Hablé conmigo ayer, hacía tiempo que no recurría a esta motivación, exploración
del yo, así que aproveché que estaba solo, nadie nos interrumpiría, podríamos hablar
con toda confianza, sin límites, no habría nada que ocultar. Me noté con ganas
de escucharme, querer entenderme, saber en qué pienso realmente y cuáles son
mis intereses. Conocerlos de primera mano. Entender en qué consisten en verdad
mis motivaciones, para luego comprender mejor en que ando.
Este es el momento de una auto confesión, sin pelos en la lengua. De vez en
cuando uno debe llamarse la atención, hacer un alto, refrescar la memoria,
regañarse, si es necesario, hasta que todo se haga transparente. Salga a la luz,
dicen algunos noticieros, cuando se trata de un crimen o casos de corrupción.
Es difícil, en una época en que los confesionarios se ventilan en la
Redes sociales, sin tapujos de ninguna clase, mantener a salvo el Yo. Dicen que,
si no estás ahí, no estás en ninguna parte. Jugar a Dios en tiempos no tan
santos, no sé si alcanza para una blasfemia. En todo caso habría que
investigar. Por ahora sigo atendiendo mi monólogo interior, que es más que
suficiente para intentar sobrevivir al ritmo de este vals apocalìptico.
Rolando Gabrielli2026




