miércoles, enero 11, 2006

Ventanas

Ventanas que ignoran el paisaje que alguien sueña,
devoran el viento, las frías
palabras que nadie esperaría y podrían llegar,
si no supieran que alguien, vacías las repetirá,
lentas detrás del cristal
.


Rolando Gabrielli©2006

martes, enero 10, 2006

Denver


¿La ciudad
es mi pasado
o yo soy su futuro?
No preguntes, no preguntes,
yo no estuve allí.
Denver, Denver,
mi otra cara.
Rolando Gabrielli©2006

Calcomanía


Yo me repito,
me calco en el poema.
Hago que me borro
y unto el dedo
de saliva
y se me seca
la palabra.
Rolando Gabrielli©2002

De la burra realidad



Sancho, deja de ver
la pobre realidad.
La realidad, Caballero
de la Triste Figura,
no está en verla,
sino dejarla pasar
y nos acompañará
hasta la sepultura.
Sancho, eres mi escudero,
no mi espada filosa
y resulta más fiel,
demonios.
Necesito unas palabras
suyas para mi Asno fiel,
la ficción le consume.
Alma burra, de todos los caminos,
nunca escojas escojas el infierno.
Gracias, mi Señor, Don Quijote,
por tan sabios consejos
que ni mi burro, ni yo
comprendemos.
En la comprensión, Sancho,
está (en) la realidad, el peligro.

Rolando Gabrielli©2006

La novela tiene cuerpo de mujer


(Un largo preámbulo a no sé cuántas cosas)
Dejo caer hondo mis dedos, tocar les digo el fondo hasta se haga silencio en el ombligo. Después, las yemas se deslizan por la cubierta desatando los nudos, empujan la tibieza y el sudor natural, las palabras, el lenguaje mayor que se acerca a la gran boca de la novela. La lengua tiene todas las aspiraciones e inclusive de transformarse en Babel de su exclusiva comunicación y diálogo, el fervoroso monólogo ante la página impresa.
Dedos ciegos borgianos, espejos rotos de su propias búsquedas, caminos que se bifurcan para volver al principio. La mano enguantada de Kafka, áspera, somnolienta, infantil, titubeante y que se aprisiona al cerrar una puerta y no encuentra la llave oculta bajo el ombligo, donde la bisagra conoce bien su historia.
La palma brillante y los finos, alargados, acuosos dedos de la prosa de Kerouac, entran en la noche de la prosa afiebrada, noctámbula, caprichosa, pero con real exactitud y poesía.
Yo siento el Sur, sin embargo, en la poesía húmeda de Neruda al alba en los muelles magníficos de la adolescencia y de todas las libertades.
La mano manca del clásico de Lepanto, huesuda, fibrosa, árida, castellana y veloz en aspas de abanico, a veces queda, morosa, rastrillo, filosa, ingeniosa como el manchego personaje, que huele a Dulcinea del Toboso, es bueno dejarla operar en el imaginario del relato, aunque sea una convidada de piedra.
Una mano lava a la otra cuando se trata de solidaridad compartida, pero en esta aventura faltan dedos para tocar el piano real de lo que aspiramos y no siempre es. Sí, se puede decir misa, y no estar en el altar. La novela es un camino sinuoso, lleno de curvas, gratamente femenino, de musculatura compacta, frágil, densa, con la vieja imagen del pez que se resbala porque quiere seguir viviendo por medio de su propia respiración.
Hay colinas, pliegues, lechosos ríos, nostálgicos pezones andaluces, de arabescas formas, ensenadas, valles, una amplia carretera puede llevarnos hacia ningún lugar, como indicarnos un punto de partida hacia donde los caminos siempre se bifurcan.
El cuerpo de la novela tiene oxígeno, o debiera contar con un balón que al menos le permitiera respirar en situaciones de emergencia, cuando un lector le exige un poco más al cuerpo del delito. Es con éste que comulgará de inicio a fin, y visitará una y otra vez la escena del crimen de su propia mano, porque las páginas tienen su tipografía, abandonadas a su suerte, y la que le asigna el lector.
En lo personal, la novela tiene mucho de eso, de uno y más de otro, pero es un cajón con bastantes cosas íntimas, calcetines, jabones, teléfonos, notitas que uno hace y va guardando, alguna foto que sacó de un álbum y la dejó ahí con otras cosas de uso diario, o que uno sabe que están ahí como parte del olvido de lo que no se olvida. Sí, la novela tiene de esa cocina íntima, condimentos que van y vienen, son de uso diario es lo que quiero decir, están ahí insoslayables, son.
Uno revisa el texto de la novela diariamente como si fuera una cicatriz, algo permanente y creo que así debe ser. No hay reglas, y menos las tengo yo. (Pero también existen los cuerpos en exilio, torturados, aniquilados, verdaderamente en off, que se van de un aeropuerto a otro, con su L en la mochila).
Una novela debe hablar de cuanta situación se le ocurra al autor, y despojar al lector de todo anticipo verbal, enmudecerlo de vez en cuando con el pequeño horror violeta que tanto nos acostumbran algunos dictadores. Pulso en esta novela desde el bocatto di cardinale, amor del bueno, real, hasta ese estiercolero que un ventilador mantiene en vivo y en directo ante nuestras propias cámaras. Sí, hay paréntesis negros, que mejor no verlos, ocultarlos, olvidarlos.)
Un día le pones las medias, le quitas los pantys, ajustas el brasier con suave intencionalidad de quitárselo, y lanzas el cuerpo del delito a una flamante sábana y comienzas a hurgar entre sus pliegues casi con deformación profesional y ese privilegio del abandono, de la displicencia, es el olvido. Me gusta detenerme en el triángulo de las Bermudas, entrar y salir, y saber que me perderé, inevitablemente, para volver a encontrarme en la palabra.
Me encantan los pezones en una novela, en especial los de ésta que escribo y borro en tu nombre. Se hacen sentir tibios y ligeros al menor roce de la palabra, de algún acento profundo, marcado. Ahí yo cavo mi propio silencio como si fuera una tumba recién nacida.
La novela puede doler como la Kalho y ser gozada al mismo tiempo. Es un doble anclaje. Vamos en el ataúd de cristal y en un eterno paseo donde resuenan las pisadas que no dejan huella. Yo me inclino a veces, por la Babel, y le rindo alguna pleitesía, le pido la escalera, y me conformo con algunas letras del abecedario, que son polvo de sus cristales, abanicos de heces, un poco la sal y la pimienta, el eslogan mal parido, la perfecta etiqueta que todo muerto alcanza en su epitafio.
La novela derrumba sus horas, se pisa los talones, es señorita hasta cuando no demuestre lo contrario, pero yo la prefiero ligera de todo sueño y ropas, más bien a la sombra de sus propios encantos. La espalda de una novela es lo más sensual quizás de sus páginas. Es allí donde la tipografía se pierde tibia al final de la mano y el tacto real. Cielo, no me toques tan alto.
Déjese llevar por esta calcetinera, colegiala, cuarentona de sus bien jugadas décadas, de esos otoños sin balanza como rodeados de nomeolvides.
La novela puede ser un Diario de Vida en estado de descomposición, siempre un estado de ánimo latente, inocuo, vacío, temerario, retrato de una ficción amparada en la realidad, huésped infinita la palabra de un albergue que sólo exige el turno del paciente que acude a la historia personal por un reflejo condicionado.
Cada novela, me digo, con su librito. Es corriente, río, la palabra, sin principio ni fin. Todos debiéramos escribir nuestra novela. Y antes de partir, archivarla, para que el que venga la continúe a su manera, o escriba la propia, en fin, pero que se novele en la agonía del texto, la felicidad del texto, en la paradoja del texto, como en la vida del texto-autor. Que se escriba con nostalgia, vanidad, realismo, dolor, angustia, sueño, mucha felicidad, olvido al por mayor y memoria restringida, con tensión, datos verdaderos, falsos, que incluya bolitas de alcanfor, diademas, flores plásticas pero recién regadas, una visita a la morgue, a los archivos nacionales, que no olvide que los estadios pueden servir para el ruin deporte de la tortura.
Dejo que el lenguaje se corrompa, desaparezca, siga su ruta vital, desvencijada, que llegue a clamar por su propio silencio. De nada sirve contar si no hay lenguaje, si no se siente espesa la sangre entrando al cuerpo de la noche. Allí clavo mis alfileres en el insomnio. Sufrago mi voto de protesta. Pobre novela si se siente reina en un escaparate. La prefiero como dos firmes piernas a la luz de una vela encendida, con insomnio alquilado en una tienda de fracs pasados de moda, para corregir con ella la vida, enmendarle una o dos planas a lo sumo. Correr juntos esa aventura que alguien corrió antes por nosotros. (La que yo escribo, olvidaba, ya cuenta con 11.273 líneas, y es el más largo preámbulo a no sé cuántas cosas).
Rolando Gabrielli©2006.

LA SEMANA SIETE


Rompe el 2006 la cáscara de su huevo, repite el cuervo la negra noche de sus días, alas que adivinan tu propio parpadeo y yo te pido realidad, no me reclames la ficción que ya te pertenece.
El pozo asciende a los brazos de un desconocido, la luz que atraviesa su garganta, los ojos de sus dos pequeñas ventanas. No es prosa, no es poesía, no es canción, no es nada más que el lento paso de mis días. El tiempo no es velocidad, ni una gran almohada estacionada en una gare de París, Oh sueño, Oh paraíso, Oh sombra detrás de la cortina. ¿El ojo es más limitado y por ello la cámara? ¿Un banco en una plaza resiste más las horas? ¿El paraguas comprende en verdad la lluvia que recoge en su piel? La ilusión de los objetos, la realidad de lo que somos sin su compañía. El tiempo es una ilusión. La realidad pierde el tiempo en repetirse. La ficción muerde los anillos del planeta. El mundo es un asesino serial y se sacude de sus propias escamas. Es una manera de sentirse, un estilo de vida, una tendencia uniformada de ser imagen de una misma caricatura. Un brochazo amarillo, violeta, la lengua de un color oscuro. Alguien se arranca de una estadística, del promedio, de alguna formula, de una cifra ciega sin oído, muda que levita en una oficina de registros públicos. ¿Formas parte de la tendencia?, se pregunta el slogan en una valla al salir de la ciudad, al entrar en la ciudad, al recorrer la ciudad, al dejar la ciudad una y otra vez.
La cifra revolotea su propio espacio. Sale de casa, camina, se sube a su automóvil, enciende la casetera o pone andar el CD, en marcha, cero noticias, la ciudad le pasa delante de los ojos, los ojos van sobre el parabrisas, la memoria en automático, llueve, después el sol, todo se mueve en presente. Se evapora el tiempo sobre la carrocería del automóvil, una cáscara sobre el asfalto, ruedas, rostros, rines, rosas rojas en las esquinas dos por cincuenta centavos de dólar. La pobreza cree en el romance, en la tecnología, celulares, tarjetas para llamar, estuches para protegerlos. Semana siete, es el 2006, recortado en la semilla de su propia guillotina. No es bisiesto el tuerto péndulo de la noche. Ya le sobran muertos. Año de un nuevo calendario. Ripio de un mal año. Margarita, deshoja este mundo para mí.
Rolando Gabrielli©2006

Vicente Huidobro


Subamos al carrusel de Huidobro,
sin paracaídas no vaya a ser
el último paso por el Paraíso perdido.
El aire, las estrellas, los puntos cardinales,
que buscaba, dónde buscaba.
No perdamos de vista el horizonte,
ni el abismo al doblar una esquina.
Una ventana cruza un pájaro, lo vuela,
el cielo no tiene techo.
Un mar sin olas no es un mar,
es una tasa de té.
Un poema es el huracán de sus palabras.
El tiempo cruza la tarde.
En el juego de la poesía,
se aceptan castillos en el aire,
se rematan adjetivos,
se vende un desierto amueblado
se alquila un mar y sus respectivas estrellas,
se vende un desierto amoblado
y se alquila un mar con sus respectivas estrellas.
La realidad es el mejor montaje, es miope,
Pero la ficción usa binoculares.
Un conejo prefiere sus propias orejas
que salir de un sombrero de copa.
El espejo sólo tiene una mirada
que se repite si uno cree en los espejos.
De un agujero sólo se sale
entrando al revés.
No es sal lo que necesita mi hombro,
ni un trébol de cuatro hojas mi suerte.
Sólo subamos al carrusel de Huidobro.
Rolando Gabrielli©2002-2006
Homenaje al Poeta Chileno Vicente Huidobro
en su 110 avo natalicio, hoy 10 de Enero de 2006

jueves, enero 05, 2006

Folletín Mistraliano (Todas íbamos a ser reinas...)


Folletín Mistraliano
(Todas íbamos a ser reinas…)


Gabriela Mistral: Su poesía refleja ternura, desolación...
Crucificada por una crítica de medio pelo, a los 33 años de edad Gabriela Mistral abandonó Chile con destino a México. Llevaba entre ceja y ceja esa "raza espesa, brutal, raza de pacos y mineros" que con tanto acierto describiera en el epistolario encendido y apasionado que mantuvo con el poeta chileno Manuel Magallanes Moure. Había probado el verso ruin, duro y amargo de sus compatriotas y asumiría, con su singular fuerza verbal, su itinerario de auto-desterrada hasta el fin de sus días, de mujer comprometida con su época, que nunca salió y dejó de vivir en el Valle de Elqui de su infancia.
Abandonaría inédita Chile y su nacimiento literario como su muerte física quedarían sellados en Nueva York donde vio la luz pública Desolación en 1922, su primera obra. Luego vendrían Ternura en 1924, Tala en 1938, y por fin, su cuarto y último poemario en vida, en Santiago de Chile, Lagar, 1954, que vio la luz pública mutilado. Como esas páginas, fue y sigue siendo en menor grado esta última década, el estigmatizado capítulo mistraliano de la historia literaria chilena, espeso, difuso, arbitrario, mito callado, hijo más de los silencios de lo que no dijo su autora, de lo que tienen de "real" los textos y que por fortuna encontraron las lecturas e interpretaciones necesarias de Jaime Concha, Grínor Rojo, Volodia Teiteilboim, Jorge Guzmán, Mariano Rodríguez, Adriana Valdés, Jaime Quezada, Caín Gómez, Bernardo Subercaseaux, Mauricio Ostría, y los juicios rotundos de Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn y Nicanor Parra.
Tierna y feroz, calificó su poesía Paul Valery, el poeta francés muy distante de lo americano raizal, porque la poesía mistraliana es barroca, primitiva, bíblica y cosmogónica matriz, materia fraguada en sueños y viajes por su propia vida, donde ni lo español, ni lo clásico ni lo europeo, suelen encajar y tener algún asidero, en el cortejo melancólico que le impuso la vida y su gente. Su profunda visión americana, desde México a la Patagonia, la distinguen. Para empezar, de Rubén Darío, hecho al que la propia Mistral se refirió en una oportunidad agradeciéndole al nicaragüense que no haya bebido su poesía de las tierras de América. Raúl Silva Castro, perla de la crítica de su tiempo, la tildó de poco chilena, justiciera , solitaria, de escribir con rudeza masculina, calificativos que calaron hondo en el frágil esqueleto de la educación chilena porque desde niños escuchamos el rumor que se fue haciendo alegre costumbre sobre la masculinidad y poca feminidad e, inclusive lesbianismo, de la Mistral.
Leímos "a fondo" a Gabriela cuando estudiábamos en el Liceo José Victorino Lastrarria, donde ejercía como profesor el poeta Oscar Hahn pero, de la mano de una profesora, nos centramos en el lenguaje castizo de la Mistral, en “Cordillera de los Andes” y en el poema del entorno trágico, los famosos “Sonetos de la Muerte,” eje del folletín sentimental que se tejería sobre la poeta. Sobre el suicidio del joven Romelio Ureta se forjaría el mito folletinesco que la Mistral reforzaría con sus “Sonetos de la Muerte,” aunque le aclarara años más tarde a su amiga Matilde Ladrón de Guevara: "ese amor no es precisamente el amor que inspiró “Los Sonetos de la Muerte.” “¡Fue un segundo amor, hermana!" exclamó, con mezcla de alivio y confesión.
Las cartas de amor a Magallanes Moure—destapadas en 1978 como ardientes brazas— debieran relevarla, exonerarla de los cargos que abrieron un expediente en su juventud y que hizo carrera a lo largo de su vida y que hoy conforma este folletín mistraliano, posible materia del celuloide, "La pasajera." Francisco Casas, uno de los patrocinadores del filme, califica de "horrenda" la cara, cuerpo y voz de la Mistral lo que a su juicio la convierten en "absolutamente masculina." Es más, asegura Casas, en una entrevista a Mariella Dentone, editada en elmostrador.cl, "la poeta tenía una construcción genética gay." Ya más de una generación de chil enos se había hecho su propia película y vivido con ella acerca de la masculinidad de la autora. Sin leer su obra, ni investigar sino más bien de a oídas. Y en ese oficio sutil pero práctico y a veces convincente de la chismografía y morbo popular, el estereotipo mistraliano avanzó en ríos sin cauce por el pobre perfil literario que alcanzaron a construir sus detractores de oficio.
No somos psicólogos ni terapeutas freudianos de nuevo cuño ni transitamos por caminos de doble encaje ni usamos pianolas como divanes, y tampoco practicamos la sodomía verbal en ninguna estación de la vida por lo que no tenemos conocimiento de los supuestos devaneos en contravía de la autora del Poema de Chile (1967). Lo que más bien noto en la Mistral es a una poeta siempre desgarrada, dolida de dolor, más cerca de la sangre que de la tinta, honda viajera de su propio ser. Su poesía refleja la ternura, desolación, los cristos comprometidos, un dios triste y consolador, la raizal y bíblic a mirada de los pueblos de América pero donde Gabriela yace fecunda es en el amor. La crítica caduca, sibilina, la puso en el nicho helado antes de tiempo y algunos mentecatos, preciosos ridículos, parodiando a Alone, siguen instalándola en el mármol frío de Carrara, como si no les bastara que ya es polvo enamorado.
¿Qué llevó a los preciosos ridículos del siglo XXI,—Francisco Casas y Yura Labarca— a ver en la Mistral a una hija de Lesbos en su clásica ronda infantil: Todas íbamos a ser reinas? En poesía, el autor es el primero en despojarse de la materia y el lector interpreta, recrea y, si el arte es vida, el creador forma parte de la obra aunque sea tangencialmente y algún grano de esa arena movediza le pertenece en cuerpo y alma. Pero no vemos lo que vieron las ex Yeguas del Apocalipsis en esta ronda donde la Mistral recrea su imaginería tropical en el valle cordillerano, ese encuentro con la naturaleza y el mundo animal exótico del que ella misma da cuenta y testimonio. Dueñas las potrancas de sus propios acertijos se desv iaron de la obra y del complejo personaje que tienen frente a sus narices, sólo atisban a ver su ombligo en el oscuro laberinto de las pesadas ropas mistralianas. ¿La pregunta es por qué abandonaron el Apocalipsis en tiempos de Apocalipsis o algún jinete se desbocó en las flácidas ancas de las imaginativas y otrora apocalípticas yeguas de la cinematografía gay?
Por décadas, la Mistral y su obra convivieron con los extremos de una crítica eunuca y otra aduladora, las que nunca lograron reencantar a la autora con sus lectores. Fue un continuo trillar sobre los despojos y la fortuna de una poética y presencia literaria enigmática, alejada de los cánones de su época, que escapó de las manos y de los ojos de la crítica de su tiempo, aunque hubo excepciones, entre otras, la del español Federico de Onìs. Don Pìo Baroja, insigne caballero de las letras hispanas, también tuvo sus denuestos para con Gabriela en el lejano 1946 cuando la Mistral ya era Premio Nóbel de Literatura. "Es un loro de su país—dijo— vestida con mucha profusión de telas coloradas, verdes, rosadas. Es una poetisa cacatúa." Vaya, Don Pío, qué vena la suya, tropicalísima.
Fue pasión, desamor, frustración y no precisamente juegos florales la vida de la Mistral que llegó agotada, exhausta, esa tarde a Estocolmo, casi sin fe, a culminar con el mayor de los reconocimientos su poesía, escandalosamente desconocida en el Chile del fin de mundo y del capítulo aparentemente cerrado para nuestra querida patiloca. Había muerto recientemente su sobrino, en circunstancias aún inexplicables en Brasil, al que el escritor chileno, Enrique Lafourcade, considera su propio hijo, agregando un nuevo elemento al folletín mistraliano, pasto ardiente para una buena novela de Corín Tellado. La vida la marcó a hierro con temprana y perversa hostilidad —"fue un mascar de tinieblas"— y la violación de la que fue víctima a los siete años no pareció ser un paréntesis en su atribulada existencia porque, con singular cizaña, la crítica de su tiempo y la sociedad pacata chilena ninguneó a la adelantada de Montegrande allá en el Valle de Elqui donde los cerros fijan todos los límites.
Con la excepción y a pesar del apoyo incondicional que le brindara su amigo Pedro Aguirre Cerda, presidente de Chile, y otras personas allegadas, el barco de la Mistral no dejó de naufragar por las costas de la fragmentada y larga geografía chilena. El remo con que ella comparaba la geografía chilena de nada le sirvió en las borrascosas aguas del nada Pacífico mar que tranquilo nos baña. Reina Absoluta del ninguneo nacional, Mistral no es la única víctima de la fría corriente de Humboldt lanzada a los poetas chilenos, algunos de ellos gatillados por su propia mano. Fue olvidada además en el temprano 1916 por los jóvenes antologuistas, Vo lodia Teitelboim y Eduardo Anguita, de la célebre antología de la poesía chilena Selva Lìrica que recoge textos de Huidobro, De Rokha y Neruda. Ella recibiría entre los gestos del mundo/ el que dan las puertas/ porque mi duro destino/ él también pasó mi puerta. Desde niña, acusada de retrasada, ladrona, perseguida a peñascazos en las aulas de estudio primario, cuestionado y bloqueado su trabajo como profesora sin título, la mítica maestra rural pasó las de caín antes de abandonar Chile y ser recibida con honores en el Zócalo de México, país que le erigió estatuas en vida.
Si la ceguera física de su madrina, la directora de la escuela de Vicuña, Adelaida Olivares, le impidió ver con buenos ojos a la joven Lucyla Godoy Alcayaga, la crítica chilena no sólo de la época no tiene excusa para haber vivido con los ojos vendados durante cincuenta años, con raras excepciones. Desolaciòn como Residencia en la tierra de Pablo Neruda, marcaron una época—no sólo en la poética hispanoamericana— sino un nuevo camino en la vida de estos clásicos de la poesía chilena. Poesía desgarrada, impregnada de muerte y pasión, que les llevó al abandono de esa temática dolo rosa. Aunque tangencialmente para Gabriela Mistral que no podría desprenderse de su propio ser y confesaría que escribió para no morirse. Neruda, empujado por la tragedia de la guerra civil española y el compromiso político, escribiría para seguir viviéndose.
El poeta Enrique Lihn, autor del verso que define en buena medida la crítica hipócrita sobre la Mistral, Dirán que está en la gloria, sostiene que en Tala y Lagar están los poemas más dramáticos de la poesía chilena, los de la derrota, de la desolación, con su lenguaje barroco, nunca gratuito, textos enjundiosos y bien estructurados. En esto se da la mano con Neruda, quien en 1954, fue rotundo cuando dijo que la fuerza torrencial de los Sonetos de la muerte era tal que rebasaban su propia historia y que de la desgarrada intimidad en que fuer on concebidos se abría una historia poética inédita, sin paralelos en América.
Aun siento el zumbido en los oídos del comentario de un miembro de la comitiva del ex Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, en visita oficial a Panamá, frente a la Universidad Nacional, al pasar ante una exposición fotográfica en homenaje a la Mistral y Neruda: "Esta galla no vende, no es marketera.” Esa infortunada expresión al voleo del ninguneo mistraliano en pleno trópico me motivó a presentar una conferencia en la Academia Panameña de la Lengua sobre la poeta que visitó Panamá en septiembre de 1931, Gabriela Mistral, de carne y hueso, quien se trasladó por el mundo “con la Cordillera de los Andes y los verdaderos bártulos de su oficio íntimo, la geografía chilena," la tierra de Amér ica, la gente mía, la gente muerta.” Hoy, su retrato está en la Academia Panameña de la Lengua, junto con el de Neruda y Darío. Por ello comparto plenamente la propuesta expresada por Grínor Rojo en su libro de lectura obligada para comprender la poética y mundo mistraliano, Diràn que està en la Gloria, cuando sostiene que "ha sonado la hora de restituirle a la poeta chilena el lugar que le corresponde en la literatura de su país y del mundo y del que la cursilería elogiosa y el denuesto criollo consiguieron mantenerla alejada durante más de medio siglo."
Grínor Rojo hace una observación reveladora de la alucinada Lucila que escribió, que estuvo escribiendo un sólo libro a lo largo de su vida, y que como tal, expresión de su propia existencia, quedó inconcluso. El erotismo, el tiempo, la muerte, la condición de la mujer, Dios, las sustancias y las prácticas sustanciales, Chile y América, el desarraigo y la poesía misma, son los motivos, precisa Rojo, que se encuentran de manera obsesiva a lo largo de su poética y vida literaria. Sus cuatros libros editados, observa Rojo, responden a una causa. El primero, porque se lo solicitara el profesor de Onís y sus discípulos, luego porque se creía endeudada con los niños de América, en tercer lugar, porque quiso hacer una contribución a la causa de la República durante la guerra c ivil española y, finalmente, porque viajaba a Chile por última vez.
Era reacia a publicar, cuidadosa en suma del lenguaje que trabajaba con el trazo firme de su caligrafía poderosa, acumulaba la sustancia de sus materias, la clara niebla de sus sueños, y reveló más en su poesía de lo que de atención se puso en ella. "Y ha amado con pasión de que blanquea/ que nunca cuenta y que si nos contase/ sería como el mapa de otra estrella,” se confiesa en La Extranjera, un poema que la trasciende en toda la extensión de la palabra. En 1938, en Montevideo, Uruguay, junto a Alfonsina Storni y Juana de Ibarbouru, Gabriela Mistral explicó cómo escribía, que corregía más de lo que la gente puede creer y reconoce que se peleaba con la lengua, exigiéndole intensidad, y que se solía oír, mientras escribía, un crujido de dientes bastante colérico, el rechinar de la lija sobre el filo romo del idioma.
Gabriela fue una piedra en el zapato de la sociedad conservadora de su tiempo, ella, de fuertes raíces aldeanas, de visión reivindicadora, alejada de los ismos de su época, inclaudicable en sus principios, vivió desprendida de la materialidad de las cosas visibles,—inclusive se privó del Chile físico y, sobre todo, del tajo que fue su valle en la montaña—porque llevó la pena araucana adentro y todo lo convirtió en palabra testimonial indomable. Ella fue una piedra muda que tuvo el corazón cargado de pasión y que no se volteó nunca y prefirió descansar como esos guerreros muertos con sus llagas tapadas de puro silencio, no de venda. Embalsamada en vida, caricaturizada su poesía, estigmatizada ella, la maestra rural, "esa maest ra" como dijo el inefable Jorge Luis Borges, resultó ser más compleja de lo deseado y esperado por el ojo huero de la crítica nacional.
Amó físicamente más de lo que muchos supusieron e inventaron, desde el hacendado Alfredo Videla en su adolescencia, el poeta Magallanes Moure supuestamente un italiano, y en fin, lo que poco debiera importarnos, si no fuera por el extraordinario personaje que fue más allá de su formidable poética y que algunos transformaron en un verdadero folletín francés. Su pasión, reflejada en su poesía, en su vida como maestra, escritora, chilena, diplomática, mujer de su tiempo, es indesmentible. Pero es en sus Cartas de Amor, especialmente a Magallanes Moure, donde su firme caligrafía disipa toda duda de la mujer que siempre fue. En Bendita mi lengua sea, título de su diario íntimo, de reciente hallazgo, la Mistral se sigue riendo de las lenguas viperinas, genuflexas, cuando dice: ”De Chile, ni decir. Si hasta me han colgado ese tonto lesbianismo, y que me hiere de un cauterio que no se qué decir.” Ahora sabemos más lo que callaba, cuando leemos de su propia palabra en el Cuaderno de California: “Quiero morirme en paz en este destierro que parece enteramente voluntario pero que no lo es.” Amargo y ponzoñoso calificaba los chismes la Mistral, en su Cuaderno, ya en 1947 y que recién hoy conocemos. Ella vivió paradojalmente en lo que hoy es una de las cunas del lesbianismo y de los movimientos gay.
Rolando Gabrielli

miércoles, enero 04, 2006

Poema 100


Te amo,
no es plegaria ,
ni un error,
si no el pozo
que asciende
hacia la luz
Rolando Gabrielli©2006

Clavo Rojo


Con estos materiales,
martillo y clavo,
cara y cruz de una
misma moneda,
clavo ardiente
madera de tu olivo,
monte mío.

Rolando Gabrielli©2006

martes, enero 03, 2006

Sueño



Tú
apareces y desapareces
arrojada por las palabras,
abecedario inconcluso,
Babel desnuda,
entras al poema,
las palabras
nos pertenecen.
Rolando Gabrielli©2006

Muda



Tu silencio,
verbo roto,
sílaba, roca,
repítelo, repítelo
Rolando Gabrielli©2006

Todo lo demás


Todo lo demás,
incluso lo innombrable,
ya no me pertenece.
Rolando Gabrielli©2006

Tiempo



El tiempo ocurre,
porque es tiempo
pasa, porque sigue
siendo tiempo,
sucede, es,
nunca dejará
de ser.
Rolando Gabrielli©2006

Plug and Play


Cuando quieras,
donde quieras,
simplemente
conéctate y anda.
Rolando Gabrielli©2006

sábado, diciembre 31, 2005

Subo



Subo
al
cielo
en
una
escalera
Sólo
para ver
tu corazón
de
estrella
Rolando Gabrielli©2005

La otra ventana


¿A quién imita el invierno en sus despojos
o son sus leños la victoria del fuego?
Una ventana más alta que otra,
nube en la tierra, peldaño de nieve,
lo que inevitablemente pasa a nuestras
espaldas es algo más que el olvido,
la imagen viva del muerto asciende,
su luz detrás de mis pasos .

Rolando Gabrielli
©2005

LITERATURA Y POESÍA, EL APOCALIPSIS DE LAS PALABRAS


POESIA Y LITERATURA, EL APOCALIPSIS DE LAS PALABRAS
ROLANDO GABRIELLI©2005


UNO

Entra un ciego a una página en blanco y dice que leyó todo. Se va sonriente. No se confundan, he memorizado todo. La página ha quedado en blanco nuevamente.

DOS
Yo me firmo con seudónimo y cargo bajo la página, a la derecha, mis iniciales. Nadie sospecha que con mi anonimato, garantizo mi doble calidad de inédito. El plagio espera en otra página, vestido en su gabardina gris y afila sus largas inmortales uñas amarillas.

TRES

La literatura es íntima, asquerosamente pública, globalmente banal, rabiosamente obsesiva, solitaria, huérfana.
La literatura es un viejo animal herido: mezcla de dromedario y dinosaurio, un jilguerito con voz de tenor que canta en el desierto. (Los reptiles arrastran su cuerpo con felicidad)

CUATRO

La literatura no es un mandamiento. La literatura no es un dogma, no tiene principio, ni fin. La literatura no es un santo oficio. La literatura no es urgencia y urge. La literatura no es una pomada, un cancionero, ni siquiera un masaje a la pantorrilla. ¿Qué es la literatura?

CINCO

La literatura puede ser un poema, un cuento, una obra de teatro, una novela. Los géneros se confunden más cada día. Atmósferas raras, contaminadas, aparentemente nuevas, viejas recetas para el mercado. La literatura es camaleónica y el mercado aplaude, festeja, orienta cada perfomance.

SEIS

La literatura en castellano, sigue en manos de un manco y de un lector ciego. Rulfo está vivo. Alguien aúlla a lo lejos y no es un lobo.

SIETE

La literatura es una droga que algún día prohibirán. Un diván de palabras. Un cuarto oscuro con una página en blanco. La literatura alguien la inventó y ya no se acuerda como se escribe. La literatura es una fotografía del yo, absolutamente movida, para ser vista detrás de la luz del negativo. La literatura alquila una cuartito en la Calle Imaginación esq. Realidad, frente a la vitrina del almacén La Gran Ficción.
¿La literatura falsifica la realidad o copia la ficción? La literatura es la literatura y quizás por eso aun exista.

OCHO
La literatura son las palabras de izquierda a derecha. Palabras para decir sólo lo que pueden decir las palabras. Un montón de palabras viejas, usadas, casuales, cansadas, asmáticas, que esperan ser puestas en movimiento, oxigenadas, ad valoren sobre la página en blanco que cubrirá otras como una fina capa de nieve. La literatura se amontona como la arena en el desierto.

NUEVE
La literatura es una gran sospecha de la imaginación, cuando lo cree todo atado, vuelve y retoma el humo de algún sueño, el hilo que estaba cortado, añade a su a cadena un nuevo eslabón. Ficción y realidad literaria construyen una misma historia.

DIEZ
La literatura usa sombrero, gafas, malla, todo el blindaje del ropero de la moda. Yo, la prefiero desnuda, como la página en blanco fue echada al mundo.

ONCE
La literatura obedece al vicio de una enorme memoria que le hace creer en el futuro.

DOCE
Literatura es estrictamente lo que no puede decirse, inventarse, reproducirse de otra manera. Es espejo de su olvido.

TRECE
La realidad es ficticia, real, nunca la misma. La ficción es otra realidad, no un saco de mentiras. Cuando se rompe la realidad, la ficción ocupa su lugar y viceversa. Aún así queda la ilusión que todo es posible, hasta la realidad.

CATORCE
Yo no escribo, vomito, reciclo, levito palabras. El mejor purgante es la realidad. Nadie compra un fantasma visible detrás de una hoja de papel, envuelto en letras, convertido en literatura.
Lo incertidumbre, desconocido, la aventura, todo es literatura. Son unos cuantos gramos de papel del árbol que es el escritor. Un poeta no repara estructuras, sociedades, no desarrolla teorías, ni planos, ni brinda soluciones municipales, más bien empuja del lado del corazón. La palabra reconoce la mano del poeta, como el caballo la huasca. Las palabras reconocen al poeta cuando son verdaderas.

QUINCE
La literatura es historia, un presente sin ninguna de las virtudes del futuro. Cambia y no se reconoce asimismo. Lo que está en construcción, puede llegar a ser futuro. La literatura es una lectura de todos los pasados, el presente de un futuro inmóvil, literalmente agazapado. El original nunca perfecto. ¿O el original verdaderamente lo define el lector y así sucesivamente con cada nueva lectura?

DIECICÉIS
La literatura es un plagio interminable, hasta que surge una voz personal. Entonces la escritura nueva vuelve a superar la página en blanco, como si nadie hubiese escrito sobre ella. Polvo sobre el polvo, el poema enamorado.

DIECICIETE

La literatura es un formidable inventario de uno mismo, de todo lo que amamos y nos rodea con la respiración. Lenguaje roto, hilvanado, cosido a la página en blanco. Orilla de la palabra, centro del lector y ningún otro río arrastra más que las propias palabras. El río se cruza y las palabras quedan.
De la poesía y la novela, la literatura, se ha dicho de todo y todo y queda por decir aún tanto más. Son géneros estáticamente cambiantes. La Muerte de ambas, ha sido un anuncio como si fueran palabras de un vertedero. Los críticos abundan y por la boca muere el pez. Sólo los poetas hacen que ambos géneros sigan respirando con buena salud. Los ensayos son múltiples y más numerosas las opiniones, pero sólo quien enfrenta la pagina en blanco con temor, pasión, gozo, verdadera alegría, podrá arrancar una vocal al poema y enrostrársela al lector en la soledad del descubrimiento, secreto, hallazgo, la impunidad solitaria de la palabra.
Estas son mis opiniones personales, no citaré más que por placer, de memoria, a quienes me han guiado por estos inefables caminos. Son más sin duda, no sólo en verso. Las influencias son un anillo de compromiso indisoluble en el tiempo. Aunque no se vea en la mano, aparece invisible en el poema.
DIECIOCHO
La literatura, como todo, está llena de famosos, geniales impostores. Uno de los principales fue F. Kafka, que mandó quemar la llama ardiente de su imaginación y olvido. El incendio continúa. Nace un bosque por cada día que encienden sus palabras. Kafka siguió construyendo a sus costos la muralla china. Borges prefirió el secreto laberinto de sus temidos espejos. Cabalgó ciego por Buenos Aires, las calles que trazaron sus historias y poemas.
Jorge Luis Borges se presentó como lector y nos hizo creer que estaba ciego. Leyó como reloj de cuerda, pero dejó páginas memorables, insuperables, inolvidables, formidables, escritas por su puño y letra borgeana. Pablo Neruda, inagotable tinta invisible del Sur de sus palabras, fue lluvia, amor- mar, materia, desierto, cordillera, campana, la Oda Elemental de Chile. Se viajo en una Isla de continente en continente. Místico de la materia, le llamó la Mistral. La poesía es una materia que trabaja con las palabras. La noche tiene alas, el día puertas, rojos y oscuros soles. Tralk, Rimbaud, Char, Vallejo, Celan, Donne, Pound, Mistral, Apollinaire, Kavafis, D. Thomas, Lezama Lima, Parra, Rojas, Panero, García Lorca, Bécquer y todo el rosario de Chile. El farmaceuta austriaco nos heredó el derrumbe, la desolación, su desesperado y violento, raudo paso por un mundo que se desmoronaba a sus pies, dentro de sí. ¿Sólo ruinas para la poesía? Trakl nos dejó un sol traspasado por la noche. Herido, mutilado, el ocaso.


DIECINUEVE
Cervantes se hizo amputar una mano en Lepanto, porque ya había escrito el Quijote en los infinitos sueños en La Mancha de su carrera diáfana hacia la gloria que no tendría la fortuna de disfrutar. O lo haría finalmente desde una cárcel, con los restos de su vida y muñones. De 400 años que el señor de las andaduras manchegas no ha de parar un solo instante en desfaser entuertos que si no los conociera loco andaría por estas calles de castillos con dragones en sus puertas, posadas con viejos mísiles en sus patios, bebidas sin país de origen, molinos de aguas turbias, contaminadas, ni viento, sólo gigantes muertos soplando la historia al revés contra vientos de Quijotes que no dejan de andar sueltos de sueños, libérrimos de espíritu, locos de amor. Sin adarga, en la flor de su vida, viaja por Comala el Hidalgo Caballero desprovisto de aventuras, no de sueños, entra en la noche de los espíritus del pueblo y sabe que una nueva historia siempre comienza. Dulcinea, sólo bésame en medio del trigal de la palabra.

VEINTE
La poesía es timón de muchas naves, la practican locos imperdonables, viajan en sus naves de fuego sin saber lo que hacen y llegan a cultivar las palabras en ciudades que son pantanos de olvido, remotas estaciones de silencios y tránsitos rotos, eslabones perdidos, antenas que transmiten voces muertas, alucinados sin porvenir, han terminado por convertir la retórica en un vicio inconfesable de la imaginación. La poesía no es policía del verbo, ni vigila la palabra, o contamina sus versos, estrofas, ni cualquier otro encabalgamiento de que se valga, con sus piernas de actriz de primera línea, es verbo de su carne. La poesía apuesta a sus legítimos movimientos, cadencia, al lenguaje que deja caer detrás de las palabras, desvestida de rojo, sobre una silla de viento, tensa como una cuerda de guitarra.
El poema no es muro, sino espacio abierto. Cada cosa en su lugar, es una frase sin libertad.

VEINTIUNO
La realidad como la conocíamos, no existe. Es un espejo que se mueve a una velocidad inimaginable y en dirección opuesta a la realidad. Supera la luz, pero es la oscuridad. Todo lo real es digital y visualmente ficcionado. Lo real es el principal imaginario de lo ficcional. La realidad es paisaje sobrante, un archivo equivocado del subconsciente colectivo. ¿Realidad con quién dormirás esta noche? La poesía es fuego y ceniza. Pájaro y jaula. Bosque y desierto. Palabra y silencio. Llave de ninguna puerta. La poesía es un agujero negro, con luz propia, que duerme en la cabeza del hombre desde mucho antes de la oscuridad. Palabra cavernosa, volada de sueños. Raíz de aire. Materia y espíritu. Siento que es humana, pero también tiene alas ajenas. Definirla es un acto retórico de lo inefable. Pound dijo que era el lenguaje cargado de intenciones. Char, el poeta debe dar señales. Bécquer, poesía eres tú. Huidobro le abrió un reloj a la noche. Neruda tocó su campana universal. Vallejo arrancó espumas al verso hondo de su poesía. La poesía de la desesperación genial de Rimbaud, Lautremont, Tralk y Panero
VEINTIDÓS
¿La poesía existe? ¿O es letra muerta? Este mundo ruidoso ha apagado la voz de los poetas. No es una metáfora, ni una declaración de principios, es una realidad. Son otros tiempos, sin duda, pero la poesía nunca como ahora carece de tribuna, de un espacio, un lugar donde expresarse a pleno pulmón y en silencio para decir y ser escuchada. El entretenimiento banal devora al hombre del siglo XXI, instalado en su circuito cerrado de trivialidades. Un canto monocorde le agita su oído de caracol distraído. Deja en el desierto la arena de sus olvidos. La poesía es aserrín/viruta, polvo de nada/la aguja del pajar/en el ojo ajeno. ¿Necesita un espacio la poesía o está en todas partes? La belleza como el amor se niegan a morir, respiran por su propio oxígeno, en toda época y estación sin tiempo, ni lugar.. En un muro la poesía se convierte en protección y desafío, es espacio insondable. La página en blanco es ese muro que espera una señal para compartir la otra cara de la sombra que le abandona.
VEINTITRÉS
La poesía es pasión y placer. Yo diría que está en todas partes y basta con levantar una piedra. Poesía es vida, dijo Nicanor Parra y Borges también. Neruda la vivió y la seguiría viviendo. El Arte sucede, dijo Borges, cada vez que leemos un poema. El poema le seguirá hablando a cada lector que se encuentre con él. Esa es la magia que tiene la poesía, si en verdad posee ese don. La lectura solitaria del poema. ¿Sin poema no hay poesía? La poesía está en descubrir pequeñas cosas. En compartir la naturaleza humana y física del planeta. ¿El poema es el sueño de la realidad? Tenemos más preguntas que respuestas para saber, entender, descifrar, enmarcar, resolver la ecuación poesía=poema.
VEINTICUATRO
El tiempo atesora una rosa en cada espina. Es silente el silencio en el poema. Yo le digo: Suelta la lengua/habla, muda/sólo habla/para saber/si nos entederemos. La poesía está en todo. No hay tiempo, lugar, ni espacio. Noche/soy tu aplauso/la memoria/de tu sueño. Desierto/pequeña luz/pasos hacia uno/y otro lado./Persiana del sueño. Seven siete/Sólo quiero tu suerte/número/ repítete en el espejo/del azar/siete veces siete. Del mismo lado/que en el poema/un corazón sé duplica/en su silencio. CHILE, es un número quebrado/solitario, largo Sur/una verdadera cruz. Si alguien lo recorre al revés/ y lo vive al derecho/será su memoria. A un puercoespín/nunca le digas/que tienes dos manos/para abrazarlo. El tiempo ocurre/porque es tiempo pasa, porque sigue siendo tiempo./Sucede, es/nunca dejará/de ser tiempo.
VEINICINCO
La poesía seguirá guardando sus secretos, mientras alguien lea un poema. Constituida de todas las palabras, la palabra poética vive por ella misma. Toda inspiración viene de la vida, de la mano inefable se construye el poema. Sus materiales son diversos, y en estos tiempos, como en otros, se seguirá reciclando la atmósfera de la época presente, con los ingredientes del pasado y futuro. Los nuevos lectores seguirán haciendo la poesía. Los críticos podrán encontrar diversas razones y explicaciones, por qué la poesía permanece en cuidados intensivos, bajo la atenta mirada del forense que le sonríe de manera cómplice. Una clienta de lujo, cinco estrellas. El mundo banal le pasa factura a la poesía y la archiva en el desván de los objetos ruinosos, inservibles. Poema/Elévame a tu altura/gigante desolado/miserable papel blanco endiosado/me inclino cada noche/y cuánto le debo a mis rodillas/¿Más que a mi orgullo?/¿Menos que al silencio?/La misma cosa escrita/desde antes de la palabra./La prudencia y el bastón/caminan ciegamente.
Todo está escrito y la poesía también. Su destino es inseparable del destino del hombre. Donde está el hombre y la belleza, está la poesía. ¿La seguirá sentando en sus piernas y maldiciendo al mismo tiempo? ¿Será videncia o simple observación? Octavio Paz, fue no sólo poeta, sino un brillante ensayista y dedicó mucho tiempo a reflexionar sobre la poesía, el poema y la función del poeta. “El poeta es un ser aparte, un heterodoxo por fatalidad congénita: siempre dice otra cosa”, inclusive cuando dice las mismas cosas.” Es su dualidad última e irreductible, lo que otorga a sus palabras un gusto de liberación, dice Paz. Para el mexicano, la palabra poética jamás es completamente de este mundo: siempre nos lleva más allá, a otras tierras, a otros cielos, a otras verdades. La palabra poética nunca es completamente histórica, la imagen nunca quiere decir esto o aquello al mismo tiempo. Y aun: esto es aquello.
La voz poética es sagrada en el altar del lector. Nunca ha sido más libre la poesía, que cuando ha pasado de mano en mano. El lector sigue multiplicando la palabra. Nunca le perteneció tanto la palabra poética como ahora, en la intimidad, en un mundo banal, desintegrado, caótico, disperso, distraído en sus juegos e invenciones electrónicas. En una sociedad coja, manca, ciega, minusválida, el poeta es la frontera del sueño. El poema es el principio y el fin. Dice e interroga, también calla. Dice lo propio y lo ajeno. Se hace paisaje íntimo, real y escenario de otras realidades. El poema es verdadero por su propia condición de expresión única, íntima, irrepetible. Si un poema nada/en una misma agua/y sóla dirección,/podrá bañarse una sóla vez/en el río de las palabras./La palabra que fluye/en cambio/es su propio río./Su corriente es el poema/la dirección la impone el lector/cada vez que nada/en el poema.
La poesía, como el amor, la vida, nunca serán un capítulo cerrado.
Rolando Gabrielli©2006

viernes, diciembre 23, 2005

Estrella


¿Por que no intentas bajar,
una punta, luego otra,
aprovechas la profunda
luz de mi corazón,
y tus largas
piernas de primavera?
Rolando Gabrielli©2005

Estrella


Estrellas




¿Por qué te asombran tanto
las mismas estrellas
que cuento casi de memoria
en las noches templadas,
si tu eres una de ellas?

Rolando Gabrielli©2005

Poesía


Soy tu sirviente,
considérame
tu público servidor,
humildemente,
un cómplice incondicional.
Tócame el corazón
con la yema de tus dedos,
desnuda la semilla seca
y sé mi fruto.

Rolando Gabrielli©2005

Demonios


Demonios,
puedo dejarte
caer
en el Infierno,
sin
que se encienda
una sola
vela.
Rolando Gabrielli©2005

Diosa de un Dios


Si eres mi Diosa,
debo ser tu Dios.
¿Qué hago, entonces,
Dios mío con este amor?
Rolando Gabrielli©2005

Cosas de Quijote: preguntas veredes


Déjeme entenderlo, caballero:
¿Estos molinos son gigantes
y usted nos defiende
de sus poderosas aspas,
en estos caminos,
que nos pudieran llevar
a los mismos infiernos?
II
¿Andante señor, caballero,
con todo respeto, el gordito
es su escudero,
el de cosas veredes,
de la Isla Barataria,
a quien usted
lo enredó en este sueño?
Rolando Gabrielli©2005

Infierno


Infierno, sacrifícate,
arde por todos nosotros.
Rolando Gabrielli©2005

Manzana



Manzana, ámame,
sólo soy un gusano
Rolando Gabrielli©2005

Estatua


Estatua,
libérate,
anda, camina...
Rolando Gabrielli©2005

Soldado



Me voy, soldado,
la noche ahorca,
el cielo, mi mejilla roja.
Espesa es la vitrina del muerto,
su adorno, una hilera de curiosos
despide los cementerios,
despide los aeropuertos.
Así se van los muertos.
Rolando Gabrielli©2005

Obra


Este es mi público:
ciego, sordo, mudo.
Por mí,
se corta las venas
pero no aplaude.
Rolando Gabrielli2005©

miércoles, diciembre 21, 2005

Memoria


Nadie olvida,
sólo la memoria
ejerce su derecho.
Rolando Gabrielli©2005

La Piedra

La piedra rueda,
si tiene un propósito.
El reflejo permanece invariable,
como una gota de agua,
se parece asímisma.
Rolando Gabrielli©2005

Del Muro


Laméntate,
sólo del muro
que tú construyes.
Rolando Gabrielli©2005

Tú eres mi As

Tú eres mi As,
alfil deseado,
copa de viento,
mar de siete gotas.
Rolando Gabrielli©2005

lunes, diciembre 19, 2005

Whitman en Nueva York



WHITMAN EN N.Y.
Rolando Gabrielli©2005

Las calles de Manhattan están vacías de poesía.
Un poema no es una tienda o un policía a caballo,
ni siquiera este aroma de rosas náufragas
que alguien cuelga en sus manos y camina,
o la piel de un traje de estación
y estas muchachas que alumbran con sus risas
las vitrinas doradas de la Gran Manzana.
Nueva York, más bien le ha dado la espalda
a Walt Whitman, quien puso nombre a la poesía
sin nombrarla.
Las palabras están en todas partes y en ninguna,
la gente camina sin saber a dónde va,
es el principio de un poema y de una gran ciudad.
Una campana se queda en el eco de un nuevo silencio,
un poema puede encontrar su rostro en los cristales rotos de una fachada, detrás de una ventana.
Respira mejor cuando nadie sabe que tú y yo respiramos aquí, diosa pálida, poesía,
flotamos hoja madura de calendario.
Qué raro es estar sin ti a la hora del almuerzo,
mirar la mañana amarilla del otoño,
ver que no se detiene un segundo la ciudad,
y sus espaldas adolescentes cargan mochilas
y todo seguirá su curso en la nueva estación.
Whitman arrastró el poema como un servicio público,
enfermero, bombero, albañil, conductor, amante de la Nación,
voceó el poema a los cuatro puntos cardinales,
su cuerpo humeante fue la poesía
y repartió la palabra sin un Dios conocido.
Nadie que lo haya leído podría decir:
Whitman no sudó, vivió, disfrutó el aire.
Nació en Nueva York, donde hay poesía,
pero no poetas que bajo la noche,
detrás de los espejuelos del sol,
o donde el invierno puede llegar a tener sus propios árboles desnudos,
lloran los ojos rosados de la nieve,
la inmensa lluvia del poema.
Así creció la barba de nieve de Whitman,
la noche blanca de Manhattan, la noche negra de Brooklyn,
un pedazo de cielo dobla una esquina
y la historia se muda, sin barbas, muda de espanto.
Whitman recorrió las calles rosadas de San Francisco,
sin religión,
sin partido,
con convicción.
Siempre se confundió con el Hudson,
nunca estuvo al otro lado del río.
Todos saben por donde iba cantando.

Tú podrías


Tú podrías brillar como la nieve
y no ser la sombra de opaca luz
en que te empeñas ser.
El tiempo te dirá,
corazón de escarcha,
más blanca son tus noches

que la nieve.

Rolando Gabrielli©2005

Sucede que me canso de ser hombre (descubriendo a Neruda en Nueva York)


Sucede que me canso de ser hombre (descubriendo a Neruda en Nueva York)
A Silvia, en Colorado, que tanto impacto le ocasiona el verso: sucede que me canso de ser hombre.
Rolando Gabrielli©
¿Cuántas peluquerías y cines hay en Nueva York? Seguramente incontables como pelos y ojos transitan por sus calles, de día y noche, sin reparar la contabilidad pública ni privada de sus actos. Una ciudad que se mira el ombligo, no vive, o que se sueña en la memoria, carece de futuro, por eso Nueva York se inventa cada día un nuevo día. Una manera real, dicen sus calles, es no apagar la luz. Perdidos en Nueva York, si el tiempo volara, y una esquina sumara un nuevo camino. Hazme la historia, conviérteme en santo peatón de tus calles New York. Los ojos son las vitrinas de tus mañanas, que te recorren, bajo los subterráneos, sobre mis pisadas. Súbditos de tus sueños, del acero, el Central Park, la imagen volada en el otoño, caballo sin dinero en tus calles. En el poema New York viaja en el Hudson, es ciudad blanca en enero. Pablo Neruda, en su poema de Residencia en la Tierra (1931-1935), citado por Charles Simic de la Revista New York Review of Books, es quien afirma en sus memorables versos: Sucede que me canso de ser hombre./ Sucede que entro en las sastrerías y en los cines/ marchito, impenetrable como un cisne de fieltro/ navegando en un agua de origen y ceniza. Simic, en el año del centenario de Neruda, echa recuerdo a una antología latinoamericana editada en Nueva York en 1959, desde donde rescata esos versos residenciarios existenciales, de agonía y que llevaron al suicidio a un joven estudiante chileno. Neruda años después se apartaría de esta poesía “dolorosa”. Simic, poeta norteamericano, remember la importancia para él de la aparición de esa antología, de sugerentes 666 páginas, en su vida hace más de cuatro décadas y la compara como haber leído por primera vez el extraordinario poema de T.S. Eliot: "Canción de amor de Alfred Prufrock”. Esa antología comprada en una librería de viejos en Nueva York, que tanto le impactó, incluía además de Neruda, poemas de Borges, el brasileño Drumond de Andrade, Huidobro, Nicolás Guillén, César Vallejo y muchos otros. Pero son los cuatro poemas de Neruda, en especial los que recoge: Walking Around, Sucede que me canso de mis pies y mis uñas/ y mi pelo y mi sombra/ Sucede que me canso de ser hombre./ Sin embargo sería delicioso/ asustar a un notario con un lirio cortado / o dar muerte a una monja con un golpe de oreja/ Sería bello/ ir por las calles con un cuchillo verde/ y dando gritos hasta morir de frío. Para Simic, que comenta con blancos, grises y matices, una antología recientemente editada en Nueva York, bajo el título The Poetry of Pablo Neruda, (Editorial Farrar, Strauss and Giroux, New York 2003, 996 págs.) la más copiosa en inglés para un poeta extranjero, afirma que a pesar que conocía la poesía surrealista francesa, de haber leído antes a Lorca, Mayakovsky, Brecht, nunca se había topado con un poema como Walking Around. Le sorprendió, dice, las imágenes novedosas, "surrealismo natural", y cita la opinión de otro poeta norteamericano, David St. John, en un ensayo, agrega, sobre ese mismo poema. Residencia en la tierra es un resonar de cosas desvencijadas, muertas, de copihues rotos sangrantes sobre el pecho del poeta que viaja en la monotonía, el vacío de las cosas, del minuto desamparado que lo envuelve en una costra, el caparazón herida, -su cuerpo-, de una visión real del sueño que vive en el límite. Lo cuelga en una percha cuando llega al cuarto vacío, dobla con él la esquina de una ciudad, rompe el estricto orden de las cosas. Le suena el pecho al joven Neruda, en Asia, como un rodamiento mal aceitado, pero ya venía del Sur de Chile con sus nostalgias, toda una carga sin destino ni puerto. Amado Alonso dice en su ensayo Poesía y estilo de Pablo Neruda, que de la melancolía primitiva de Crepusculario, 20 Poemas, El Hondero entusiasta, en toda su poesía previa a las Residencias, el poeta nos habla de una "bella tristeza", la melancolía de lo que se pierde, pero es en su Residencias donde el dolor se hace infinito. Razón tiene Simic cuando dice que los surrealistas se montan al caballo de la poesía (la metáfora es mía) desde el inconsciente, pero Neruda lo hace desde el “realismo mágico”, que abriría las puertas a la narrativa latinoamericana, donde no existe, cito al poeta norteamericano, fronteras entre lo real e imaginario. Cualquiera sea la explicación que demos a estas palabras, desde luego que no pueden ser cualquiera, tienen un hondo significado en cuanto a lo que pesó, caló en su momento y posteriormente la poesía nerudiana en Estados Unidos, él un confeso heredero de Baudelaire y Whitman, Quevedo, de la provincia sur, del paisaje austral, de la historia de su tiempo, la angustia del hombre común y corriente, de la materia, del sueño de la otra América. Ignacio Valente, crítico literario chileno, considera que Neruda atravesó todos los "ismos" del siglo XX, modernismos al clasicismo, pasando por el surrealismo, sin ligarse a ninguno de ellos. Simic, en su entusiasmo nerudiano llama la atención sobre el récord de antologías editadas en idioma inglés sobre el poeta de Isla Negra: 51 desde 1961 a la fecha, todo un Guiness, comenta. De su visita a Nueva York en 1966, nos queda en el recuerdo, un Neruda en mangas de camisa caminado por las calles de la Gran Manzana con su amigo el dramaturgo Arthur Miller. Amplio en amores y libros, Neruda le cantó a América. “Al Oeste de Colorado River/ hay un sitio que amo./Acudo con todo lo que palpitando/ transcurre en mí, con todo/ lo que fui, lo que soy, lo que sostengo./ Hay unas altas piedras rojas, el aire/ salvaje de mil manos/ las hizo edificadas estructuras. Es Norte América. Eres hermosa y ancha Norte América/ vienes de humilde cuna como una lavandera/ junto a tus ríos, blanca. Y de Maniata, dice Neruda en su Canto General, la luna en el navío/ el canto de la máquina que hila/ la cuchara de hierro que come tierra/ la perforadora con su golpe de cóndor/ y cuanto corta, oprime, corre, cose: seres y ruedas repitiendo y naciendo. Los primeros versos, como bien apunta el escritor chileno, especialista en Neruda y residenciado en Estados Unidos, Fernando Alegría, es una declaración de amor. “Al Oeste de Colorado River/hay un sitio que amo...” Como siempre el poeta sureño nombra, describe cuanto ve, toca, sueña al paso de la naturaleza, el hombre y las cosas. Un viajero de sí mismo, y llama a Whitman innumerable como los cereales, Poe en su matemática tiniebla, Dreiser, Wolfe, frescas heridas de nuestra propia ausencia. En sus visitas a Nueva York, Neruda autor también de casi cuatro mil páginas en verso, prosa, teatro (Fulgor y muerte de Joaquín Murieta), solía recitar y recordar al viejo Whitman, a quien en su Canto General le pide que le dé su vos y el peso de tu pecho enterrado/ y las graves raíces de tu rostro/ para cantar estas reconstrucciones. Cuando Pablo Neruda, quien fuera senador de la república de Chile, en su calidad de embajador en Francia en 1971 le tocara negociar la deuda externa de Chile en ese período, con el Club de París, invocó a Whitman, y dijo que la única deuda que él tenía era con el bardo norteamericano. Neruda, como todo gran poeta es una Caja de Pandora, de sorpresas, registros, asociaciones, una poesía bajo una lluvia infinita de metáforas, imágenes sobre sus propios caminos y la esperanza, inundada de humanismo, amor, denuncias, cien por cien americana y universal, esencialmente telúrica, materialista, visitada por un niño, propio poeta, habitante de su isla. Todos los pasos históricos de Neruda han sido ampliamente divulgados, desde sus viajes infantiles en el tren que su padre conducía en el sur de Chile, a sus días de estudiante de francés a la bohemia santiaguina de capa y espada, su juvenil partida diplomática a Rangún, la fama de los 20 Poemas de amor, y su presencia en España, que le cambiaría el curso de su vida cuando se casó con la argentina Delia del Carril, se adhirió a la república, posteriormente ingresó al Partido Comunista de Chile, llegó a Senador, marchó al exilio y se convirtió en un ícono de la intelectualidad de izquierda durante la Guerra Fría. Ya Neruda marchaba hacia el Olimpo, el Premio Nobel de Literatura en 1971. Pero Neruda era el viajero inmóvil que bien describe el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, un pie en Isla Negra y otro en el mundo: Praga, Moscú, París, Nueva York, Buenos Aires, México, La Habana. No se detendría más hasta poco antes de su muerte, y aún así dejaría ocho libros sin editar. Ya estaba en marcha su plan de seguir viviéndose. La obra de Neruda descansa en su Canto General, toda la poesía amorosa, las Residencias, los libros de las Odas, y a mí en lo personal me agradan además, Plenos Poderes y Cantos Ceremoniales. Neruda se multiplica como los panes y eso no le agrada a diversos críticos, que “eliminan” de su obra total un treinta por ciento de sus textos, como opinan los poetas chilenos Enrique Lihn, Oscar Hahn, el crítico inglés J.C. Cohen y el autor de su reciente antología en Nueva York, el mexicano residente en Estados Unidos, profesor en el Amherst College, Ylan Stavans, quien dijo que cuando leyó a Neruda quedó hipnotizado. The Poetry of Pablo Neruda recogen versiones de casi todos los libros de Neruda, en manos de 37 traductores, y en la sección final del volumen ("Homenaje"), Stavans invita a varios poetas - algunos tan célebres como Paul Muldoon o Mark Strand- a realizar nuevas traducciones. En una entrevista a El Mercurio de Chile, Stavans nos habla de dos descubrimientos nerudianos, etapas distintas, en su adolescencia y madurez. La primera, la del asombro, y la segunda, de un nuevo asombro en los 90 tras la petición de un estudiante que le leyera el poema de la Sonrisa durante su matrimonio. Ese es el encanto de Neruda, hacerse presente en distintas ocasiones y épocas, de manera cotidiana, espontánea y sencilla. Es difícil disputarle al poeta sureño su territorialidad terrenal telúrica material. Sus viajes profundos al ser de la madera. No es fácil para un extranjero, en este caso alguien que no sea chileno, entender la “familiaridad” de Neruda con lo chileno, el pueblo con su poesía, las cosas, porque existió una comunión física entre el poeta y la gente, más allá de las palabras. No fue un poeta taciturno, ausente, alejado del mundanal ruido, porque estuvo, inclusive cuando las fronteras geográficas y políticas se le cerraron. Pensó y vivió en función de Chile. El más presente y ausente en el momentun Chile. Era notorio el doble estándar de su ausencia-presencia. A la hora de las hienas, no le fue perdonado su gran presencia de tortuga oceánica. Nuestra adolescencia estuvo imantada por la voz y el mito nerudiano. Escuchamos el long play de los 20 Poemas de amor y una Canción desesperada, cuya cubierta nos muestra a un Neruda pensativo, delgado, de innegable aspecto de poeta. El joven Neftalí nos convocaba en la humildad de un cuarto en Santiago, con la magia de las palabras, en una extraña, monótona, posesiva musicalidad poética. ¿Es real la influencia de Neruda en los poetas norteamericanos?, y ¿era necesaria una selección como la del libro?, pregunta el periodista Patricio Tapia al antologuista, quien responde: "Real y necesaria... Son pocos - muy pocos- los escritores extranjeros que han tenido tal impacto en la poesía de los Estados Unidos. Neruda es el Whitman del sur y Whitman, el Neruda del norte. Puedo invocar varias docenas de poetas cuya obra muestra ecos nerudianos, audibles e inaudibles. Sólo un puñado de ellos está representado en The Poetry of Pablo Neruda. En las últimas décadas esos ecos son especialmente evidentes entre los así llamados 'poetas de color', i.e., negros, latinos etc. Toda una revelación que refleja la vigencia nerudiana en la poética Norteamérica de finales del siglo XX y comienzo del XXI, en vísperas del centenario de su natalicio. Neruda fue obscenamente prolífico. Leer su obra completa es dejarse llevar por el vértigo, advierte Stavans, un punto que Enrique Lihn plantea en sus críticas ácidas a Neruda, como diversos poetas e investigadores de su obra lo hicieron y hemos señalado en esta nota, algunos ensayos y conferencias anteriores en estos años, sobre un poeta que gravitó en el siglo XX, como ninguno quizás. Tuvo algo de Picasso, en su absorbente atmósfera y apetito por la vida, su misión pantagruélica de la poesía. No dejaba tema, devoraba la geografía, la gente y las cosas. El conjunto de la obra nerudiana, en nuestra opinión, derrota a sus detractores y al tiempo hasta ahora. Lihn me dijo que la historia le acompañó, pero desde luego, Neruda se hizo presente, le arrebató el fuego a los dioses, a su manera, y este tira y afloja continuo sobre lo que hizo, dejó hacer, o no debió hacer, lo ubica siempre en un primerísimo primer plano de la discusión. Para Stavans, su obra es uno de los mejores testimonios que tenemos de ese siglo despiadado. Un testimonio desigual, imperfecto, apasionado. Un testimonio increíblemente humano. La poesía de Neruda es cuerpo de pueblo, una mala metáfora, pero real. De caderas anchas, sudada en el amor, recorrida en el río profundo de lo humano, artesana de su propio molde, tan terrenal como Eva, que abandonó apresurada el paraíso con Adán, para ir a hacer la vida en un pequeño cuarto en alguna ciudad del mundo. Su poesía fue construida con los materiales de la Casa- América, dijo en 1965 al periodista francés, Claude Couffon, quien lo califica de intérprete de la solidaridad humana. Neruda comenta al francés que ha dejado su palabra en la puerta de numerosos desconocidos, solitarios, prisioneros y perseguidos. Fue el “gran salto” hacia lo social de la poesía nerudiana marcado por al Guerra Civil española, aunque nunca abandonó la poesía íntima, amorosa, lo material y humano, las cosas, lo que forma su obra con todos los materiales de una construcción para ser habitada en la palabra. Neruda se reciclaba, es casi imposible no repetirse con tantas páginas, o dejar de tensionar el lenguaje, y de todo eso hay en su obra, que la escribía las 24 horas del día en Isla Negra, barcos, embajada, en sus viajes, donde estuviera presente, ahí el poema. Escribió mucha poesía fuera de Chile, en sus estadías en Argentina, Uruguay, México, Italia, Francia, Hungría, Rusia. Se consideraba un poeta de “utilidad pública”. Participaba efectivamente en actos sociales y contaminaba su posea con la gente sencilla, los oficios, las piedras de Chile por donde caminaba. No creo en los poetas nacionales, como se usan en Rusia, o en algún otro país, por tradición, no sé, pero Neruda llegó a ser uno de ellos. Poesía multiplicada por la voz del pueblo. Acumulada en la memoria, poesía algo misionera. Con esa fuerza lírica, redentora, con el entusiasmo no pocas veces, era un pariente directo de Walt Whitman, y nunca lo negó. Más allá de todo análisis, y seguramente se seguirán escribiendo libros sobre su obra, Neruda nunca dejó de ser el poeta del amor, como lo reconoció en la entrevista Couffon, y subrayara que los cambios de tema y forma eran frecuentes en su poesía. “Yo quiero agotar todas las formas y todos los estilos para cada tema”. Sus libros juveniles, marcaron a hierro al poeta, y su melancolía, el amor primario, forman parte de la piel de su poesía, la que nunca abandonó. Una vez dijo que podría olvidar todos los números, teléfonos, pero nunca el de la calle Maruri 513, donde escribió Crepusculario. En una pensión humilde, próxima al río Mapocho, calles de una profunda melancolía, se sellaría definitivamente su camino de poeta. Puso a soñar el cuerpo y los sentimientos regis traban los atardeceres Tan discutido en vida y aún más quizás después de muerto, curiosamente las principales capitales del mundo y muchas ciudades donde dejó alguna señal su poesía, se reúnen unánimemente para festejar su poesía, detenerse en un hombre de su siglo. En Panamá, que no es París ni Nueva York, capital ferial del dólar latinoamericano, sitio visitado y arrasado por Sir Francis Drake y Sir Henry Morgan, Neruda dio un recital y escribió dos poemas sobre Panamá y el Canal interoceánico. Su verso emblemático fue: una bandera sobre el Canal, profecía que se cumpliría décadas después. El mar y las campanas son dos elementos nerudianos, de su vida y poesía, rodeado de mar en Isla Negra y unas campanas a la entrada de su mítica y visitada casa, el poeta fue fiel a sus motivaciones, amigos, país, cosas y casas. En uno de sus libros póstumos El mar y las campanas, dice, casi con la metáfora famosa que Rodríguez Monegal, le dedicara en un libro al propio Neruda: De un viaje vuelvo al mismo punto/ por qué? Por qué no vuelvo donde antes viví/calles, países, continentes, islas/ donde tuve y estuve? Por que será este sitio la frontera/que me eligió, qué tiene este recinto/sino un látigo de aire vertical / sobre mi rostro, y unas flores negras / que el largo i nvierno muerde y despedaza? Ay, que me señalan: éste es/ el perezoso, el señor oxidado/ de aquí no se movió/ de este duro recinto: se fue quedando inmóvil / asta que ya se endurecieron sus ojos/y le creció una yedra en la mirada. Rodríguez Monegal, como se sabe, le llamó: El viajero inmóvil. No sin razón, Neruda iba por el mundo, pero su poesía arrastraba el largo pétalo de Chile, y nunca dejó de vivir en Chile. Neruda es casi inagotable, infinito, cubrió el gran maratón de la poesía del siglo XX y lo hizo como los antiguos corredores griego, con todo el aliento. Amó la vida como pocos y le cantó con fervor, pasión, desde una orilla del mudo, el Sur de Chile. Walking Around Pablo Neruda Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro Navegando en un agua de origen y ceniza. El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores. Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre. Sin Embargo seía delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día. No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena. Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche. Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapatería con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas... La infinita (Los versos del capitán) Pablo Neruda Ves estas manos? Han medido la tierra, han separado los minerales y los cereales, han hecho la paz y la guerra, han derribado las distancias de todos los mares y ríos, y sin embargo cuando te recorren a ti, pequeña, grano de trigo, alondra, no alcanzan a abarcarte, se cansan alcanzando las palomas gemelas que reposan o vuelan en tu pecho, recorren las distancias de tus piernas, se enrollan en la luz de tu cintura. Para mí eres tesoro más cargado de inmensidad que el mar y sus racimos y eres blanca y azul y extensa como la tierra en la vendimia. En ese territorio, de tus pies a tu frente, andando, andando, me pasaré la vida. CABALLO DE LOS SUEÑOS (Residencia en la tierra 1) Pablo Neruda INNECESARIO, viéndome en los espejos con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles, arranco de mi corazón al capitán del infierno, establezco cláusulas indefinidamente tristes. Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones, converso con los sastres en sus nidos: ellos, a menudo, con voz fatal y fría cantan y hacen huir los maleficios. Hay un país extenso en el cielo con las supersticiosas alfombras del arco iris y con vegetaciones vesperales: hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga, pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos, yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa. Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes, vestido como un ser original y abatido: amo la miel gastada del respeto, el dulce catecismo entre cuyas hojas duermen violetas envejecidas, desvanecidas, y las escobas, conmovedoras de auxilios, en su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y certeza. Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora: yo rompo extremos queridos: y aún más, aguardo el tiempo uniforme, sin medidas: un sabor que tengo en el alma me deprime. Qué día ha sobrevenido! Qué espesa luz de leche, compacta, digital, me favorece! He oído relinchar su rojo caballo desnudo, sin herraduras y radiante. Atravieso con él sobre las iglesias, galopo los cuarteles desiertos de soldados y un ejército impuro me persigue. Sus ojos de eucaliptus roban sombra, su cuerpo de campana galopa y golpea. * Vendrás Conmigo.. Pablo Neruda "Vendrás conmigo" dije, sin que nadie supiera Dónde y cómo latía mi estado doloroso, Y para mí no había clavel ni barcarola, nada sino una herida por el amor abierta. Repetí "ven conmigo", como si me muriera, Y nadie vio en mi boca la luna que sangraba, Nadie vio aquella sangre que subía al silencio. ¡Oh amor, ahora olvidemos la estrella con espinas!. Por eso cuando oí que tu voz repetía "Vendrás conmigo", fue como si desataras Dolor, amor, la furia del vino encarcelado Que desde su bodega sumergida subiera, Y otra vez en mi boca sentí un sabor de llama, De sangre y de claveles, de piedra y quemadura. Desnuda eres Pablo Neruda Desnuda eres tan simple como una de tus manos, Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente, Tienes líneas de luna, caminos de manzana, Desnuda eres delgada como el trigo desnudo. Desnuda eres azul como la noche en Cuba, Tienes enredaderas y estrellas en el pelo, Desnuda eres enorme y amarilla Como el verano en una iglesia de oro. Desnuda eres pequeña como una de tus uñas, Curva, sutil, rosada hasta que nace el día Y te metes en el subterráneo del mundo Como en un largo túnel de trajes y trabajos: Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda

Poema Crudo y Cocido

viernes, diciembre 16, 2005

Frida Kalho, su revolución permanente


Frida Kahlo, su revolución permanente
Salma Hayek paraliza, pone en off la realidad con sus encantos. La realización en Frida Kahlo, la pintora que entró al lienzo de la vida en unos colores únicos, irrepetibles, perdurables francamente, refleja su pasión por arrancarle todos los tiempos y despojarla de ese mal oficio de no ser, sino declinar e instalarse en el sucio vacío estuche del conformismo.
Unica por plantársele a la vida siempre por delante, Frida, empujó a la realidad siempre un paso más allá con ese talante lleno de colorido, acción, sinceridad aterradora, deslumbrante belleza y un talento que crece con los años, como siempre, regateado en vida.
Ya se escuchan no pocas voces que esta no es toda la Frida que hizo historia, pero sabemos que el celuloide es un espacio restringido para una vida común y corriente, y en este caso, cómo pintar con sus mismos colores una vida tan colorida, puede ser una interrogante a resolver.
Frida Kahlo pasó a la historia porque hizo lo que su corazón le dictó y en esa época no es poco decir, y en cualquier otra. Es su espíritu el que debemos recorrer con la divina Salma Hayek, el derroche de vida, la pasión, el salvajismo natural de este maravilloso animal que nos parió México, sin consultarle a nadie en el mundo.
Sus ojos parecen robados al fuego, su cabellera fue hecha para el brillo y el viento que ella misma agitaba con su paso y movimientos. Lo que fue y no fue, siempre se lo entregó a la vida y allí se instaló, con el amor de su vida, el pintor Diego Rivera, con la pasión de su genio, de su hermosura de diosa genital. Un ícono de México dice la publicidad, el marketing de pasarela, de la banalidad banal. Es, a mi juicio, parte de la gran raíz de México, país de pintores colosales, y ella entra hoy a Hollywood de la mano del éxito como lo conocemos hoy, tan exitista, pero debemos buscar en la artista, la mujer, su lucha contra la adversidad, y sumar todos sus placeres y sufrimientos, para rescatarla desde la hondura de su dolor casi perfecto.
Nació para vivir la vida y los grandes desenlaces, torear el destino, carga su época como una huérfana que sólo busca el amor, pero que lucha denodadamente contra la adversidad y por conquistar cada peldaño en su propia existencia. No pidió ni le dio cuartel, ni un gramo de sombra, a la vida y a su voluntad de ser y hacer.
Vivió en el extremo de la punta, y en la orilla del otro extremo, como en el centro del vórtice, cuando fue necesario, y casi siempre lo fue.
Caló hondo en su tiempo, Frida, y si fue toda de carne y hueso, una estampa de realidad viviente, transmitía la fuerza innegable de un espíritu superior y más allá de su tiempo, el que hoy se recoge a raudales en tantos y diferentes escenarios, que sólo conducen, a esta enigmática, ardiente, dolida, apasionada, delirante, temperamental, sensual, erótica, volcánica, yaciente, vital, dulce, desgarrada de si misma, la Kahlo soporta todos los calificativos, porque ella es su propio adjetivo, siempre nuevo, cambiante. Mujer de renuncias y retornos, en el amor, la política, siempre con pasión, de uno a otro lado de la esquina.
Su vida fue ese huracán en tierra firme. Su visión de tempestad, no evitaba que permaneciera firme en sus convicciones, atada a sus propios cimientos. La vida siempre le empujo una cuarta más allá de lo permitido, desde la temprana poliomelitis que sufrió a los seis años al trágico accidente que cambió su vida, la inició en la pintura y al crucificó en vida.
Fue amiga de Trotski, cuando llegó a México en los años 37, dicen que su amante ocasional, conoció a Bretón, el padre del surrealismo, expuso por primera vez en Nueva York de manera individual, al año siguiente en París, pero nunca dejó de ser Frida Kahlo, porque había nacido para ejercer su propia e inclaudicable pasión. Vino a pintar la vida y el dolor, a amar en 47 silbantes años, cuando en 1907, al siglo en sus albores se le ocurrió parir a la Kahlo, de madre mexicana y padre alemán.
Los tiempos estaban frescos aún en el lienzo, pero ella decidió arribar con esas mágicas vestimentas de diosa semivencida. Tuvo la rara sensación desde un inicio que venía con menos tiempos que el habitual, y se entregó a la revolución en todas sus manifestaciones diarias, porque ella fue un compromiso con la vida y lo que le rodeaba.
Su pasión, querida Frida, es su mejor color, la pintura que nos deja sin alienta y ciega al mismo tiempo, porque es innecesaria su explicación. Quien la trajo, sabía lo que hacía, usted sólo siguió el cortejo de la vida sin claudicar. Usted abrazó el universo con ese amor gitano que nace en algún lugar y nunca muere, sus blancas ropas albas, me traen tanto recuerdos, de que un espacio nunca termina por ser ocupado. De tantas formas usted, personalísima, secreta, popular, nos dejó en sus ojos, lo que sus cuadros hoy hablan y nos revelan.
Rolando Gabrielli©