No sé si en el aeropuerto nos encontramos
o despedimos definitivamente.
Para alas, los aviones, me dije, y subí ágilmente
su escalera de regreso a la tierra.
Por las nubes iba y volaba yo.
Volaba solo volaba en ese entonces,
llegué a levitar entre los pasajeros,
supuse, cuando descendí con otro cuerpo,
que se había adherido a mi piel para siempre.
No caminé más solo con mis dos piernas,
ni miré con mis ojos, ni reí solamente con mi boca,
tampoco mis manos estaban solas,
ni mis sueños me incluían nada más que a mí.
Algunos paisajes pertenecían a dos memorias,
mi doble estaba dentro de mí y respiraba
a un mismo compás como un espejo de dos caras
Una vida melliza llevábamos,
antes de conocernos usábamos la misma marca
de shampoo y una serie de otras coincidencias
se paseaban ante nuestros ojos encantados.
No todos nos vemos la suerte con la misma gitana,
ni las manos muestran un mismo futuro,
pero estábamos atados por un mismo hilo umbilical,
hermanados puros en vidas gemelas
y parecía que un destino común
nos abría las puertas de un cielo insospechado.
Ángeles puros, ligeros de cuerpos y alados,
pisábamos el aire que nos sostenía
y permitía respirar.
Nada nos alejaba en palabra y pensamiento
ni el viento parecía dividir nuestro silencio.
Las historias suelen resistirse a comprender
que la eternidad se pertenece así misma,
no tiene puertas para entrar
y efímero son los pasos al pasar el tiempo.
No hay nada más que decir.
Rolando Gabrielli 2022




















