandor de tus
ojos,
la sonrisa que dejas a quien más te ha
amado
y me alumbras más que el sol este verano
somnoliento de todo de lo que ya no queda
Fue un tiempo maravilloso para no
olvidarlo
Y volverlo a vivir de la mano
del tiempo
que abre y dispone distancias.
No dejo de pensar en tus pasos la huella
en la arena
Y el mar que amabas tanto como las
montañas.
Nadie con ese gran corazón
tuyo se va del todo,
deja más de lo que seguimos respirando.
No sé escribir canciones, pero tú eres
mi letra favorita,
te reescribes con cada
palabra que te nombra
y como una pequeña luz brillas en el
silencio
para no despedirte jamás.
Rolando Gabrielli2023
Estaba en mi rutina de las mañanas
caminando en el parque al lado de mi casa viendo como corrían dos Gato solos
hacia el bosque y eché mano al bolsillo para sacar el celular y fotografiarlos.
Son rápidos, pero alcancé a uno en la instantánea cuando se disponía dejar el
parque por una improvisada salida.
Revisé de un vistazo si había llegado algo importante o interesante, y de
pronto vi el retrato de mi profesor de Técnica de la Expresión en la Escuela de
Periodismo de la Universidad de Chile, Antonio Skármeta, con el anuncio que
había fallecido a los 80 años.
Mi película mental recorrió
diversos escenarios, mientras pensaba que cuando estudiábamos y escuchábamos en el
salón de clases a nuestro profesor absolutamente informal, con una filosofía muy
parecida al Club de los Poetas muertos, siempre con entusiasmo, vitalidad,
viviendo el carpe diem de cada instante. Me detuve un momento y pasaron las escenas más diversas como el
tren bala que solo se detendrá en la última estación.
Skármeta, autor de El entusiasmo, un grupo de cuentos donde
se siente y vive una atmósfera como si lleváramos dentro un dios y
fuéramos invencibles, así impartía sus clases, sentado sobre la mesa del profesor que pasa a ser uno más de la clase. Había
libertad, creatividad, aventura, que es
esencial en la literatura, clave para quien estuviera dispuesto a incursionar
en ese campo.
Recuerdo cuando nos leía un
cuento emblemático del norteamericano J. D. Salinger, Un día perfecto para el
pez banana, siempre expresivo, didáctico, minucioso, como un detective buscando las pruebas, hallazgos detrás de las palabras, un lenguaje con todos sus significados.
Pienso, ahora, más de medio siglo
después, que alguno de los que estábamos allí, podríamos haber pensado en
alguna ocasión, ¿Y por qué no podemos ser escritores también? Años después,
quizás, ese fue el valor que le di a las clases de Técnica de la expresión,
donde también conocimos a otro escritor vital, como Hemingway, un creador de
atmósferas formidable. Fue quien sentenció: un escritor debe tener un buen detector de mierda.
Qué resumen más preciso, vine a
comprobar años después, cuando comienzas a respirar literatura, a vivir
literatura, a rayar páginas, escuchar a otros que viajan con su propia brújula en una misma
sintonía, a dormir con las palabras,
escribir y escribir en cuadernos
improvisados, papel, en la memoria, repasar una y otra vez lo que uno considera
su propia historia literaria, vivir el carpe diem de la palabra.
Estoy viendo a Antonio Skármeta
pasearse por los prados del Pedagógico, una noche de fiesta de mechones, esos
malones con música, tragos, algo para picar y el gran entusiasmo de los
participantes, contando su vida va de la a hasta la z, vaciando los sueños de un
solo trago, publicando en el aire el
porvenir de sus próximos días, destapando botellas de felicidad, ese tú a tú
sin tiempo, ni orden de ninguna naturaleza, poniendo el cuerpo sin límites. Buceaba
con su propio aliento y oxígeno en búsqueda de personajes tal vez, atmósferas,
lenguaje, anécdotas, una historia, alimentando su propia mochila, porque la
materia prima de un escritor está en todas partes. Es un sueño tal vez que
provocamos al ingresar a un espacio y
juntar después las voces en nuestra memoria.
La última vez que vi a Skármeta
fue en Panamá. Me acerqué poco antes que iniciara su conferencia y le regalé
mis dos libros. Fue todo como un disparo de un día de caza. Explosivo y veloz.
Alcanzó a decir, que bien impresos están. No tuve tiempo de dedicárselos. Ahora
lo hago con esta nota al voleo, porque me
alegra mucho que la noticia de su muerte fuera un fakes news, uno más entre millones que circulan por el mundo y
siembran las redes con la más estúpida
de las maestrías. Supe que dijo, cuando se enteró, “estoy vivito y coleando” y
yo agregaría, desnudo en el tejado.
Rolando Gabrielli 2023
Digo, dejemos
de pensar en un lugar,
el tiempo es otro y pasó
No es nuevo lo que dices,
es un número el que abre una página,
lo precede un espacio en blanco,
la palabra no está lista para saltar
a renglón seguido como dicen
los editores, compaginadores.
Me estás aburriendo y sé que nada es perfecto,
pero mezclar palabras con números
hacia dónde quiere llegar el discurso,
cuando toda espera indefinida
se asemeja a una aguja en el pajar
y si es lo que quieres,
mi propuesta es, dejemos
de pensar en un lugar.
Ayer fue mi hoy,
Mañana será de nuevo.
El Futuro, una incógnita,
que se reafirma
cada día.
Rolando Gabrielli2023
Sí, en el no
lugar por quien sabe hasta cuando
y aún persistes
en olvidar
ese espacio
que podría esperarte
o seguir
siendo para ti una estructura
inerte, hostil,
en verdad, indiferente.
Una ciudad quizás sin escapatoria
bajo tus pies y pasos
en una misma y difusa dirección circular.
Dejemos que
las estaciones sigan su curso,
ese tiempo naturalmente existe,
no es mejor ni
peor,
solo un pasillo angosto hacia el final.
Después de
todo,
sabes que un espacio es todo cuanto tenemos.
Ahora, que las buganvillas vuelven a
crecer,
algo mejorará el paisaje que reconocemos al despertar
y si brillan con luz propia en la enredadera
que las protege
y orienta su curso hacia el sol,
el tiempo también podría ser más agradable
Quizás ese fue el tiempo escogido para ti,
una manera de ver el mundo, presenciarlo
a la medida de una balanza inclinada
por voluntad del azar o de tu propia obra,
no te pareció
suficiente que una ciudad creciera
egoísta y
dibujada para una revista trivial, de arte
frente al mar
y tú le dieras la espalda.
Me he detenido esta mañana
sin mayores aspiraciones,
solo respirar a pulmón abierto
y saber que alrededor tuyo
no solo están las palabras.
Rolando Gabrielli2023