viernes, enero 27, 2006

EL ARCA DE SOL


(1) Un fantasma chileno en el Trópico
La siguiente es una entrevista realizada por Margarita Uribarri a Rolando Gabrielli, escritor chileno residente en Panamá. Introducción al espectro. Entrevistar a un escritor inédito de más de 50 años, me pareció un ejercicio deportivo en mi carrera profesional. Correr un maratón en cien metros sin anabólicos amerita un cara a cara con un fantasma. Finalmente acepté el desafío sin ningún compromiso, empujada por la aventura, la monotonía del calor, las razones que entregan un tiempo muerto. Había sudado horas con la elegancia de un cisne en un pantano. Pensé que era mejor el delirante albur de una literatura desconocida, que dejarme manosear por una humedad pegajosa instalada con esa autoridad que no podemos discutirle a la naturaleza. Era un día más añadido a mi propia libertad de escoger y hacer, y decidí aproximarme a una selva de palabras inéditas, olvidadas, celosamente guardadas. Reconozco que me animó una cierta aureola de escritor más desamparado que niño de Calcuta, por los comentarios escuchados por quienes descreen de este oficio y empuñan el tridente de los negocios. Oscila la chismografía, banalmente exquisita, porque no tiene fundamento ni oficio, y se trata de una postura arbitraria que va desde el elogio visceral, la picardía con sus dosis de sarcasmo a un devoto escepticismo de para qué sirve la literatura. Nadie, al parecer, come palabras y menos degusta papel. Yo tragué una serie de artículos en Internet, una prosa pegajosa, a veces asfixiante, otras delirante, sarcástica, pero nunca con concesiones gratuitas. Me supe contaminada cuando terminé por entretención, primero, y luego algo de obsesiva inquietud que habrá más allá de las palabras. Lo primero que vi al llegar a una casa blanca al final de una calle sin salida, fue la sonrisa de mí entrevistado y rápidamente dejé que mi vista me llevara al entorno de la casa enmarcada por dos columnas de pinos Caribe según supe después, y cuyo fondo cerraba el paisaje con un manto verde de tupida selva tropical. Mi ecuación fue rápida, pragmática, en el azar periodístico y dejé navegar la sorpresa sin una brújula siquiera rudimentaria, simplemente pensé: qué pierdo con conversar con un escritor borrado, sin un telón de fondo, y nada realmente visible. Sentí su mano firme, tibia, cordial y crucé una puerta de hierro, después otra de madera y ya estaba ante un par de escalones en las proximidades de la sala y un techo alto. Fue rápido el curso de mis pasos, entré a un pasillo donde vi unas máscaras africanas, supe después, y llegué al cuarto donde trabaja Rolando Gabrielli, periodista, poeta, ensayista y narrador chileno residente en Panamá desde 1975. Indefinible, atípico, irónico, crítico, vagamente prosaico, indudablemente poético, con una hoja de vida espumante, accidentada en la palabra, hombre de convicciones, abiertamente desconfiado, pulsador de los momentos, deja correr el rollo de su película en pequeños cuadritos negros y el cuarto casi agredido por una serie de anchas repisas de tablas rojizas del piso al techo, nos habla de una biblioteca trajinada por el tiempo, los traslados y las pérdidas. Gabrielli se sienta frente a un ordenador inanimado, mira fijo con cara de acusado, y le pregunto antes que se reponga, "qué significa para usted la literatura, porque no le interrogaré sobre su familia, ni de lo que dejó hacer, o por qué a veces el futuro nos viene redondo cuando el presente se traga con aceite grueso". Mira el ventanal detrás de sus espejuelos, y relojea con alguna calculada inexactitud las palabras que va acomodando: “vida y para mí, borrón y cuenta nueva, una aventura abierta sin límites, el tercer ojo de la realidad, un paréntesis siempre inacabado, una invención que nos conduce a alguna de las realidades, pequeño universo atrofiado que crece con sus tumores de rencor y felicidad, porque este oficio es un abanico de múltiples contradicciones, de razones injustificables para no abandonarlo, un pequeño universo que se recicla con obsesión y tú por fin lo dejas caer bajo tu epitafio”. La literatura, mundo abierto y cerrado al mismo tiempo - ¿Por qué borrón y cuenta nueva? Masca sin disimulo un refrito de pasado y presente, actualiza la memoria, mira, mira, busca la respuesta en mí, me tapo sin querer las piernas, no he venido a hacerlo vomitar, pero toca, y en eso coincidimos más adelante, cuando la conversación se distiende. “Un 30 de septiembre hace cinco años retomé el tiempo perdido, y me conecté con vicio a la página en blanco, con propósitos casi inconfesables, y la ambición visceral de todo escritor, escribir recto sobre la joroba de un camello hasta ver el oasis soñado de la palabra exacta. “La literatura como una aguja en el pajar, ya que el camello no podrá atravesar el ojo de la aguja”. - ¿La joroba tiene que ver en que el camino literario, es para camellos, en su opinión?. - “La literatura es sed, desierto doblemente inhabitado cuando es verdadera, porque recién el lector es quien recorre las páginas que se convertirán al calor de sus lecturas en un desierto muerto o en un fértil páramo, al que podría recurrir en distintas épocas para ver reflejado un mundo nuevo frente al espejismo(oasis) de las palabras. La escritura es un mundo cerrado y abierto al mismo tiempo, intransferible, usted lo combustiona y apaga con sus propias vivencias. Un buen crítico literario es el que maneja con profesionalismo su soplete. Al tiempo lo pone en su máximo a flamear y sabe cuando dosificarlo y apagarlo.” El arte es una llama, flamea de acuerdo con la fuerza de nuestro espíritu, talante, back ground de vida y resurrección, lo que vamos recogiendo, reciclando, produciendo, armando en el camino de la vida, en la cotidianidad de la felicidad e infelicidad.” Hace 45 minutos antes de empezar este diálogo- entrevista, le pregunté, y en verdad era la única pregunta que le hubiese hecho si no lo hubiera conocido y tuviera que dejar la grabadora encendida para que usted le respondiera a su manera con todo el tiempo del mundo, algo confesional, como un libreto de cine en off, como a él le gusta llamar a la realidad de pasarelas, al mundo de la banalidad según he podido leer en sus artículos, porque son esas crónicas de época, punzantes, temporales de arena, los que me trajeron al escritor ficcionador y al poeta. He quedado frente a un póster de Valparaíso, una secuencia de altas casas, llenas de ventanas, encaramadas sobre un cerro y detengo mi vista ahí, mientras Gabrielli recicla su respuesta (palabra que le gusta y me agrada) y le otorga una morosidad tal a sus palabras, que giro a la izquierda algo confundida y me detengo en una foto tamaño casi 8X11 de Franz Kafka, en una impecable tenida, peinado a lo Gardel. Siento algo de la asfixia del checo, la duda arrastrada por el librero, no contesta, me mira e interrumpe, ¿desea que encienda el aire acondicionado?. Pienso rápido, más encierro me digo, y sólo atino a decir, sí, por favor. Se levanta de su sillón negro, giratorio de oficina, y comienza a cerrar las ventanas tropicales con una manilla metálica. Son dos y solo siento multiplicado el ruido del gozne en mis oídos. Sonríe, y siento que yo soy la entrevistada, la cazadora cazada, como denunció en un texto crítico sobre un plagio en Chile. La inseguridad me transforma en una erudita de este hombre que recién conozco, y sobre el que he leído poco más de treinta artículos. Sigue sonriendo y estira la mano y por fin el aire se enciende, y a los pocos minutos una atmósfera fresca vence al trópico, lo pone a la temperatura ambiental agradable de 25 grados.

(2) La historia de un paréntesis
“Es una pregunta difícil de responder de manera escueta. Partir de cero, enfatiza, tiene una historia. Posee una atmósfera más enrarecida y misteriosa, indescifrable a veces, otras de una simpleza boba. Podríamos obviarla, pero si ella la trajo hasta aquí, no tendría sentido su esfuerzo. Me recordaría mis primeras entrevistas, verdaderos actos fallidos, catástrofes de lo inconcluso, tiempo de frustraciones como si las escaleras dejaran de tener peldaños repentinamente o pies que las ascendieran. Así sentí que caminaba por la literatura y no me parecía una mala imagen para un comienzo que siempre es en el aire. Temprano vinieron premios, menciones, un par de becas, una atmósfera estimulante, preñadora, la materia prima que se requiere para atreverse a tocar la propia flauta y desencantarse a sí mismo si fuera necesario. Hablamos de Chile, estábamos en el epicentro, que después conoceríamos como el Triángulo de las Bermudas. Sí, Chile, lejos de la ficción, se montaría en realidad en la ola de las desapariciones humanas. Un cruel paréntesis de nuestra historia, y un paréntesis necesario en la historia de mi respuesta. Dejé Chile como una esponja nueva que se iba secando. Frente a mí, el país se trasladaba a Australia, Suecia, Francia, México, Canadá, Alemania, Holanda, Italia, España, Costa Rica, y yo partí a Colombia a trabajar como Corresponsal Extranjero en medio de la larga guerra colombiana, de su larvada violencia, cambiaba el espejito de una realidad negra por otra oscuramente parecida. Su pregunta tiene más cachos que Lucifer”, añade en el paréntesis que tanto le apasiona y quizás eso fue su abandono, un largo, mudo y áspero paréntesis. Deja caer inconscientemente un trazo grueso de su ganada soledad y continúa. Los ojos siguen detrás de sus espejuelos y buscan una dosis de fe, de esas que no se encuentran. No hay tropiezos en sus palabras, si desencanto. Una travesía, según sus propias palabras, hacia el olvido, pero al olvido de la historia y las circunstancias, al olvido escogido como un acto personal, que se sume además el que imponen unas circunstancias pendejas. Si, eso que verdaderamente nos pone ante un escenario surrealista, kafkiano. “Si uno no cree en el destino, él se encarga de hacértelo saber. Colombia se deshizo en el olor de la guayaba, dulcemente violento. De bogotano al trópico.28 largos años en tránsito. Doblando todas las apuestas. Corresponsal, funcionario internacional, viajes, la familia, la vida, los pretextos, las justificaciones, la tierra baldía sin memoria, sin piso, el desamor, la partida circular, sin fin ni inicio, las trampas dormidas en el espejo, lo nuevo como un gusanillo que no termina de arrebatarte, carcomer las vísceras, el alma, el paisaje que surge, entre inaugural y como si fuera el desconfiado comerciante viajero de T. S. Eliot, que no termina de instalarse en la nueva memoria.” - ¿Y la escritura, Gabrielli, pregunto, dónde cabe aquí? “Estos son los pasos más seguros para la parálisis literaria. Hay más, sin duda, en la mochila de quien camina hacia lo desconocido y va practicando la vida en el error, después del terror. Todo se inmoviliza, el pasado y nace un presente a gatas, infantil, de torpes pasos. Es un recurso, dejar que la espalda sea el fin del pasado, que la escalera sin peldaños sea un continuo presente sin futuro, un ejercicio que sólo se entiende cuando se practica fuera de casa. Ese es el primer borrón y cuenta nueva. Tu libreta de notas queda en cero kilómetro, como la vida en su primer día. Estás en medio de la carretera sin gasolina. Y tu vida, dentro de un pantano, como las ruedas de un 4X4 hundidas en el fango, aceleradas en banda. Igual, la página en blanco no corre, no rueda, el rollo se atasca en el vacío y lo que repite es su mudez.” - Gabrielli, pero usted tenía un libro, De estos y otros sueños, primer premio de poesía en Chile. ¿Por qué no lo editó? “Sé quedó en el sueño y es una mala metáfora. En Chile editar poesía, país de poetas, constituía una hazaña para un joven desconocido que no tocaba el bombo o la flauta de algún grupo, sociedad o clan. Con los años, después de algunos intentos en Colombia, cada vez le puse menos atención a la edición y entré en la vorágine periodística, la mecánica del funcionario internacional diplomático que suele castrar al escritor además de enmudecerlo. Fue caminar abrazado, descalzo, sobre cuchillas de doble filo, el feroz aprendizaje de la cuerda floja. Todo en solitario. Con los 17 años de la Santa Inquisición, capitaneada por Yo, Augusto y extendida a través de su abrazo internacional, el cuadro se completaba, sin justificación, pero con algo de realismo sobre lo sucedido. Uno no llega a saber si la arena es más poderosa que el desierto o la soledad termina por silenciar a ambos, devorarlos literalmente hablando.” Las palabras, jinetes locos - ¿Y después, Gabrielli? “El diluvio. Las lluvias tropicales, la selva, la humedad, la pantanosa partida, el arte de la frustración, el verbo arenoso, un oxido que recorre los intestinos sin piedad. El tiempo te arrastra como un saco vacío. La poesía está hecha de todas sus circunstancias, pero no admite coartadas, ni abandonos. Es fiel hasta en el desahogo, pero no te espera, porque siempre habrá otro esperándola a ella. Me salté mi propio tiempo y el anterior ya vivido. Seguí leyendo los viejos poetas conocidos como si fuera un gran poema toda la poesía. Una especie de respaldo bancario. Mi poesía viene de un viejo resonar de palabras, imágenes, reflejos, nombres, calles, el amor dolorosamente frustrado, inacabado. Eslabón tras eslabón, el poema. No sé, la poesía es una bóveda azul, cuyas estrellas las debe hacer brillar el poeta”. - Gabrielli, le insisto, por lo que usted me ha dicho, no figura en la literatura chilena y tiene cinco libros de poesía inéditos, un libro de cuentos, ensayos y ahora me comenta que dos novelas en proceso. ¿Por qué esta marginalidad suya, que colinda con el abandono, un culto a la nada, aunque leo en estas páginas parte de su obra, y usted me confirma que ha escrito varios libros aún inéditos, con algunos reconocimientos? Dejemos de lado la fama pasada y pensemos en el futuro, y me respondo al escucharle, que son diversos los factores y las circunstancias que le han impedido llegar al papel. Pero me interesa más que me hable de su poesía, literatura, narrativa, del periodismo, lo que hace y he podido percibir en mis lecturas antes de llegar aquí y lo que voy revisando junto a usted, Gabrielli. “Es lo que he intentado explicar hasta ahora de manera fragmentada. Hay golpes en la vida tan duros, que crean abismos, silencios abismales, espacios densamente vacíos, y las palabras se transforman en jinetes locos, inalcanzables. Uno se transforma en su propia retórica. Pagué mi alto precio, nadie me dijo como salir de un foso sin fondo con una linterna apagada. Sigo creyendo que la poesía es cerradura violada, una aldea sostenida por palabras. Un poema debe hacer cómplice desde un inicio al lector o estará perdido. Tantas definiciones para un oficio, una manera de ver, palpar, sentir, morir el mundo. Es mejor escribir que entrar en la explicación del verbo. Que otros jinetes suban a la cabalgadura del poema, después de todo, la que sobrevivirá será la palabra. La poesía no es escape, ni fuga, en esta ni en ninguna época. Es un compromiso, cuando menos, con la palabra, o quizás eso sea lo único posible, alcanzable. Como las llaves, cada poema abre su propia cerradura. Como el silencio, así nos habla también el poema. La palabra no es gato encerrado, sino libertad.” - Perdone Gabrielli, pero usted trabaja varios géneros, ¿cómo hace para cambiar de camiseta, sombrero? “Es cierto. Trabajo mucho la crónica testimonial, de época, narrativa, prosa poética de barricada abierta a todas las posibilidades, un diálogo con el lector contemporáneo, una manera de enfocar, bucear, rastrear, reciclar, interpretar y compartir la realidad posible. Este género, aparentemente menor, utilitario, bastardo para algunos, me permite consumir el mismo estiércol del lector para después entregárselo con olor y cada una de las partículas que podrían formar ese fragmento olvidado de realidad. Un género que permite el desahogo, poesía y prosa confundida en un mismo bosque, narrativa olímpica, lenguaje múltiple, cohesionado, verbal, distendido como un paraguas, es palabra irreverente, a veces, consagrada casi siempre al altar de su mensaje. La poesía tiene otras exigencias. Sus requisitos son la economía en el verbo. Requiere de tiempo. Maduración. Se macera en el vicio de las palabras, imágenes, la sombra que no abandona el cuerpo. La poesía es más esquiva, solitaria, exclusiva, exigente. Comienza de una manera tan vaga y va adquiriendo una materialidad sustancial. El poema es como una mujer que ama, no admite excusas, acude siempre a la cita”. - ¿Y la novela Gabrielli, le calza? He dicho en un artículo por ahí que no soy novelista. Un hecho real. He llegado tarde a ese género, a esa forma de hacer literatura. Es como un amor a destiempo, pero me gusta, porque he descubierto que ningún amor es a destiempo. ¿Se puede saber cómo llega a la novela? La novela, como un golpe de dados “La novela llegó a mí, como un golpe de dados. Inicie una, ahora abandonada y por retomar, hace varios años. Son 70 páginas muy trabajadas. Están a la espera de ser puestas en valor nuevamente. Pero de pronto me surgió una novela dentro de un cuento. Vino un chispazo. Esa escena se apoderó de mí. La tengo grabada. Me perece estar viéndola y desencadenó su propia historia y otras cruzadas. La novela es un largo poema. Yo improviso, aventuro. No conozco de trucos novelísticos. Sólo recurro al personaje femenino, que con fidelidad de cómplice y amante me acompaña en esta aventura que compartimos realmente. Siempre sabe más que yo de su personaje y con su estilo me seduce. Ella sabe, como yo, que nos encontraremos pronto para amarnos fuera del libreto, a galope de caballos por la pradera real del único verbo, la carne. Sé que me espera. La novela me montó en la más absorbente de todas las ficciones: la real, y me ha llevado con la cabeza afuera de una ventanilla de un tren sin parar, por algo más de un año y no hay estación que detenga mi vagón. Tres artículos documentan sobre los pasos de esta novela en proceso” - ¿Qué plantea en ellos, Gabrielli?. Hummmmm, déjeme recordar. Detrás de sus espejuelos le vi gotear el pasado reciente, el cuarto en una agradable temperatura refrigerada, alcancé a identificar algunos títulos y nombres de autores desordenados, que al parecer revisaba, Bolaño, Piglia, Cortázar, Eliot, Lautreamont, Carpentier, Mutis, una guía de Londres, de Praga, una Mapa de Denver, diccionarios, Diario de Muerte de Lihn, Omar Cáceres, Panero, Apollinaire, Quevedo, Uribe Arce, Gonzalo Rojas, una libreta gruesa con un elefante en la portada, un monito con un corazón rojo donde se ubica el corazón, muchos libros sobre la cama, como cuerpos tibios a la espera de un nuevo lector y unas hojas secándose sobre el escritorio. Digo sin saber la dimensión real de mis palabras: pistas, pistas, sólo pistas. Me dejó correr los ojos sobre las portadas, mientras ordenaba sus ideas. Y ahora si estoy segura que no despegó sus espejuelos hasta que lo sentí instalarse detrás de mis sueños. Bien, le interrumpí, sigamos con la novela. No me gusta que el entrevistado me meta en sus paréntesis. Y menos me escrute los pensamientos. Crucé mis piernas y me puse toda oídos, como si me hablara el mismo Kafka. Y fue cuando me dijo, “esta situación es kafkiana, la novela está aún en su propio laberinto, ciudades, personajes, la femme, el tirano, K, la novela es un largometraje para digerir en su tinta”. - Se ha dicho tanto de la novela y tan poco quizás, Gabrielli. Y usted nos dice un cliché, que tiene cuerpo de mujer. ¿Qué significa eso? Más serio que de costumbre, dispara, al blanco de memoria, ese que no ve y cree acertar con los ojos cerrados. “Todo libro es un acto personal. Intransferible. Lo vive y lo sufre su autor. Yo comparto este desgarro y felicidad con la protagonista. El ancho y profundo espacio de la frustración que abraza conmigo y que yo le digo borrémoslo más allá de las palabras tomando un avión al mismo tiempo. La realidad me ficciona a placer a veces. Reconozco la co-autoría de la trama. No es una mala frase del todo y tampoco una metáfora manoseada. No hay ningún cuerpo más rescatable en el delito de la dicha, que el de la mujer. Dejo caer hondo mis dedos, tocar les digo el fondo hasta se haga silencio en el ombligo. Después, las yemas se deslizan por la cubierta desatando los nudos, empujan la tibieza y el sudor natural, las palabras, el lenguaje mayor que se acerca a la gran boca de la novela. La lengua tiene todas las aspiraciones e inclusive de transformarse en Babel de su exclusiva comunicación y diálogo, el fervoroso monólogo ante la página impresa. Dedos ciegos borgianos, espejos rotos de sus propias búsquedas, caminos que se bifurcan para volver al principio. La mano enguantada de Kafka, áspera, somnolienta, infantil, titubeante y que se aprisiona al cerrar una puerta y no encuentra la llave oculta bajo el ombligo, donde la bisagra conoce bien su historia. La palma brillante y los finos, alargados, acuosos dedos de la prosa de Kerouac, entran en la noche de la prosa afiebrada, noctámbula, caprichosa, pero con real exactitud y poesía. Usted sabe que de la novela se dice e inventa tanto. Hay teóricos asombrosos. Frases dichas como en un teatro v sin espectadores. Afirmaciones de tabernas medievales. La novela se deja querer en un mundo lleno de trampas, snobismo, banalidad, marketing. Es un artista de su propio encanto. Coquetea con el arte y parte de lo que ella supone que es y dice valer por si misma. Mi pequeña institutriz, le digo, en tiempos de vacas flacas. De las siete plagas del éxito, la novela es una de ellas Pero no deja de ser el espacio más grande de la literatura para ensayar un proyecto propio con materiales ajenos.” - ¿Gabrielli, qué me quiere decir? Ese texto lo leí y por eso estoy aquí. Me interpreta. Y ahora agrego en estos apuntes reflexivos esta frase que me compromete como lectora: “Dejo que el lenguaje se corrompa, desaparezca, siga su ruta vital, desvencijada, que llegue a clamar por su propio silencio. De nada sirve contar si no hay lenguaje, si no se siente espesa la sangre entrando al cuerpo de la noche”. La novela me la presenta usted también como un doloroso, desgarrado espacio, pero imagino a la vez, gozoso cuerpo. “Sin duda, es un paisaje de diversas intimidades. Pero sepa que soy un novato y es una aventura escribir este texto, la mayor de mi vida y no sé aún hacia donde voy, pero tengo la certeza que el principal capítulo debo escribirlo en México, y por favor, no me pregunté por qué”. El viejo faisán desdentado de Pinochet - Gabrielli, usted es también un cuentista inédito. Lo único que le hace falta es mandar quemar todo como Kafka. Esperar en medio de la noche la llama azul del olvido, me dijo, y tomo nota. A usted se le cumpliría la voluntad final porque no ha editado nada prácticamente, a no ser que tenga una doble copia en algún otro lugar. De qué se ríe. Sigo, mientras lo veo apretar una computadora de ese material para relajar las tensiones. Lo hace con sus dos pequeñas manos de niño, como si alguien estuviera detrás del ordenador. Ya me había llamado la atención, la había visto al lado de su ordenador y anoté la frase en inglés impresa en su pantalla. No la transcribo porque usted me pidió que no lo hiciera, de manera insistente, convincente además. Hombre de cábalas, enigmas, le dije. Sonrió. Hábleme de sus cuentos, le interrogo, para salir de este aparente atolladero. “Mi primer cuento se trata de la historia de un amor, Solángel, en La Habana. Partió como caballo de carrera mi prosa. Esa narración obtuvo una mención importante en México para un joven, en el Concurso de ICEA Internacional. Después, escribí otros cuentos. Hasta completar un libro. Están las experiencias vividas en esos y otros tiempos, la memoria, claro está, Chile, el del viejo faisán desdentado de Pinochet. Humor, amor, vida,”exilio”, poesía, texto dentro del texto, la jauría de los 73 en adelante, el hocico de la bestia bufándote en los talones, un universo sin piso, toda la soga para al cuerda floja, inclusive en la casa del ahorcado. Después del 11, ni un día más.” - ¿Qué espera de su literatura? “Todo y nada. Voy sin pedales, cuesta abajo. Espero más del amor, de la que me mueve el piso, del cuerpo de su guitarra, de una mañana sin pasado, ni futuro, del cuerpo de esa mujer novela, que de la literatura misma. La literatura es un largo sueño. A veces, un pecado, nada original. Termina siendo polvo enamorado. Es un acto perversamente solitario y sin el cuerpo del delito, hecho carne. Mi último cuento da cuenta de Bolaño, un narrador chileno excepcional, fallecido prematuramente, con un hígado de mala leche. Hablo de los premios, la estafa de esos lauros de pasarela, de Bolaño escritor, lo recreo como personaje de su literatura, hombre de premios, mucho humor, de obsesiones, un maniático frente aun oficio que no deja otra alternativa. En fin son 30 páginas y quiero fusilarlas en una edición impresa en papel. Basta de Internet.” - ¿Gabrielli, a propósito de Roma, cuál es su opinión, manejo, impresión de la red de redes, a qué caminos nos conduce esta tecnología? “Imposible no referirse, olvidar, en mi caso, a esta diabólica pasajera del tiempo. Ha transformado mi mundo en off. Me ha permitido pertenecer a un espacio inédito sin entrar a ningún círculo vicioso de asociaciones, grupos, entidades a fines, amigos de la pluma, rincones poéticos, clubes de la palabra. Es, desde luego, peligrosamente informal. Por eso mi literatura real no va a la Red. Internet es una ventana llena de estrellas, pero también de meteoritos. Te permite la ubicuidad en tiempo real. Estar y estar en distintos lugares al mismo tiempo. Revolcar el tiempo en su propia velocidad y sacar una cuarta de ventaja. Es una infinita vara con la que mide Internet el tiempo. Yo entré a la Red hace casi tres años con obsesión, a recuperar el tiempo perdido. Me instalé con convicción en una verdadera máquina del tiempo. El 2002 y el 2003, son mis años más fructíferos, no sólo en literatura. Un periodo lleno de creatividad y magia. Diez años le arranqué al calendario del pasado perdido. Con champagne argentino debiera estar celebrando este 30 de septiembre” - ¿Por qué argentino, Gabrielli? “ "Por cábala, Margarita, por cábala. Para que los dioses no me olviden. Para que los sueños se conviertan en realidad pronto. Porque sé que alguien, alza la copa por mí en este instante”. - ¿Y de la literatura chilena, qué nos puede decir? “Poco en verdad. Casi tres décadas fuera, es toda una vida. En poesía me he quedado con la tradición chilena y su hilo conductor actualizado. De Pezoa Véliz en adelante, con los cinco jinetes del Apocalipsis en el centro de la rueda poética chilena del espectacular siglo XX: Huidobro, De Rokha, Neruda, la Mistral, Parra y Gonzalo Rojas, el sexto, pero en la misma silla de sus pares. Lihn, Teillier, Armando Uribe Arce, Rosamel del Valle, Díaz Casanueva, Rubio, Hahn, Millán, Manuel Silva Acevedo y la lista es más larga. Trabajé unas conferencias estos años con las obras de la Neruda, la Mistral, Teillier y Borges.. He escrito sobre Parra, Hahn, Armando Uribe, Rubio, y Gonzalo Rojas”. - ¿Y en narrativa, Gabrielli? Es más difícil ensillar ese caballo, que tiene tres patas frente a la poesía y a la prosa argentina, colombiana, mexicana, y me detengo ahí. Bolaño, Donoso, Giaconi, Droguett, primeros cuentos de Skármeta, el cuentista Varas. No he leído a Germán Marín y a otros más jóvenes, mis excusas. Es muy difícil coincidir en cuanto a los gustos literarios. Hernán Valdés es un buen prosista. Y tenemos más en Chile. Varios best sellers que no he mencionado. Ellos tienen a quien les mencione. Hay un despertar hace casi década y media, para no ir más atrás con la narrativa interior de Chile, comparativamente hablando con el pasado del único corredor de fondo prácticamente, José Donoso. Argentina, Brasil, Perú, Colombia y México, tienen varios fondistas reconocidos internacionalmente desde hace años - ¿Y la literatura panameña, Gabrielli? "Ese tema está reservado para la sagrada familia local del istmo. Los trapos sucios se lavan en casa, porque no hay tiempo, pareciera, para colgar los limpios”. Nos reímos al mismo tiempo, como si cayera un silencioso telón y se apagara el día y el swuitch de esta conversación, un preámbulo para dejar de hablar con un fantasma de la literatura chilena.

(3) La señal del arca del sol
Detrás de un poeta, siempre se encuentra una historia, aunque escriba con la mano del olvido para editores, impresores y críticos. Esta no es una frase mía, sino un saldo de una intensa conversación con Rolando Gabrielli, poeta, narrador y periodista chileno, tantas horas que no pueden ser en vano, ni quedar impunes. Qué hay detrás del ayer y delante del futuro, se pregunta en más de una ocasión, y me mira con la sorpresa de quien llega a un aeropuerto por primera vez en búsqueda de alguien desconocido. No, no es un rimero cualquiera, Sino una gran torre de libros Cuya cima los cielos toca, Y la base aquí al lado de uno, Justamente de modo estrecho, Siendo mañana, tarde, noche Un solo todo palpitante "Los libros desairados" Carlos Germán Belli La historia es algo que muchas veces no deja huellas visibles, advierte, y se acomoda sus espejuelos de miope que suele quitárselos para ver mejor de cerca, y me deja con la pregunta en el aire, él, un sobreviviente del 73 y del 89. Dos fechas que lo aproximan a sus dos mundos actuales, en pasado y presente, aunque nos da a entender que construye para un futuro que espera le sorprenda gratamente porque ya está escrito. Es una segunda afirmación del poeta frente a la historia y pone a circular, rodar las palabras, pero se detiene en una: putsch, que es el 73, Santiago de Chile, la partida, el pasado que lo recobra sin proponérselo a cada paso, aunque el presente es el que tiene de frente, y prefiere privilegiar el futuro, “por desconocido, real”. La palabra suena seca, cortante, anglosajona, determinantemente devastadora, como en efecto resultó ser en la primavera chilena, agrega Gabrielli, como si dejara caer una de sus afirmaciones en un gran paréntesis. Dos veces ha vivido en la Roma incendiada de Nerón, dice, cuando los rocket impactaron el Palacio de Toesca en Santiago y el 20 de diciembre, día en que ardió el popular barrio El Chorrillo, tras la invasión de Estados Unidos a Panamá. Fechas en llamas, concluye y abandona el tema. Como periodista, aprendí desde un principio, que mi oficio era “saquear” al entrevistado, asumir con él su historia, muchas veces olvidada por su propio protagonista, empujarlo sin pedales por la solitaria ruta para que se asombre de su propio vacío, como él apunta con frenesí en una de sus crónicas, y de alguna manera arrastra su prosa poética siempre entre los límites que producen las orillas en paralelo. Para incendios, Roma - Del 11 de septiembre chileno usted narró recientemente su historia y en repetidas ocasiones ha escrito sobre el Chile de antes, después, actual y del futuro, y a veces siento que no se queda con ninguno. ¿Qué significa Chile para usted más allá o acá del confín del mundo? “Siempre ocurre un bautizo, alguien nombra lo innombrado, y nos damos cuenta de la existencia de ello quienes no fuimos sus fundadores, ni conversábamos con los espíritus, ni nacimos frente a un río, y sólo compramos los sueños de la patria como una historia sin fin. Chile es memoria de poetas, traza dolorosa vivida de su pueblo, historia de un grupo maniqueo de bigote y bastones, altar de sacristanes que se llevan la limosna, geografía desmembrada, y con honduras sociales terriblemente violentas, como ocurre con los pueblos de nuestra América, pero nos pertenece más allá del olvido. Chile, como todo territorio habitado, es un camino en construcción, un proyecto, un proceso, un espacio para vivir y hacer la vida socialmente. Aprender de la historia desde la conquista española a la fecha, es un recurso que el Estado ni los chilenos debemos despreciar para hacer más país a la larga y angosta faja de tierra. Cada nacimiento es único, y toda adopción es circunstancial, equivale a un segundo corredor de fondo que hace el recorrido en paralelo como si fuera una nueva historia que acompaña la original. Uno busca un país ideal, el de la memoria juvenil, de las luchas de la prima adolescencia, un país para todos, una suerte de primavera global, y después sabe que existen los otoños e inviernos, y los veranos son prolongados sueños de la infancia, que se borran con las primeras lluvias detrás de los ventanales. Lo que está claro es que el camino de la construcción de un país está lleno de piedras y el hombre es el único especialista en tropezar una y mil veces en ellas.” - ¿Usted sigue siendo un escritor de la diáspora, que camina por esa delgada cuerda floja casi hamleteana del ser y no ser, diseminado como miles de chilenos por el mundo?. "Margarita, el mundo se ha transformado en una diáspora para los que inclusive creen vivir en casa. Son la pasarela de su propios espejismo. La dispersión humana es la tónica de las últimas décadas para no ir más atrás. Y aún así se siguen erigiendo muros, cerrando fronteras, impidiendo la libre circulación de las personas, porque el sistema económico mundial crea más miseria humana cada día. La religión divide el mundo de un Dios muy disputado, socorrido e intervensionista de intereses subalternos, clásicamente terrenales. No es un comentario muy poético, pero real. Chile tiene una diáspora importante. Es hora, tres décadas después, que el gobierno convoque a un foro sobre Chile visto desde el exterior, el Chile posible, el Chile para todos los chilenos, y saber como pueden participar los que vivimos en el exterior más allá del folclore, las fiestas patrias y el mote con huesillos. Un Chile On line con sus raíces, no prejuicios, ni medias verdades. Un modelo de hombre de la diáspora de nuestro tiempo es el recién fallecido intelectual árabe, musicólogo, profesor universitario y ensayista luminoso y comprometido arabista, Edward Said. Hasta el último día de su vida se pronunció por un mundo mejor y trabajó seriamente a favor de la nación árabe, en un panorama cada vez más convulsionado, incomprensible, violento, que se escapa de las manos a la humanidad. Los diarios de Chile nos dan cuenta, que la mayoría de los intelectuales chilenos, se sienten contentos con el pequeño queso que se le permite al ratón y no se pronuncian ni sobre el curso del río Mapocho. El discurso público, más allá del Estado y de la empresa privada, de las Fuerzas Armadas, parece estar en manos de charlatanes mediáticos, bufones de un sainete menor, vedettes del vodevil virtual. El país del avestruz no conjuga con el país global insertado en el mundo. No debemos dejar de pronunciarnos por un Chile mejor, con oportunidades para todos, y esto significa equidad, justicia, salud, educación, vivienda, solidaridad, trabajo sobre todo y bien remunerado, transparencia en las finanzas, en el gasto público y privado. Queda mucha tela por cortar en un país que atiende con gran esmero las leyes del mercado, y que al mismo tiempo se hace el sordo frente a la libertad de expresión y mantiene con tanto celo la llama de la libertad”. Gabrielli me (a) trajo por sus crónicas, la denuncia con poesía, certificación de los tiempos, cronista de la infeliz constatación de los hechos, porque en una realidad expresada de esa forma y naturaleza, sabemos que está el poeta, filtro mayor de los espejos opacos, y estoy plagiando a mí entrevistado, porque el periodismo es recreación, reciclaje de quien tenemos frente a nosotros y esperamos que sus opiniones se conviertan en hecho nuevo, entre otras cosas, para nuestros lectores. Poeta río, nunca dos veces Se me quedó atrás en la memoria la casa blanca del poeta, en el desamparo de la selva y el pequeño río recreado en un poema. Es muy probable me advierte, que alguien ya tenga ese poema, y sé que son sus cábalas. Me confidenció con indudable nostalgia, que le llamaban “poeta río”. A los pies de mi casa/ donde el muro divide/ el patio civilizado/ y la selva misteriosa/ un río de pobres aguas encauzadas/ me implora que no me vaya. Y sigue la historia del río, humano personaje vinculado a la vida, es parte, más bien del poeta, y le comunica con desesperación que permanezca a su lado con una cierta fidelidad tan poco común en estos tiempos. Todo poeta tiene su arsenal, muchas veces intacto, inédito, y el de Gabrielli es un material virgen, sin uso, húmedo como el trópico que lo hunde en el sopor lentamente a quien llega a estas tierras calientes, que ignoran los días términos medio y pasan del fogón a los lluviosos húmedos relampagueantes. Tiempo circular, dice cuando me paso un pañuelo sobre el rostro. Pero, sin aire acondicionado hubiese naufragado, como dice y suele repetir el poeta de esta atmósfera acuosa. Y llegamos al café, algo que nos mantenga con los ojos abiertos.¿Negro o con leche, me dice? Negro para los dos y sin azúcar. Las neuronas ya resbalaban por la nada, atornilladas al tobogán, palabra gabriellina, que en las horas subyace en la conversación, en frases arrastradas, llenas de melancolía, unas contenidas en su furia, siempre francas al extremo, (detesta el cinismo de la diplomacia), cargadas de ironía, transgresoras en el doble sentido, si, nunca las mismas, heraclitianas, porque descubrí que no nos podemos bañar dos veces en una misma entrevista ni en las palabras que va dejando el autor de Manifiesto Aldeano. (En Panamá hay que bañarse dos y tres veces al día para despejar los humores del cuerpo y del alma, y de esto no tiene por qué enterarse Heráclito el Oscuro, como dice Gabrielli.) Oh ciudad, acuarela entre dos océanos, el futuro está huérfano, —me dices—. ¿Cómo puedes decir—me pregunto— que eres feliz con estos dolores, donde la náusea duerme en una plaza pública con permiso municipal? Hacia el mar te empujó la historia, (árbol que nace torcido, semilla que se la lleva el viento) Un siglo en one way, amiga, es hora de convertir la vía en puente, y salir del callejón sin salida. A la poesía ya no la sostienen ni las palabras. Buscas un andamio y sólo polvo, Quevedo, mas polvo enamorado. Homenajes en medio de un romance frío, Nueva York, Panamà o Santiago, manicomio para una Babel, — sin palabras me dices— cuando alguien recoge sus pasos, como si fuera mi destino. No es azar, sino desencuentro. Lo que queda del futuro, alguien ya se lo ha jugado Si, fragmentos del extenso poema Manifiesto Aldeano, un texto documental de su tiempo, la mirada ácida, abierta, real de un poeta de su época, un recuento del tiempo en soledad, de abandono y lucidez, que se define en el verso constructor del poema (peso lábil de la memoria) como un peón de su propio esfuerzo. Lo que ya no queda es tiempo, comienza por decirnos el poeta y apura su galope por este mundo, a su manera. Y en verdad, el tiempo tan lato como el infinito, nos comenta, también se acorta en los hechos cruciales que vive la humanidad en estos tiempos. Sol rojo de la poesía - ¿Qué es la poesía, Gabrielli? “Bécquer la definió magistralmente y Parra repitió esa respuesta en Estados Unidos, recuerdo que me contó la anécdota, en medio de una agitada conferencia y un mar de delirantes devotas de la antipoesía. En verdad mejorar la respuesta becqueriana es no sólo difícil, innecesario, y entraríamos en definiciones literarias de manual. Poesía eres tú, dijo el español, pero sin duda, hoy sabemos que poesía es vida puesta en palabras, porque detrás de la palabra está la poesía, en las cosas, en todo acto humano, en lo que la especie hace, como por ejemplo crear nuevos mundos. Nada surge de la nada en poesía. Aire es lo que se respira y con lo que se oxigena la poesía en su raíz existencial, coloquial y más allá de su entorno. La poesía no limita con nada, carece de puntos cardinales, nace donde muere la prosa y viceversa. Tiene la autonomía de su propio vuelo. El poema es el único gestor de su destino. Se abre y cierra a la imaginación del lector, en la soledad más estricta y absoluta. Su lectura se comparte después, que el poema habita en la casa del lector. Se disemina cada vez que encuentra un nuevo hábitat en la imaginación de quien se le aproxima con sigilo, atención, respeto. Viejo y misterioso oficio milenario el de la poesía, viaja en los renovados sueños de la mujer amada y es presencia viva de su tiempo, sin fronteras cruza los límites de su palabra si el poema es verdadero. ¿Nombres de poetas?. Los que ya sabemos que se quedaron en y con los tiempos.” Reciclo mi tiempo, la vertiginosa monotonía de las cosas, a veces en una acto ciego, con fe absoluta en a las palabras, otras movido por el desencanto, la afonía del verbo, la nostalgia que incomoda al futuro, y nunca me ha pedido permiso para ocupar un espacio, define Gabrielli su acto poético, sus momentums, más bien, esas atmósferas que suelen reciclarle a él mismo. Pienso en la casa del poeta, la luz que se cuela por las ventanas, los pinos, insomnes figuras, me dijo al presentármelas, y supe que con sus manos, en otro tiempo, los sembró uno a uno en la dura tierra panameña. No le digo, pero tiene tres hijos, muchos árboles sembrados y ningún libro editado. Se detiene ante un mandarino próximo a la selva y mira con algo más que los ojos la tierra a los pies del árbol. Todo este terreno, comenta, eran restos de construcción cuando llegué con mi familia, tierra pedregosa, llena de piedras. Y atrás, señala, está el río enmarcado por la selva, angustiado por la ciudad, abandonado de amores, -me queda mirando ya sin los espejuelos, unos ojos que no dejan de ser profundos- y a su suerte corren sus aguas, como la vida, la poesía. La tarde sigue caliente, a ratos nublada, en el caprichoso trópico, inestable clima, cubro con la memoria esas horas, y su afición por a las pinturas sobre Valparaíso, un poeta que nació en Santiago. Hemos recorrido la sala y me he detenido ante la calidez sureña de los objetos que adornan las paredes: una casita con una pareja de indígenas, de pequeños pajaritos, una jaula, figuras de greda (me informa de Pomaire), unas campanitas, palomas y artesanía escogida de Chile, comenta además de unas figuras de tagua de Panamá. No es todo, no hay tiempo para el turismo poético, le digo, se ríe. Pero no ha puesto objeción que retrate con mis ojos algunos rincones de la casa del poeta, como un cuadro curioso haitiano que se debe tomar distancia para recomponer la figura de un mercado muy animado. Venimos de regreso al cuarto y me detiene después de pasar un farol de barco en el pasillo, y de frente veo un cuadro. Enciende la luz, y me comenta que estaba en el comedor de su casa cuando niño, y que le inspiró en buena medida para hacer un cuento. Es un pedazo de diario de hace más de sesenta años, edad de la pintura, y destaca una fruta chilena llamada tuna, de una manera asombrosamente natural. “La poesía está en el cuarto, señala, la pequeña factoría de la palabra, agrega. Lugar donde el poeta monitorea sus días. La infamia de mi tiempo, sonríe. Una época, según él, llena de paréntesis. Aquí carga los dados el destino y la noche pulsa las horas inacabadas. El amor como ese espejismo con que el desierto premia a los que cruzaron el silencio sin esperar nada. El amor es un vicio para la salvación. Yo sólo le pedí, redímeme. Me contestó, espera, ya tendrás. Siempre una espera y postergación. Es la musa poética esquiva, rebelde, amorosa y que finalmente se rendirá a ti.” La casa de un poeta no es sus paredes, y pequeños o grandes objetos, algún árbol, o los pasillos de su casa que conducen a la biblioteca, y no es poco decir, que responde a quien habita esos espacios en invierno o verano. Y menos aún ignorar la historia que hay detrás de cada historia no contada. El poeta es dueño de su palabra y silencio, me dijo Gabrielli. La casa de la poesía está en unas libretas que veo entrar y salir de las manos de Gabrielli, hojear, recorrer y pulsar, que me va entregando para leer o el mismo prefiere traducirlas en voz viva. El poema, agrega, está en todas parte y en ninguna, en el azar, en la pequeña escena que se presenta en la memoria, en un raro brindis con el presente, en la monotonía punzante del desafecto, y en todo momento, atmósfera, sentimiento donde se recicle la vida a sus propios costos. De rodillas/ siento que un naipe/ abre el negro vicio/ del juego, la rótula/ instalada con su hermana/ en las blancas sábanas/ se vienen las nieves/ el alba rosa de la mañana/ horas en que el pan/ entra al horno/ y despunta la sangre/ en la cresta de un gallo sol rojo de alas maduras/ vuela, vuela al infinito. (SOL Rojo). El arca de sol, una señal Para mí expresamente en la mujer amada, enfatizó Gabrielli, como posesionado de un libreto superior. Se levantó del sillón negro donde se mantenía impecablemente estacionado. Recorrió el cuarto donde su vista no llegaba. Supuse que no estaba ahí. Por primera vez lo vi vagar, ausentarse, y no le dije nada. Los poetas suelen transportarse de sí mismo. Migran en sus propias palabras. Algo parecido ha sucedido en este instante. Me pareció que buscaba un par de alas. y de pronto me interrumpió. Ya tenía varios libros a su alrededor, un par en las manos, y papeles escritos. ¿Acumula pruebas, poeta, le pregunté con algo de ironía? Me miró con la punta de los ojos: “Un poeta, como dijo Char, debe dejar señales de su paso, no pruebas. Sólo las señales hacen soñar.” Fue cuando comenzó a caminar por el cuarto. A respirar diría yo. Me quedé leyendo varios poemas y notas que me dejó al descubierto. El poeta abría parte de su corazón, la verdadera Caja de Pandora de su poesía, la supuse con algunos cerrojos más, y su nostalgia delatada en la hondura del poema, quedaba claramente definida como una señal en los textos que leí, en los poemas que me leyó, en la poesía que se desprendía por momentos en los silencios, en todo lo que no dijo y repitió,.en una frase obsesiva que andaba en búsqueda del tiempo perdido. Quizás lo vi en su Arca de Sol, por primera vez ruinoso, bañado en oro, cruzando uno de sus ríos reales e imaginarios. Ahí noté que detrás de los gestos, de la palabra vocalizada, escrita, se silueteaba la musa, un tema que quise dejar en el tintero de la esperanza (como él en verdad después, me pidió) y no sé por qué. Quizás me pegó lo de las cábalas. “No todo es poesía”, me interrumpe el hilo, Gabrielli. Tengo entre mis planes y desafíos ordenar unas cuantas crónicas en un libro que llevaría por título tentativo, El Arca de sol”. Buen título, exclamo de manera espontánea. Se ríe. Nos reímos. Hay que de dejar fluir, correr la prosa como la risa en los pulmones, le digo. Ya que estamos de tan buen humor, le pregunto por sus canciones, letras que ha escrito en su universo inédito. Asiente con la cabeza. Un clásico hummm, plop plop... (el poeta es un niño) y comenta que ha escrito varias letras y que están en manos de un ángel. Y se detiene en un lejano y distante presente. Son los misterios de la poesía y de los ángeles. Un hilo muy delgado pareciera tejerse donde el poeta y la realidad parecieran encontrarse, y la palabra la transforma. El poeta ya no será el mismo después de haber confrontado su realidad, su espeso tejido, dice Gabrielli, la larga telaraña de su espera, puntualiza. La ficción-realidad de sus días quizás. Él insiste que mira al Norte y al Sur que se transforma en SC, (¿una cábala o la realidad?), con el mismo énfasis, aunque su vocación es Sur-Sur. Un poeta no se puede traducir en unas horas, por más intensas que sean. Es intraducible, diría. No fue mi intención, se lo dije. Quedaron no pocas cosas en el tintero. Muchas, supongo, Gabrielli las manejó a prudente distancia. Aunque le arrebaté un misterio de no sé cuántos, en su respuesta de paráfrasis: - ¿Qué hace aquí le pregunté? Enmudeció. Me miró. Esta pregunta, respondió seco, me la han hecho cien veces. Espero que su interés sea estrictamente periodístico, continuó. No me dejó responder. Se paró y trajo una agenda café, vendada con una cinta delgada, verde, una libreta herida por el tiempo. Y me leyó, pausado sin hacer un sólo comentario. Sospeché que había metido el dedo en la yaga. ¿Qué hago yo aquí? Aquí fracasó el Conde de Lesspeps /un constructor francés./ Paul Gauguin no pintó/ un solo cuadro en Taboga/ la Isla de Las Flores/ Francis Drake yace en el fondo del mar/ en Portobelo /Balboa perdió su cabeza en Acla/ Rimbaud tuvo entre sus planes/ visitar ciudad de Panamá en mil ochocientos y tantos/ Un chino y un burro/ murieron en una de sus independencias/ Están vigentes los cementerios para franceses/ norteamericanos y chinos./La historia recicló en sus mares/ a españoles e ingleses/ El país es un paso obligado/ como la vida, un tránsito hacia la muerte. Absoluto silencio. Di vuelta la hoja. Cerró la libreta. La conversación giró entorno a su narrativa, especialmente la novela. El proyecto mayor es su novela, sin duda. Difícil, me confidenció, escribirla sólo. Es un texto a dos manos pero son cuatro las que lo escriben. La ficción y la realidad nos llevan a caminos similares, a veces, sostiene. Me habló algo convencido y preferí no dudar. Es como intentar ver detrás de la sombra, me respondió en una de mis infinitas preguntas que intentaron subir unos peldaños a su Babel interior, que prefirió calificar de “piccola Torre de Pissa”. “Todo está escrito, todo,” me repitió en más de una ocasión cuando salimos de la casa a ver el jardín natural de la selva. La humedad me impedía aislar la materia de sus palabras. Todo se dispersa. Las oraciones como si se originaran y permanecieran en una gran masa de gelatina. ¿Flora y fauna, el hombre dónde estuvo?, se pregunta Gabrielli, y quizás él tampoco sabe donde está. No se trata de perder el glamour, sigue afirmando el poeta, porque la selva es la verdadera reina y no permite ni princesas ad honorem, todo se lo traga como la coraza del conquistador. “El paisaje es lo único que queda, está vigente, permanece, y desde luego nos reprueba”. ”¿Es preferible ser el viento que la piedra?”, termina preguntándome a mí.

COCINANDO LA POESIA

ROLANDO GABRIELLI

La receta del poema es tan antigua como la palabra la vida, y su enigma está en el lector porque no sabemos como traducirá el texto para su propia experiencia placer, lo que (nos) quiso decir y dijo finalmente el poeta.
Un poema vela y se revela en la palabra, y el lector levanta el velo en la penumbra, donde el texto lo ha instalado solitaria y soberanamente.
Se cocina a solas, con todos los ingredientes que decanta el poeta, cuyo aroma debe percibir y traducir el lector de acuerdo con la capacidad e interés de sus sentidos.
Dos cocimientos para un mismo poema: el del oficio y la lectura informal de quien ignora quien lo escribió y conoce algunos rasgos biográficos y su obra, tal vez fragmentariamente.
Es un acto privado y seguirá siéndolo aunque pase de mano en mano y de ojo en ojo.
Un poema siempre tiene una historia detrás de las palabras y la que construye quien lo lee en el tiempo inaugural y anónimo.
Hay poemas cerezas, crudos, peces de largos ríos, textos de metal madera, agua, construidos sobre el aire, panes de un horno, transparentes, oscuros, volátiles, terrenales o que sólo son señales.
El poema surge abrupto detrás de la palabra o viene del fondo de la memoria. Siempre es atmósfera, deseo y conmoción.
El poema roba el fuego a los dioses para todos sus lectores. Es luz de su sombra, doble corazón de su fruto, una razón desconocida a punto de ser develada.
El poema ama el vientre de la palabra, su hondo silencio, es latido, fruto, nunca cáscara.
Oh liviano muro
Oh pesado silencio
Todo regresa tiempo
Yo soy muro
Yo soy silencio
Soy tu mismo río
Muro liviano
Pesado silencio.
©
2006

jueves, enero 26, 2006

CANCIÓN DEL MUERTO


Dejen al muerto
que cargue con su vida,
única esperanza
de seguir viviendo.
Es su vida, su canto.
Hay un sólo paso
al más allá.
La roca helada,
tan liviana la mano,
como el cuerpo,
se va, se va,
la luz del muerto,
ilumina el cielo,
sube el firmamento.
Dejen de llorar al muerto,
dejen vivir al vivo,
no más lamentos.
No hay vivos sin muertos.
Rolando Gabrielli↕2006

miércoles, enero 25, 2006

ESTE INVIERNO TUYO

Este invierno tuyo
conmueve los pasos muertos
de uno y otro día.
El silencio que roba la memoria,
nos deja una sola vocal.
Podrías estar,
frente a un lago muerto,
oh, señal serías tú misma.

Rolando Gabrielli©2006

lunes, enero 23, 2006

La Memoria

La memoria teje en su radar el sueño,
la vocación de su pasado,
abeja de un mismo panal ciego,
viaja lontano, viaja viajera,

regresa a la prima hora del alba,
lago de silencioso novo paisaje,
registra huella señal,
cicatriz de un nuevo futuro,
mi otra memoria
.
Rolando Gabrielli©2006

VAMOS AL CHAT CON DORFMAN

VAMOS AL CHAT CON DORFMAN
(Mano a mano con un escritor de dos lenguas)
Rolando Gabrielli
La diáspora de nuestros tiempos es como una alcancía rota que nunca terminará de llenarse con sus sueños. Nos viajamos a Australia, México, Francia, Rusia, Suecia, Panamá, Costa Rica, Ecuador, Cuba, Argentina, Estados Unidos, por el mundo después del 11 de septiembre de 1973. Los primero fueron directos a campos de concentración diseminados por toda la República entre Dawson y la inefablemente célebre Pisagua, un lugar de muerte frente al mar Pacífico en el norte chileno. La inmensidad del desierto y el confín sureño, se tragó una parte del alma de la patria. Estos apuntes son algo más que historia. Corrían los años felices de mediados de los sesenta, uno poquito, más el 66 para ser precisos, y Ariel Dorfman, el hermano gemelo en tamaño large de Woody Allen, nos daba clases de Literatura en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Un gringo chileno desgarbado, que conversaba con las nubes, muy simple, sencillamente sencillo, lleno de entusiasmo. El Pedagógico de la Universidad de Chile bullía de ambiente revolucionario y literario, el pequeño Berkeley chileno con sus prados, agitaciones sociales, hermosas mujeres, edificaciones europeas, y la libertad de pensamiento 24 horas al día. Parra, Skarmeta, Poli Délano, Armando Cassigoli, Juan Rivano, Planet, Gianinni, Guzmán, Ariel Dorfman, deambulaban diariamente por las paredes contaminadas del Pedagógico, además de los visitantes como Lihn, Teillier y otros, que se reconocían el multifacético espejo de las llamadas Termas de Macul. Saldrían nuevos poetas y críticos literarios, prominentes profesores, Millán, Cuevas, Jofrè, Nómez, Los Paparazzi, muchos otros en la larga y exitosa agenda del Pedagógico. Dorfman se sentaba sobre la mesa con sus largas piernas en una esquina y nos miraba detrás de los ojos y con su voz y gestos, nos iniciaba en la literatura como en el famoso Carpediem. Ese era el minuto, ningún otro, veníamos a sentir el olor a pólvora y miel de las palabras, a la aventura literaria con Ariel Dorfman. Entraba al salón con su vieja sonrisa milenaria, y nos miraba el Woody Allen chileno, nacido en la Argentina y nos enseñaría a leer con el sociólogo belga, Mattelart, nada menos que al Pato Donald. Era el Chile lúcido, crítico, que se estremecía en su propia geografía. País laboratorio, visitado por escritores, sociólogos, periodistas, políticos y agentes de toda naturaleza. Una larga y angosta faja de tierra al fondo del Sur, Sur. Pase a Chile, al fondo, pero a mano izquierda. Hasta nuestras Termas había llegado el inefable e inolvidable Cronopio, Julio Cortázar, nosotros rayuelanos por naturaleza y derecho generacional propio. Dorfman, como tantos chilenos, intelectuales o no, dejó físicamente Chile. Vivió en Nueva York en su infancia y regresó mucho más allá de la adolescencia por esos lares del Norte. A su historia esta en su libro autobiográfico titulado Rumbo al Sur deseando al Norte, que elaboró en un Rancho de New Mexico. “Si estoy contando esta historia, si la puedo contar, es porque alguien, muchos años atrás en Santiago de Chile, murió en mi lugar”. Así comienzan sus páginas en su libro ilustrado en la portada con las banderas de Chile y Estados Unidos, con el niño Ariel y el Palacio de la Moneda ardiendo el 11 de septiembre del 73. Muchos no vivieron para contarla, parodiando a Gabriel García Márquez. Dorfman, si pudo. Hace años es catedrático en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte. Es uno de los 100 latinos tal vez más influyentes y reconocidos en Estados Unidos. Su obra literaria, novela, teatro, ensayo, poesía, ha sido traducida a más de 30 idiomas. La Muerte y la doncella, una obra de teatro universal, ha sido montada en más de 90 países y fue dirigida en Broadway por Mike Nichols. The Washington Post, dijo que Dorfman pisó definitivamente el terreno de los grandes novelistas mundiales de primera clase, con Konfidenz. Ha recibido innumerables reconocimientos por su labor, entre ellos el Premio Laurence Olivier por la mejor obra de teatro: La muerte y la doncella, llevada al cine por Roman Polanski, con Sigourney Weaver y Ben Kingsley, como protagonistas. Obtuvo el Premio Sudamericana ; dos premios teatrales del Kennedy Center, en Washington y el premio al mejor drama de televisión de Gran Bretaña por la obra Prisioneros del tiempo, protagonizada por John Hurt. Dorfman ha aceptado un mano a mano con sus lectores virtuales. La feliz iniciativa la ha tomado el portal chileno:
http://chat.librolibrechile.cl P.D. La novela hoy es un género sospechoso, inclasificable, Borges lo detestó y renegó de él. García Màrquez volvió a transformar el género en algo clásico con Cien Años de Soledad como Juan Rulfo con Pedro Páramo. J. Joyce nos dejó un gran y maravilloso puzzle para hacer nuevas novelas. Kafka un padre severo, no nos olvida y ni deja de repetir, que todos somos kafkianos en algún momento de nuestras vidas. Proust, Flaubert, Faulkner, Hemingway, Mann, Bolaño, más atrás y más adelante, Onetti, Carpentier, Cortázar, etc. Cervantes mucho antes y ahora, tan actual, como siempre. La novela es una larga aventura, sin comienzo ni fin y no existe una receta para ser novelista. Tantos padres para una criatura con mil cabezas. Es una larga y desconocida aventura, como la palabra, en todo tiempo y época. La novela es Isla, de su propio Tesoro.
Rolando Gabrielli©2006

miércoles, enero 11, 2006

Ventanas

Ventanas que ignoran el paisaje que alguien sueña,
devoran el viento, las frías
palabras que nadie esperaría y podrían llegar,
si no supieran que alguien, vacías las repetirá,
lentas detrás del cristal
.


Rolando Gabrielli©2006

martes, enero 10, 2006

Denver


¿La ciudad
es mi pasado
o yo soy su futuro?
No preguntes, no preguntes,
yo no estuve allí.
Denver, Denver,
mi otra cara.
Rolando Gabrielli©2006

Calcomanía


Yo me repito,
me calco en el poema.
Hago que me borro
y unto el dedo
de saliva
y se me seca
la palabra.
Rolando Gabrielli©2002

De la burra realidad



Sancho, deja de ver
la pobre realidad.
La realidad, Caballero
de la Triste Figura,
no está en verla,
sino dejarla pasar
y nos acompañará
hasta la sepultura.
Sancho, eres mi escudero,
no mi espada filosa
y resulta más fiel,
demonios.
Necesito unas palabras
suyas para mi Asno fiel,
la ficción le consume.
Alma burra, de todos los caminos,
nunca escojas escojas el infierno.
Gracias, mi Señor, Don Quijote,
por tan sabios consejos
que ni mi burro, ni yo
comprendemos.
En la comprensión, Sancho,
está (en) la realidad, el peligro.

Rolando Gabrielli©2006

La novela tiene cuerpo de mujer


(Un largo preámbulo a no sé cuántas cosas)
Dejo caer hondo mis dedos, tocar les digo el fondo hasta se haga silencio en el ombligo. Después, las yemas se deslizan por la cubierta desatando los nudos, empujan la tibieza y el sudor natural, las palabras, el lenguaje mayor que se acerca a la gran boca de la novela. La lengua tiene todas las aspiraciones e inclusive de transformarse en Babel de su exclusiva comunicación y diálogo, el fervoroso monólogo ante la página impresa.
Dedos ciegos borgianos, espejos rotos de su propias búsquedas, caminos que se bifurcan para volver al principio. La mano enguantada de Kafka, áspera, somnolienta, infantil, titubeante y que se aprisiona al cerrar una puerta y no encuentra la llave oculta bajo el ombligo, donde la bisagra conoce bien su historia.
La palma brillante y los finos, alargados, acuosos dedos de la prosa de Kerouac, entran en la noche de la prosa afiebrada, noctámbula, caprichosa, pero con real exactitud y poesía.
Yo siento el Sur, sin embargo, en la poesía húmeda de Neruda al alba en los muelles magníficos de la adolescencia y de todas las libertades.
La mano manca del clásico de Lepanto, huesuda, fibrosa, árida, castellana y veloz en aspas de abanico, a veces queda, morosa, rastrillo, filosa, ingeniosa como el manchego personaje, que huele a Dulcinea del Toboso, es bueno dejarla operar en el imaginario del relato, aunque sea una convidada de piedra.
Una mano lava a la otra cuando se trata de solidaridad compartida, pero en esta aventura faltan dedos para tocar el piano real de lo que aspiramos y no siempre es. Sí, se puede decir misa, y no estar en el altar. La novela es un camino sinuoso, lleno de curvas, gratamente femenino, de musculatura compacta, frágil, densa, con la vieja imagen del pez que se resbala porque quiere seguir viviendo por medio de su propia respiración.
Hay colinas, pliegues, lechosos ríos, nostálgicos pezones andaluces, de arabescas formas, ensenadas, valles, una amplia carretera puede llevarnos hacia ningún lugar, como indicarnos un punto de partida hacia donde los caminos siempre se bifurcan.
El cuerpo de la novela tiene oxígeno, o debiera contar con un balón que al menos le permitiera respirar en situaciones de emergencia, cuando un lector le exige un poco más al cuerpo del delito. Es con éste que comulgará de inicio a fin, y visitará una y otra vez la escena del crimen de su propia mano, porque las páginas tienen su tipografía, abandonadas a su suerte, y la que le asigna el lector.
En lo personal, la novela tiene mucho de eso, de uno y más de otro, pero es un cajón con bastantes cosas íntimas, calcetines, jabones, teléfonos, notitas que uno hace y va guardando, alguna foto que sacó de un álbum y la dejó ahí con otras cosas de uso diario, o que uno sabe que están ahí como parte del olvido de lo que no se olvida. Sí, la novela tiene de esa cocina íntima, condimentos que van y vienen, son de uso diario es lo que quiero decir, están ahí insoslayables, son.
Uno revisa el texto de la novela diariamente como si fuera una cicatriz, algo permanente y creo que así debe ser. No hay reglas, y menos las tengo yo. (Pero también existen los cuerpos en exilio, torturados, aniquilados, verdaderamente en off, que se van de un aeropuerto a otro, con su L en la mochila).
Una novela debe hablar de cuanta situación se le ocurra al autor, y despojar al lector de todo anticipo verbal, enmudecerlo de vez en cuando con el pequeño horror violeta que tanto nos acostumbran algunos dictadores. Pulso en esta novela desde el bocatto di cardinale, amor del bueno, real, hasta ese estiercolero que un ventilador mantiene en vivo y en directo ante nuestras propias cámaras. Sí, hay paréntesis negros, que mejor no verlos, ocultarlos, olvidarlos.)
Un día le pones las medias, le quitas los pantys, ajustas el brasier con suave intencionalidad de quitárselo, y lanzas el cuerpo del delito a una flamante sábana y comienzas a hurgar entre sus pliegues casi con deformación profesional y ese privilegio del abandono, de la displicencia, es el olvido. Me gusta detenerme en el triángulo de las Bermudas, entrar y salir, y saber que me perderé, inevitablemente, para volver a encontrarme en la palabra.
Me encantan los pezones en una novela, en especial los de ésta que escribo y borro en tu nombre. Se hacen sentir tibios y ligeros al menor roce de la palabra, de algún acento profundo, marcado. Ahí yo cavo mi propio silencio como si fuera una tumba recién nacida.
La novela puede doler como la Kalho y ser gozada al mismo tiempo. Es un doble anclaje. Vamos en el ataúd de cristal y en un eterno paseo donde resuenan las pisadas que no dejan huella. Yo me inclino a veces, por la Babel, y le rindo alguna pleitesía, le pido la escalera, y me conformo con algunas letras del abecedario, que son polvo de sus cristales, abanicos de heces, un poco la sal y la pimienta, el eslogan mal parido, la perfecta etiqueta que todo muerto alcanza en su epitafio.
La novela derrumba sus horas, se pisa los talones, es señorita hasta cuando no demuestre lo contrario, pero yo la prefiero ligera de todo sueño y ropas, más bien a la sombra de sus propios encantos. La espalda de una novela es lo más sensual quizás de sus páginas. Es allí donde la tipografía se pierde tibia al final de la mano y el tacto real. Cielo, no me toques tan alto.
Déjese llevar por esta calcetinera, colegiala, cuarentona de sus bien jugadas décadas, de esos otoños sin balanza como rodeados de nomeolvides.
La novela puede ser un Diario de Vida en estado de descomposición, siempre un estado de ánimo latente, inocuo, vacío, temerario, retrato de una ficción amparada en la realidad, huésped infinita la palabra de un albergue que sólo exige el turno del paciente que acude a la historia personal por un reflejo condicionado.
Cada novela, me digo, con su librito. Es corriente, río, la palabra, sin principio ni fin. Todos debiéramos escribir nuestra novela. Y antes de partir, archivarla, para que el que venga la continúe a su manera, o escriba la propia, en fin, pero que se novele en la agonía del texto, la felicidad del texto, en la paradoja del texto, como en la vida del texto-autor. Que se escriba con nostalgia, vanidad, realismo, dolor, angustia, sueño, mucha felicidad, olvido al por mayor y memoria restringida, con tensión, datos verdaderos, falsos, que incluya bolitas de alcanfor, diademas, flores plásticas pero recién regadas, una visita a la morgue, a los archivos nacionales, que no olvide que los estadios pueden servir para el ruin deporte de la tortura.
Dejo que el lenguaje se corrompa, desaparezca, siga su ruta vital, desvencijada, que llegue a clamar por su propio silencio. De nada sirve contar si no hay lenguaje, si no se siente espesa la sangre entrando al cuerpo de la noche. Allí clavo mis alfileres en el insomnio. Sufrago mi voto de protesta. Pobre novela si se siente reina en un escaparate. La prefiero como dos firmes piernas a la luz de una vela encendida, con insomnio alquilado en una tienda de fracs pasados de moda, para corregir con ella la vida, enmendarle una o dos planas a lo sumo. Correr juntos esa aventura que alguien corrió antes por nosotros. (La que yo escribo, olvidaba, ya cuenta con 11.273 líneas, y es el más largo preámbulo a no sé cuántas cosas).
Rolando Gabrielli©2006.

LA SEMANA SIETE


Rompe el 2006 la cáscara de su huevo, repite el cuervo la negra noche de sus días, alas que adivinan tu propio parpadeo y yo te pido realidad, no me reclames la ficción que ya te pertenece.
El pozo asciende a los brazos de un desconocido, la luz que atraviesa su garganta, los ojos de sus dos pequeñas ventanas. No es prosa, no es poesía, no es canción, no es nada más que el lento paso de mis días. El tiempo no es velocidad, ni una gran almohada estacionada en una gare de París, Oh sueño, Oh paraíso, Oh sombra detrás de la cortina. ¿El ojo es más limitado y por ello la cámara? ¿Un banco en una plaza resiste más las horas? ¿El paraguas comprende en verdad la lluvia que recoge en su piel? La ilusión de los objetos, la realidad de lo que somos sin su compañía. El tiempo es una ilusión. La realidad pierde el tiempo en repetirse. La ficción muerde los anillos del planeta. El mundo es un asesino serial y se sacude de sus propias escamas. Es una manera de sentirse, un estilo de vida, una tendencia uniformada de ser imagen de una misma caricatura. Un brochazo amarillo, violeta, la lengua de un color oscuro. Alguien se arranca de una estadística, del promedio, de alguna formula, de una cifra ciega sin oído, muda que levita en una oficina de registros públicos. ¿Formas parte de la tendencia?, se pregunta el slogan en una valla al salir de la ciudad, al entrar en la ciudad, al recorrer la ciudad, al dejar la ciudad una y otra vez.
La cifra revolotea su propio espacio. Sale de casa, camina, se sube a su automóvil, enciende la casetera o pone andar el CD, en marcha, cero noticias, la ciudad le pasa delante de los ojos, los ojos van sobre el parabrisas, la memoria en automático, llueve, después el sol, todo se mueve en presente. Se evapora el tiempo sobre la carrocería del automóvil, una cáscara sobre el asfalto, ruedas, rostros, rines, rosas rojas en las esquinas dos por cincuenta centavos de dólar. La pobreza cree en el romance, en la tecnología, celulares, tarjetas para llamar, estuches para protegerlos. Semana siete, es el 2006, recortado en la semilla de su propia guillotina. No es bisiesto el tuerto péndulo de la noche. Ya le sobran muertos. Año de un nuevo calendario. Ripio de un mal año. Margarita, deshoja este mundo para mí.
Rolando Gabrielli©2006

Vicente Huidobro


Subamos al carrusel de Huidobro,
sin paracaídas no vaya a ser
el último paso por el Paraíso perdido.
El aire, las estrellas, los puntos cardinales,
que buscaba, dónde buscaba.
No perdamos de vista el horizonte,
ni el abismo al doblar una esquina.
Una ventana cruza un pájaro, lo vuela,
el cielo no tiene techo.
Un mar sin olas no es un mar,
es una tasa de té.
Un poema es el huracán de sus palabras.
El tiempo cruza la tarde.
En el juego de la poesía,
se aceptan castillos en el aire,
se rematan adjetivos,
se vende un desierto amueblado
se alquila un mar y sus respectivas estrellas,
se vende un desierto amoblado
y se alquila un mar con sus respectivas estrellas.
La realidad es el mejor montaje, es miope,
Pero la ficción usa binoculares.
Un conejo prefiere sus propias orejas
que salir de un sombrero de copa.
El espejo sólo tiene una mirada
que se repite si uno cree en los espejos.
De un agujero sólo se sale
entrando al revés.
No es sal lo que necesita mi hombro,
ni un trébol de cuatro hojas mi suerte.
Sólo subamos al carrusel de Huidobro.
Rolando Gabrielli©2002-2006
Homenaje al Poeta Chileno Vicente Huidobro
en su 110 avo natalicio, hoy 10 de Enero de 2006

jueves, enero 05, 2006

Folletín Mistraliano (Todas íbamos a ser reinas...)


Folletín Mistraliano
(Todas íbamos a ser reinas…)


Gabriela Mistral: Su poesía refleja ternura, desolación...
Crucificada por una crítica de medio pelo, a los 33 años de edad Gabriela Mistral abandonó Chile con destino a México. Llevaba entre ceja y ceja esa "raza espesa, brutal, raza de pacos y mineros" que con tanto acierto describiera en el epistolario encendido y apasionado que mantuvo con el poeta chileno Manuel Magallanes Moure. Había probado el verso ruin, duro y amargo de sus compatriotas y asumiría, con su singular fuerza verbal, su itinerario de auto-desterrada hasta el fin de sus días, de mujer comprometida con su época, que nunca salió y dejó de vivir en el Valle de Elqui de su infancia.
Abandonaría inédita Chile y su nacimiento literario como su muerte física quedarían sellados en Nueva York donde vio la luz pública Desolación en 1922, su primera obra. Luego vendrían Ternura en 1924, Tala en 1938, y por fin, su cuarto y último poemario en vida, en Santiago de Chile, Lagar, 1954, que vio la luz pública mutilado. Como esas páginas, fue y sigue siendo en menor grado esta última década, el estigmatizado capítulo mistraliano de la historia literaria chilena, espeso, difuso, arbitrario, mito callado, hijo más de los silencios de lo que no dijo su autora, de lo que tienen de "real" los textos y que por fortuna encontraron las lecturas e interpretaciones necesarias de Jaime Concha, Grínor Rojo, Volodia Teiteilboim, Jorge Guzmán, Mariano Rodríguez, Adriana Valdés, Jaime Quezada, Caín Gómez, Bernardo Subercaseaux, Mauricio Ostría, y los juicios rotundos de Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn y Nicanor Parra.
Tierna y feroz, calificó su poesía Paul Valery, el poeta francés muy distante de lo americano raizal, porque la poesía mistraliana es barroca, primitiva, bíblica y cosmogónica matriz, materia fraguada en sueños y viajes por su propia vida, donde ni lo español, ni lo clásico ni lo europeo, suelen encajar y tener algún asidero, en el cortejo melancólico que le impuso la vida y su gente. Su profunda visión americana, desde México a la Patagonia, la distinguen. Para empezar, de Rubén Darío, hecho al que la propia Mistral se refirió en una oportunidad agradeciéndole al nicaragüense que no haya bebido su poesía de las tierras de América. Raúl Silva Castro, perla de la crítica de su tiempo, la tildó de poco chilena, justiciera , solitaria, de escribir con rudeza masculina, calificativos que calaron hondo en el frágil esqueleto de la educación chilena porque desde niños escuchamos el rumor que se fue haciendo alegre costumbre sobre la masculinidad y poca feminidad e, inclusive lesbianismo, de la Mistral.
Leímos "a fondo" a Gabriela cuando estudiábamos en el Liceo José Victorino Lastrarria, donde ejercía como profesor el poeta Oscar Hahn pero, de la mano de una profesora, nos centramos en el lenguaje castizo de la Mistral, en “Cordillera de los Andes” y en el poema del entorno trágico, los famosos “Sonetos de la Muerte,” eje del folletín sentimental que se tejería sobre la poeta. Sobre el suicidio del joven Romelio Ureta se forjaría el mito folletinesco que la Mistral reforzaría con sus “Sonetos de la Muerte,” aunque le aclarara años más tarde a su amiga Matilde Ladrón de Guevara: "ese amor no es precisamente el amor que inspiró “Los Sonetos de la Muerte.” “¡Fue un segundo amor, hermana!" exclamó, con mezcla de alivio y confesión.
Las cartas de amor a Magallanes Moure—destapadas en 1978 como ardientes brazas— debieran relevarla, exonerarla de los cargos que abrieron un expediente en su juventud y que hizo carrera a lo largo de su vida y que hoy conforma este folletín mistraliano, posible materia del celuloide, "La pasajera." Francisco Casas, uno de los patrocinadores del filme, califica de "horrenda" la cara, cuerpo y voz de la Mistral lo que a su juicio la convierten en "absolutamente masculina." Es más, asegura Casas, en una entrevista a Mariella Dentone, editada en elmostrador.cl, "la poeta tenía una construcción genética gay." Ya más de una generación de chil enos se había hecho su propia película y vivido con ella acerca de la masculinidad de la autora. Sin leer su obra, ni investigar sino más bien de a oídas. Y en ese oficio sutil pero práctico y a veces convincente de la chismografía y morbo popular, el estereotipo mistraliano avanzó en ríos sin cauce por el pobre perfil literario que alcanzaron a construir sus detractores de oficio.
No somos psicólogos ni terapeutas freudianos de nuevo cuño ni transitamos por caminos de doble encaje ni usamos pianolas como divanes, y tampoco practicamos la sodomía verbal en ninguna estación de la vida por lo que no tenemos conocimiento de los supuestos devaneos en contravía de la autora del Poema de Chile (1967). Lo que más bien noto en la Mistral es a una poeta siempre desgarrada, dolida de dolor, más cerca de la sangre que de la tinta, honda viajera de su propio ser. Su poesía refleja la ternura, desolación, los cristos comprometidos, un dios triste y consolador, la raizal y bíblic a mirada de los pueblos de América pero donde Gabriela yace fecunda es en el amor. La crítica caduca, sibilina, la puso en el nicho helado antes de tiempo y algunos mentecatos, preciosos ridículos, parodiando a Alone, siguen instalándola en el mármol frío de Carrara, como si no les bastara que ya es polvo enamorado.
¿Qué llevó a los preciosos ridículos del siglo XXI,—Francisco Casas y Yura Labarca— a ver en la Mistral a una hija de Lesbos en su clásica ronda infantil: Todas íbamos a ser reinas? En poesía, el autor es el primero en despojarse de la materia y el lector interpreta, recrea y, si el arte es vida, el creador forma parte de la obra aunque sea tangencialmente y algún grano de esa arena movediza le pertenece en cuerpo y alma. Pero no vemos lo que vieron las ex Yeguas del Apocalipsis en esta ronda donde la Mistral recrea su imaginería tropical en el valle cordillerano, ese encuentro con la naturaleza y el mundo animal exótico del que ella misma da cuenta y testimonio. Dueñas las potrancas de sus propios acertijos se desv iaron de la obra y del complejo personaje que tienen frente a sus narices, sólo atisban a ver su ombligo en el oscuro laberinto de las pesadas ropas mistralianas. ¿La pregunta es por qué abandonaron el Apocalipsis en tiempos de Apocalipsis o algún jinete se desbocó en las flácidas ancas de las imaginativas y otrora apocalípticas yeguas de la cinematografía gay?
Por décadas, la Mistral y su obra convivieron con los extremos de una crítica eunuca y otra aduladora, las que nunca lograron reencantar a la autora con sus lectores. Fue un continuo trillar sobre los despojos y la fortuna de una poética y presencia literaria enigmática, alejada de los cánones de su época, que escapó de las manos y de los ojos de la crítica de su tiempo, aunque hubo excepciones, entre otras, la del español Federico de Onìs. Don Pìo Baroja, insigne caballero de las letras hispanas, también tuvo sus denuestos para con Gabriela en el lejano 1946 cuando la Mistral ya era Premio Nóbel de Literatura. "Es un loro de su país—dijo— vestida con mucha profusión de telas coloradas, verdes, rosadas. Es una poetisa cacatúa." Vaya, Don Pío, qué vena la suya, tropicalísima.
Fue pasión, desamor, frustración y no precisamente juegos florales la vida de la Mistral que llegó agotada, exhausta, esa tarde a Estocolmo, casi sin fe, a culminar con el mayor de los reconocimientos su poesía, escandalosamente desconocida en el Chile del fin de mundo y del capítulo aparentemente cerrado para nuestra querida patiloca. Había muerto recientemente su sobrino, en circunstancias aún inexplicables en Brasil, al que el escritor chileno, Enrique Lafourcade, considera su propio hijo, agregando un nuevo elemento al folletín mistraliano, pasto ardiente para una buena novela de Corín Tellado. La vida la marcó a hierro con temprana y perversa hostilidad —"fue un mascar de tinieblas"— y la violación de la que fue víctima a los siete años no pareció ser un paréntesis en su atribulada existencia porque, con singular cizaña, la crítica de su tiempo y la sociedad pacata chilena ninguneó a la adelantada de Montegrande allá en el Valle de Elqui donde los cerros fijan todos los límites.
Con la excepción y a pesar del apoyo incondicional que le brindara su amigo Pedro Aguirre Cerda, presidente de Chile, y otras personas allegadas, el barco de la Mistral no dejó de naufragar por las costas de la fragmentada y larga geografía chilena. El remo con que ella comparaba la geografía chilena de nada le sirvió en las borrascosas aguas del nada Pacífico mar que tranquilo nos baña. Reina Absoluta del ninguneo nacional, Mistral no es la única víctima de la fría corriente de Humboldt lanzada a los poetas chilenos, algunos de ellos gatillados por su propia mano. Fue olvidada además en el temprano 1916 por los jóvenes antologuistas, Vo lodia Teitelboim y Eduardo Anguita, de la célebre antología de la poesía chilena Selva Lìrica que recoge textos de Huidobro, De Rokha y Neruda. Ella recibiría entre los gestos del mundo/ el que dan las puertas/ porque mi duro destino/ él también pasó mi puerta. Desde niña, acusada de retrasada, ladrona, perseguida a peñascazos en las aulas de estudio primario, cuestionado y bloqueado su trabajo como profesora sin título, la mítica maestra rural pasó las de caín antes de abandonar Chile y ser recibida con honores en el Zócalo de México, país que le erigió estatuas en vida.
Si la ceguera física de su madrina, la directora de la escuela de Vicuña, Adelaida Olivares, le impidió ver con buenos ojos a la joven Lucyla Godoy Alcayaga, la crítica chilena no sólo de la época no tiene excusa para haber vivido con los ojos vendados durante cincuenta años, con raras excepciones. Desolaciòn como Residencia en la tierra de Pablo Neruda, marcaron una época—no sólo en la poética hispanoamericana— sino un nuevo camino en la vida de estos clásicos de la poesía chilena. Poesía desgarrada, impregnada de muerte y pasión, que les llevó al abandono de esa temática dolo rosa. Aunque tangencialmente para Gabriela Mistral que no podría desprenderse de su propio ser y confesaría que escribió para no morirse. Neruda, empujado por la tragedia de la guerra civil española y el compromiso político, escribiría para seguir viviéndose.
El poeta Enrique Lihn, autor del verso que define en buena medida la crítica hipócrita sobre la Mistral, Dirán que está en la gloria, sostiene que en Tala y Lagar están los poemas más dramáticos de la poesía chilena, los de la derrota, de la desolación, con su lenguaje barroco, nunca gratuito, textos enjundiosos y bien estructurados. En esto se da la mano con Neruda, quien en 1954, fue rotundo cuando dijo que la fuerza torrencial de los Sonetos de la muerte era tal que rebasaban su propia historia y que de la desgarrada intimidad en que fuer on concebidos se abría una historia poética inédita, sin paralelos en América.
Aun siento el zumbido en los oídos del comentario de un miembro de la comitiva del ex Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, en visita oficial a Panamá, frente a la Universidad Nacional, al pasar ante una exposición fotográfica en homenaje a la Mistral y Neruda: "Esta galla no vende, no es marketera.” Esa infortunada expresión al voleo del ninguneo mistraliano en pleno trópico me motivó a presentar una conferencia en la Academia Panameña de la Lengua sobre la poeta que visitó Panamá en septiembre de 1931, Gabriela Mistral, de carne y hueso, quien se trasladó por el mundo “con la Cordillera de los Andes y los verdaderos bártulos de su oficio íntimo, la geografía chilena," la tierra de Amér ica, la gente mía, la gente muerta.” Hoy, su retrato está en la Academia Panameña de la Lengua, junto con el de Neruda y Darío. Por ello comparto plenamente la propuesta expresada por Grínor Rojo en su libro de lectura obligada para comprender la poética y mundo mistraliano, Diràn que està en la Gloria, cuando sostiene que "ha sonado la hora de restituirle a la poeta chilena el lugar que le corresponde en la literatura de su país y del mundo y del que la cursilería elogiosa y el denuesto criollo consiguieron mantenerla alejada durante más de medio siglo."
Grínor Rojo hace una observación reveladora de la alucinada Lucila que escribió, que estuvo escribiendo un sólo libro a lo largo de su vida, y que como tal, expresión de su propia existencia, quedó inconcluso. El erotismo, el tiempo, la muerte, la condición de la mujer, Dios, las sustancias y las prácticas sustanciales, Chile y América, el desarraigo y la poesía misma, son los motivos, precisa Rojo, que se encuentran de manera obsesiva a lo largo de su poética y vida literaria. Sus cuatros libros editados, observa Rojo, responden a una causa. El primero, porque se lo solicitara el profesor de Onís y sus discípulos, luego porque se creía endeudada con los niños de América, en tercer lugar, porque quiso hacer una contribución a la causa de la República durante la guerra c ivil española y, finalmente, porque viajaba a Chile por última vez.
Era reacia a publicar, cuidadosa en suma del lenguaje que trabajaba con el trazo firme de su caligrafía poderosa, acumulaba la sustancia de sus materias, la clara niebla de sus sueños, y reveló más en su poesía de lo que de atención se puso en ella. "Y ha amado con pasión de que blanquea/ que nunca cuenta y que si nos contase/ sería como el mapa de otra estrella,” se confiesa en La Extranjera, un poema que la trasciende en toda la extensión de la palabra. En 1938, en Montevideo, Uruguay, junto a Alfonsina Storni y Juana de Ibarbouru, Gabriela Mistral explicó cómo escribía, que corregía más de lo que la gente puede creer y reconoce que se peleaba con la lengua, exigiéndole intensidad, y que se solía oír, mientras escribía, un crujido de dientes bastante colérico, el rechinar de la lija sobre el filo romo del idioma.
Gabriela fue una piedra en el zapato de la sociedad conservadora de su tiempo, ella, de fuertes raíces aldeanas, de visión reivindicadora, alejada de los ismos de su época, inclaudicable en sus principios, vivió desprendida de la materialidad de las cosas visibles,—inclusive se privó del Chile físico y, sobre todo, del tajo que fue su valle en la montaña—porque llevó la pena araucana adentro y todo lo convirtió en palabra testimonial indomable. Ella fue una piedra muda que tuvo el corazón cargado de pasión y que no se volteó nunca y prefirió descansar como esos guerreros muertos con sus llagas tapadas de puro silencio, no de venda. Embalsamada en vida, caricaturizada su poesía, estigmatizada ella, la maestra rural, "esa maest ra" como dijo el inefable Jorge Luis Borges, resultó ser más compleja de lo deseado y esperado por el ojo huero de la crítica nacional.
Amó físicamente más de lo que muchos supusieron e inventaron, desde el hacendado Alfredo Videla en su adolescencia, el poeta Magallanes Moure supuestamente un italiano, y en fin, lo que poco debiera importarnos, si no fuera por el extraordinario personaje que fue más allá de su formidable poética y que algunos transformaron en un verdadero folletín francés. Su pasión, reflejada en su poesía, en su vida como maestra, escritora, chilena, diplomática, mujer de su tiempo, es indesmentible. Pero es en sus Cartas de Amor, especialmente a Magallanes Moure, donde su firme caligrafía disipa toda duda de la mujer que siempre fue. En Bendita mi lengua sea, título de su diario íntimo, de reciente hallazgo, la Mistral se sigue riendo de las lenguas viperinas, genuflexas, cuando dice: ”De Chile, ni decir. Si hasta me han colgado ese tonto lesbianismo, y que me hiere de un cauterio que no se qué decir.” Ahora sabemos más lo que callaba, cuando leemos de su propia palabra en el Cuaderno de California: “Quiero morirme en paz en este destierro que parece enteramente voluntario pero que no lo es.” Amargo y ponzoñoso calificaba los chismes la Mistral, en su Cuaderno, ya en 1947 y que recién hoy conocemos. Ella vivió paradojalmente en lo que hoy es una de las cunas del lesbianismo y de los movimientos gay.
Rolando Gabrielli

miércoles, enero 04, 2006

Poema 100


Te amo,
no es plegaria ,
ni un error,
si no el pozo
que asciende
hacia la luz
Rolando Gabrielli©2006

Clavo Rojo


Con estos materiales,
martillo y clavo,
cara y cruz de una
misma moneda,
clavo ardiente
madera de tu olivo,
monte mío.

Rolando Gabrielli©2006

martes, enero 03, 2006

Sueño



apareces y desapareces
arrojada por las palabras,
abecedario inconcluso,
Babel desnuda,
entras al poema,
las palabras
nos pertenecen.
Rolando Gabrielli©2006

Muda



Tu silencio,
verbo roto,
sílaba, roca,
repítelo, repítelo
Rolando Gabrielli©2006

Todo lo demás


Todo lo demás,
incluso lo innombrable,
ya no me pertenece.
Rolando Gabrielli©2006

Tiempo



El tiempo ocurre,
porque es tiempo
pasa, porque sigue
siendo tiempo,
sucede, es,
nunca dejará
de ser.
Rolando Gabrielli©2006

Plug and Play


Cuando quieras,
donde quieras,
simplemente
conéctate y anda.
Rolando Gabrielli©2006

sábado, diciembre 31, 2005

Subo



Subo
al
cielo
en
una
escalera
Sólo
para ver
tu corazón
de
estrella
Rolando Gabrielli©2005

La otra ventana


¿A quién imita el invierno en sus despojos
o son sus leños la victoria del fuego?
Una ventana más alta que otra,
nube en la tierra, peldaño de nieve,
lo que inevitablemente pasa a nuestras
espaldas es algo más que el olvido,
la imagen viva del muerto asciende,
su luz detrás de mis pasos .

Rolando Gabrielli
©2005

LITERATURA Y POESÍA, EL APOCALIPSIS DE LAS PALABRAS


POESIA Y LITERATURA, EL APOCALIPSIS DE LAS PALABRAS
ROLANDO GABRIELLI©2005


UNO

Entra un ciego a una página en blanco y dice que leyó todo. Se va sonriente. No se confundan, he memorizado todo. La página ha quedado en blanco nuevamente.

DOS
Yo me firmo con seudónimo y cargo bajo la página, a la derecha, mis iniciales. Nadie sospecha que con mi anonimato, garantizo mi doble calidad de inédito. El plagio espera en otra página, vestido en su gabardina gris y afila sus largas inmortales uñas amarillas.

TRES

La literatura es íntima, asquerosamente pública, globalmente banal, rabiosamente obsesiva, solitaria, huérfana.
La literatura es un viejo animal herido: mezcla de dromedario y dinosaurio, un jilguerito con voz de tenor que canta en el desierto. (Los reptiles arrastran su cuerpo con felicidad)

CUATRO

La literatura no es un mandamiento. La literatura no es un dogma, no tiene principio, ni fin. La literatura no es un santo oficio. La literatura no es urgencia y urge. La literatura no es una pomada, un cancionero, ni siquiera un masaje a la pantorrilla. ¿Qué es la literatura?

CINCO

La literatura puede ser un poema, un cuento, una obra de teatro, una novela. Los géneros se confunden más cada día. Atmósferas raras, contaminadas, aparentemente nuevas, viejas recetas para el mercado. La literatura es camaleónica y el mercado aplaude, festeja, orienta cada perfomance.

SEIS

La literatura en castellano, sigue en manos de un manco y de un lector ciego. Rulfo está vivo. Alguien aúlla a lo lejos y no es un lobo.

SIETE

La literatura es una droga que algún día prohibirán. Un diván de palabras. Un cuarto oscuro con una página en blanco. La literatura alguien la inventó y ya no se acuerda como se escribe. La literatura es una fotografía del yo, absolutamente movida, para ser vista detrás de la luz del negativo. La literatura alquila una cuartito en la Calle Imaginación esq. Realidad, frente a la vitrina del almacén La Gran Ficción.
¿La literatura falsifica la realidad o copia la ficción? La literatura es la literatura y quizás por eso aun exista.

OCHO
La literatura son las palabras de izquierda a derecha. Palabras para decir sólo lo que pueden decir las palabras. Un montón de palabras viejas, usadas, casuales, cansadas, asmáticas, que esperan ser puestas en movimiento, oxigenadas, ad valoren sobre la página en blanco que cubrirá otras como una fina capa de nieve. La literatura se amontona como la arena en el desierto.

NUEVE
La literatura es una gran sospecha de la imaginación, cuando lo cree todo atado, vuelve y retoma el humo de algún sueño, el hilo que estaba cortado, añade a su a cadena un nuevo eslabón. Ficción y realidad literaria construyen una misma historia.

DIEZ
La literatura usa sombrero, gafas, malla, todo el blindaje del ropero de la moda. Yo, la prefiero desnuda, como la página en blanco fue echada al mundo.

ONCE
La literatura obedece al vicio de una enorme memoria que le hace creer en el futuro.

DOCE
Literatura es estrictamente lo que no puede decirse, inventarse, reproducirse de otra manera. Es espejo de su olvido.

TRECE
La realidad es ficticia, real, nunca la misma. La ficción es otra realidad, no un saco de mentiras. Cuando se rompe la realidad, la ficción ocupa su lugar y viceversa. Aún así queda la ilusión que todo es posible, hasta la realidad.

CATORCE
Yo no escribo, vomito, reciclo, levito palabras. El mejor purgante es la realidad. Nadie compra un fantasma visible detrás de una hoja de papel, envuelto en letras, convertido en literatura.
Lo incertidumbre, desconocido, la aventura, todo es literatura. Son unos cuantos gramos de papel del árbol que es el escritor. Un poeta no repara estructuras, sociedades, no desarrolla teorías, ni planos, ni brinda soluciones municipales, más bien empuja del lado del corazón. La palabra reconoce la mano del poeta, como el caballo la huasca. Las palabras reconocen al poeta cuando son verdaderas.

QUINCE
La literatura es historia, un presente sin ninguna de las virtudes del futuro. Cambia y no se reconoce asimismo. Lo que está en construcción, puede llegar a ser futuro. La literatura es una lectura de todos los pasados, el presente de un futuro inmóvil, literalmente agazapado. El original nunca perfecto. ¿O el original verdaderamente lo define el lector y así sucesivamente con cada nueva lectura?

DIECICÉIS
La literatura es un plagio interminable, hasta que surge una voz personal. Entonces la escritura nueva vuelve a superar la página en blanco, como si nadie hubiese escrito sobre ella. Polvo sobre el polvo, el poema enamorado.

DIECICIETE

La literatura es un formidable inventario de uno mismo, de todo lo que amamos y nos rodea con la respiración. Lenguaje roto, hilvanado, cosido a la página en blanco. Orilla de la palabra, centro del lector y ningún otro río arrastra más que las propias palabras. El río se cruza y las palabras quedan.
De la poesía y la novela, la literatura, se ha dicho de todo y todo y queda por decir aún tanto más. Son géneros estáticamente cambiantes. La Muerte de ambas, ha sido un anuncio como si fueran palabras de un vertedero. Los críticos abundan y por la boca muere el pez. Sólo los poetas hacen que ambos géneros sigan respirando con buena salud. Los ensayos son múltiples y más numerosas las opiniones, pero sólo quien enfrenta la pagina en blanco con temor, pasión, gozo, verdadera alegría, podrá arrancar una vocal al poema y enrostrársela al lector en la soledad del descubrimiento, secreto, hallazgo, la impunidad solitaria de la palabra.
Estas son mis opiniones personales, no citaré más que por placer, de memoria, a quienes me han guiado por estos inefables caminos. Son más sin duda, no sólo en verso. Las influencias son un anillo de compromiso indisoluble en el tiempo. Aunque no se vea en la mano, aparece invisible en el poema.
DIECIOCHO
La literatura, como todo, está llena de famosos, geniales impostores. Uno de los principales fue F. Kafka, que mandó quemar la llama ardiente de su imaginación y olvido. El incendio continúa. Nace un bosque por cada día que encienden sus palabras. Kafka siguió construyendo a sus costos la muralla china. Borges prefirió el secreto laberinto de sus temidos espejos. Cabalgó ciego por Buenos Aires, las calles que trazaron sus historias y poemas.
Jorge Luis Borges se presentó como lector y nos hizo creer que estaba ciego. Leyó como reloj de cuerda, pero dejó páginas memorables, insuperables, inolvidables, formidables, escritas por su puño y letra borgeana. Pablo Neruda, inagotable tinta invisible del Sur de sus palabras, fue lluvia, amor- mar, materia, desierto, cordillera, campana, la Oda Elemental de Chile. Se viajo en una Isla de continente en continente. Místico de la materia, le llamó la Mistral. La poesía es una materia que trabaja con las palabras. La noche tiene alas, el día puertas, rojos y oscuros soles. Tralk, Rimbaud, Char, Vallejo, Celan, Donne, Pound, Mistral, Apollinaire, Kavafis, D. Thomas, Lezama Lima, Parra, Rojas, Panero, García Lorca, Bécquer y todo el rosario de Chile. El farmaceuta austriaco nos heredó el derrumbe, la desolación, su desesperado y violento, raudo paso por un mundo que se desmoronaba a sus pies, dentro de sí. ¿Sólo ruinas para la poesía? Trakl nos dejó un sol traspasado por la noche. Herido, mutilado, el ocaso.


DIECINUEVE
Cervantes se hizo amputar una mano en Lepanto, porque ya había escrito el Quijote en los infinitos sueños en La Mancha de su carrera diáfana hacia la gloria que no tendría la fortuna de disfrutar. O lo haría finalmente desde una cárcel, con los restos de su vida y muñones. De 400 años que el señor de las andaduras manchegas no ha de parar un solo instante en desfaser entuertos que si no los conociera loco andaría por estas calles de castillos con dragones en sus puertas, posadas con viejos mísiles en sus patios, bebidas sin país de origen, molinos de aguas turbias, contaminadas, ni viento, sólo gigantes muertos soplando la historia al revés contra vientos de Quijotes que no dejan de andar sueltos de sueños, libérrimos de espíritu, locos de amor. Sin adarga, en la flor de su vida, viaja por Comala el Hidalgo Caballero desprovisto de aventuras, no de sueños, entra en la noche de los espíritus del pueblo y sabe que una nueva historia siempre comienza. Dulcinea, sólo bésame en medio del trigal de la palabra.

VEINTE
La poesía es timón de muchas naves, la practican locos imperdonables, viajan en sus naves de fuego sin saber lo que hacen y llegan a cultivar las palabras en ciudades que son pantanos de olvido, remotas estaciones de silencios y tránsitos rotos, eslabones perdidos, antenas que transmiten voces muertas, alucinados sin porvenir, han terminado por convertir la retórica en un vicio inconfesable de la imaginación. La poesía no es policía del verbo, ni vigila la palabra, o contamina sus versos, estrofas, ni cualquier otro encabalgamiento de que se valga, con sus piernas de actriz de primera línea, es verbo de su carne. La poesía apuesta a sus legítimos movimientos, cadencia, al lenguaje que deja caer detrás de las palabras, desvestida de rojo, sobre una silla de viento, tensa como una cuerda de guitarra.
El poema no es muro, sino espacio abierto. Cada cosa en su lugar, es una frase sin libertad.

VEINTIUNO
La realidad como la conocíamos, no existe. Es un espejo que se mueve a una velocidad inimaginable y en dirección opuesta a la realidad. Supera la luz, pero es la oscuridad. Todo lo real es digital y visualmente ficcionado. Lo real es el principal imaginario de lo ficcional. La realidad es paisaje sobrante, un archivo equivocado del subconsciente colectivo. ¿Realidad con quién dormirás esta noche? La poesía es fuego y ceniza. Pájaro y jaula. Bosque y desierto. Palabra y silencio. Llave de ninguna puerta. La poesía es un agujero negro, con luz propia, que duerme en la cabeza del hombre desde mucho antes de la oscuridad. Palabra cavernosa, volada de sueños. Raíz de aire. Materia y espíritu. Siento que es humana, pero también tiene alas ajenas. Definirla es un acto retórico de lo inefable. Pound dijo que era el lenguaje cargado de intenciones. Char, el poeta debe dar señales. Bécquer, poesía eres tú. Huidobro le abrió un reloj a la noche. Neruda tocó su campana universal. Vallejo arrancó espumas al verso hondo de su poesía. La poesía de la desesperación genial de Rimbaud, Lautremont, Tralk y Panero
VEINTIDÓS
¿La poesía existe? ¿O es letra muerta? Este mundo ruidoso ha apagado la voz de los poetas. No es una metáfora, ni una declaración de principios, es una realidad. Son otros tiempos, sin duda, pero la poesía nunca como ahora carece de tribuna, de un espacio, un lugar donde expresarse a pleno pulmón y en silencio para decir y ser escuchada. El entretenimiento banal devora al hombre del siglo XXI, instalado en su circuito cerrado de trivialidades. Un canto monocorde le agita su oído de caracol distraído. Deja en el desierto la arena de sus olvidos. La poesía es aserrín/viruta, polvo de nada/la aguja del pajar/en el ojo ajeno. ¿Necesita un espacio la poesía o está en todas partes? La belleza como el amor se niegan a morir, respiran por su propio oxígeno, en toda época y estación sin tiempo, ni lugar.. En un muro la poesía se convierte en protección y desafío, es espacio insondable. La página en blanco es ese muro que espera una señal para compartir la otra cara de la sombra que le abandona.
VEINTITRÉS
La poesía es pasión y placer. Yo diría que está en todas partes y basta con levantar una piedra. Poesía es vida, dijo Nicanor Parra y Borges también. Neruda la vivió y la seguiría viviendo. El Arte sucede, dijo Borges, cada vez que leemos un poema. El poema le seguirá hablando a cada lector que se encuentre con él. Esa es la magia que tiene la poesía, si en verdad posee ese don. La lectura solitaria del poema. ¿Sin poema no hay poesía? La poesía está en descubrir pequeñas cosas. En compartir la naturaleza humana y física del planeta. ¿El poema es el sueño de la realidad? Tenemos más preguntas que respuestas para saber, entender, descifrar, enmarcar, resolver la ecuación poesía=poema.
VEINTICUATRO
El tiempo atesora una rosa en cada espina. Es silente el silencio en el poema. Yo le digo: Suelta la lengua/habla, muda/sólo habla/para saber/si nos entederemos. La poesía está en todo. No hay tiempo, lugar, ni espacio. Noche/soy tu aplauso/la memoria/de tu sueño. Desierto/pequeña luz/pasos hacia uno/y otro lado./Persiana del sueño. Seven siete/Sólo quiero tu suerte/número/ repítete en el espejo/del azar/siete veces siete. Del mismo lado/que en el poema/un corazón sé duplica/en su silencio. CHILE, es un número quebrado/solitario, largo Sur/una verdadera cruz. Si alguien lo recorre al revés/ y lo vive al derecho/será su memoria. A un puercoespín/nunca le digas/que tienes dos manos/para abrazarlo. El tiempo ocurre/porque es tiempo pasa, porque sigue siendo tiempo./Sucede, es/nunca dejará/de ser tiempo.
VEINICINCO
La poesía seguirá guardando sus secretos, mientras alguien lea un poema. Constituida de todas las palabras, la palabra poética vive por ella misma. Toda inspiración viene de la vida, de la mano inefable se construye el poema. Sus materiales son diversos, y en estos tiempos, como en otros, se seguirá reciclando la atmósfera de la época presente, con los ingredientes del pasado y futuro. Los nuevos lectores seguirán haciendo la poesía. Los críticos podrán encontrar diversas razones y explicaciones, por qué la poesía permanece en cuidados intensivos, bajo la atenta mirada del forense que le sonríe de manera cómplice. Una clienta de lujo, cinco estrellas. El mundo banal le pasa factura a la poesía y la archiva en el desván de los objetos ruinosos, inservibles. Poema/Elévame a tu altura/gigante desolado/miserable papel blanco endiosado/me inclino cada noche/y cuánto le debo a mis rodillas/¿Más que a mi orgullo?/¿Menos que al silencio?/La misma cosa escrita/desde antes de la palabra./La prudencia y el bastón/caminan ciegamente.
Todo está escrito y la poesía también. Su destino es inseparable del destino del hombre. Donde está el hombre y la belleza, está la poesía. ¿La seguirá sentando en sus piernas y maldiciendo al mismo tiempo? ¿Será videncia o simple observación? Octavio Paz, fue no sólo poeta, sino un brillante ensayista y dedicó mucho tiempo a reflexionar sobre la poesía, el poema y la función del poeta. “El poeta es un ser aparte, un heterodoxo por fatalidad congénita: siempre dice otra cosa”, inclusive cuando dice las mismas cosas.” Es su dualidad última e irreductible, lo que otorga a sus palabras un gusto de liberación, dice Paz. Para el mexicano, la palabra poética jamás es completamente de este mundo: siempre nos lleva más allá, a otras tierras, a otros cielos, a otras verdades. La palabra poética nunca es completamente histórica, la imagen nunca quiere decir esto o aquello al mismo tiempo. Y aun: esto es aquello.
La voz poética es sagrada en el altar del lector. Nunca ha sido más libre la poesía, que cuando ha pasado de mano en mano. El lector sigue multiplicando la palabra. Nunca le perteneció tanto la palabra poética como ahora, en la intimidad, en un mundo banal, desintegrado, caótico, disperso, distraído en sus juegos e invenciones electrónicas. En una sociedad coja, manca, ciega, minusválida, el poeta es la frontera del sueño. El poema es el principio y el fin. Dice e interroga, también calla. Dice lo propio y lo ajeno. Se hace paisaje íntimo, real y escenario de otras realidades. El poema es verdadero por su propia condición de expresión única, íntima, irrepetible. Si un poema nada/en una misma agua/y sóla dirección,/podrá bañarse una sóla vez/en el río de las palabras./La palabra que fluye/en cambio/es su propio río./Su corriente es el poema/la dirección la impone el lector/cada vez que nada/en el poema.
La poesía, como el amor, la vida, nunca serán un capítulo cerrado.
Rolando Gabrielli©2006