sábado, marzo 17, 2007

DOSSIER DE ARQUITECTURA PANAMEÑA






Este Blog editará una serie de artículos relacionados con la arquitectura panameña, en medio del boom de la construcción en Panamá y de este hito editorial, de la firma Mallol&Mallol. Incluiremos fotografías sobre la arquitectura en ciudad de Panamá y del libro del Estudio Mallol&Mallol, con el propósito que se conozca directamente el auge arquitectónico en esta ciudad de poco más de un millón de habitantes, que une los continentes a través del Canal de Panamá y se le conoce como Puente del Mundo, Corazón del Universo, país de tránsito, pero donde conviven pacíficamente todas las religiones y las más variadas etnias del planeta.

MALLOL: LA NUEVA SILUETA DE PANAMÁ




Lo que está ocurriendo en ciudad de Panamá es más que un boom inmobiliario o en la construcción de rascacielos, megaproyectos turísticos y edificaciones costeras espectaculares. La ciudad está cambiando aceleradamente su silueta. Esto ocurre como un hecho cotidiano, visible y forma parte de este nuevo paisaje escénico que transforma especialmente la franja costera que rodea el océano Pacífico. Es un caso único en la historia de ciudad de Panamá, que aunque contaba con más de dos centenares de edificios altos ya hace algunos años, sobresaliendo del resto de América latina, la magnitud del impacto de las nuevas edificaciones no tiene punto de comparación con ninguna época.
Sorprende al visitante más distraído este escenario, porque muy poco se habla de la arquitectura y de este desarrollo, de la burbuja real de la construcción en el pequeño istmo, que para algunos sólo está en el mapa por el Canal de Panamá. Es frecuente leer en la prensa internacional o en libros especializados de arquitectura los desarrollos arquitectónicos de países como Dubai, Singapur o el continuo crecimiento de Nueva York y sus iconos. Los megaproyectos de Shangai en China, las grandes torres que crecen como hongos en las ciudades del mundo, proyectos que desafían la imaginación e invitan a visitar los países, como la arquitectura emblemática en ciudades europeas y de Australia, para irnos a un extremo exótico, porque en arquitectura nunca han existido fronteras.
La arquitectura viaja con el hombre, las revistas, libros y el revolucionario e inimaginable mundo digital, la ha puesto al alcance la mano del hombre común y corriente. La arquitectura, de alguna manera, forma parte más del cotidiano vivir, se disfruta, masivamente en las grandes ciudades y otras lentamente van incorporando espacios atractivos.
No veo, ni leo usualmente escritos sobre Panamá, relacionados con este “renacimiento” de la arquitectura, boom que ha traído una gran inversión extranjera, especialmente española y norteamericana. Sin embargo, existen excepciones y el próximo lanzamiento del libro Mallol Arquitectos, que reúne en 304 páginas la obra de 25 años del Estudio del arquitecto Ignacio Mallol, es un verdadero acontecimiento para Panamá y la región, el mundo de la arquitectura. La editorial colombiana Gamma, tuvo la feliz iniciativa de proponer este proyecto al destacado arquitecto Mallol, para la realización de un libro que tomó cinco años de preparación a un multidisciplinario equipo de profesionales. La obra, por su estética y profesionalismo, marca un hito editorial en Panamá en el campo de la arquitectura y se transforma en una carta de presentación no sólo para el Estudio que la representa, sino para Panamá, como país en constante evolución y dinámica.
El volumen, finamente impreso, con fotografías a color, detalla los principales proyectos de la firma, desde una casa a torres de 92 pisos, complejos turísticos, edificios corporativos, educativos, proyectos en Costa Rica y República Dominicana. Es una gama muy amplia, que refleja el crecimiento de la firma Mallol&Mallol, la más grande de la región, con más de un centenar de profesionales y administrativos, así como el estado floreciente de la arquitectura en Panamá, que pasa por su mejor momento en la historia del país. El libro es un documento indispensable para estudiantes de arquitectura, universidades nacionales y extranjeras, profesionales y estudiosos de la arquitectura en la región, conocedores de la temática, para quienes admiren el arte y la belleza.
Julio Malo de Molina, decano del Colegio de Arquitectos de Cádiz, España, subraya que en medio del complejo universo cuajado de sugestivas ciudades, sorprendentes arquitecturas y notables maestros, se dibuja la realidad caribeña a través de su particular prisma bioclimático, y en su epicentro, la pujante ciudad de Panamá en la que destaca de manera muy especial la poética arquitectónica de Ignacio Mallol. El arquitecto Malo de Molina, sostiene que la obra de Mallol alcanza la belleza como esplendor de lo auténtico. “Es obra laboriosa que completa con rigor el círculo creativo iniciado con la concepción que termina en el primor del detalle, señala el arquitecto europeo.” Es uno de los grandes arquitectos, enfatiza Malo de Molina, comprometidamente contemporáneo, de la América latina.
La arquitectura panameña del siglo XX y XXI, cuenta con un texto de referencia sobre lo que se está haciendo en Panamá y proyecta en el futuro inmediato. Es fácil comprender a través de esta obra, adecuadamente presentada, con textos muy precisos que describen los proyectos e imágenes que satisfacen el ojo más crítico, hacia donde va la ciudad de Panamá en términos arquitectónicos y como se está desarrollando.
Panamá pareció apostar más en el pasado a su naturaleza virgen, al paisaje que le fue dotado hace millones de años, pero indiscutiblemente se ha incorporado a lo que algunos llaman el progreso, modernidad, globalización o todo junto, para integrar a la ciudad un modelo vanguardista de una arquitectura cada día más internacional. Los turistas no sólo recorren la rica y variada geografía panameña, cuya oferta incluye mar, ciudad, selva, islas, patrimonio histórico, sino permite disfrutar de una moderna hotelería y de la silueta de edificios altos o de toda una nueva arquitectura que se destaca visiblemente al ojo humano. Hay más ciudad podría titular un periódico, pero se requiere una mejor y mayor infraestructura para enfrentar el vertiginoso, deslumbrante crecimiento. No hay nadie que no quiera disfrutar de una mejor y más moderna ciudad, pero el esplendor de lo nuevo, también requiere de una acción concertada de los organismos del estado para mejorar las condiciones de vida de la ciudad, su infraestructura vial, sanitaria, todo lo concerniente al agua, alcantarillas y al espacio público en general.
Existe en esta materia un gran compromiso nacional porque la ciudad es de todos e inclusive de quienes nos visitan. Es indiscutible en este impacto global, la incorporación de áreas baldías y ciénagas a lo largo del litoral Pacífico capitalino y también la restitución al país del complejo marítimo canalero y las áreas adyacentes a la vía interoceánica. En el siglo pasado era impensable el desarrollo que estamos viendo, producto de diversas coincidencias y circunstancias.
Rolando Gabrielli©2007

martes, marzo 13, 2007

VIENTO EN EL 13







Viento en el 13, martes,
el hueco de una mano
es parte de la realidad
y no ha salido el sol en el Norte.
Marzo te trae la primavera,
la flor de frutos nuevos.
Unos cuantos pasos
y habré cruzado el límite
de la libertad.
Un puente es menos
que un río
y se atraviesa en el camino.
La luna cierra los ojos
antes del amanecer,
una ciudad que cruzo
en la madrugada,
detrás de los fríos anaqueles,
no pueden haber rosas.
Un jugo de toronja
me recuerda
que dejé de vivir en casa.
Apago el motor
y abro la cerradura
que nunca se niega.
La felicidad me recuerda
tu mano sobre mi rodilla
entrando a la ciudad, crece
tibia en el blujeans,
suave en mi memoria.
Rolando Gabrielli 2007

lunes, marzo 12, 2007

ES BORGES, SEÑORA







Toqué el timbre como si el dedo se fuera a quedar pegado. Después intermitente. Las personas que atienden el Correo de El Dorado, practican el desdén, la indiferencia, con maestría y dedicación. Es un impreso que viene de Chile, le dije a la mujer que apareció con ese rostro que refleja el fastidio de una jornada poco satisfactoria. Me miró y no me vio, pienso. Dejó que yo siguiera su espalda con mi vista y caminó unos cuantos pasos. Después una voz: pase a la ventanilla de la aduana. Caminé hacia el otro extremo y me inquietó el término aduana, por una idea de tramitación más compleja. Le dije: es un libro: Borges.
La caja herméticamente sellada, es decir doblemente segura, imponía respeto por su tamaño. Es Borges, le repetí y me miró con una interrogación sin ninguna compasión y menos entendimiento de que quería decir yo en verdad. El trámite hay que hacerlo, Señor, me dijo, y aquí dice que es un libro. Un gringo, a mi lado, en espera de alguna encomienda, me preguntó: ¿Usted tiene tiempo para leer un libro de ese tamaño? Le dije, ¿conoce a Borges?. No, respondió. Yo soy escritor, se supone que debo leer y escribir, pensé. No es cuestión de tiempo, sino de trabajo. ¿Usted qué hace?, le pregunté. Jubilado, dijo. No tenía más de 50 años. Señor, firme aquí. Su cédula y firme acá. Déjeme registrarlo. Bien. Viene de Chile, le repetí a la mujer, pero mi hermano César lo compró en Argentina.
Salí del correo con mi Borges, sin que nadie se enterará de él y le importara menos. Cuando lo abrí con mis tijeras moradas, me di cuenta de la magnitud del volumen:1663 páginas, el libro más grueso que tengo en mi librero. Y Borges que adoraba lo breve, conciso, él que nunca quiso escribir una novela, le novelaban sus días. Es como un baúl de su vida íntima, un volúmen Pandora, porque su amigo de toda la vida, el escritor argentino, Bioy Casares, registra más de 50 años de convivencia y conversaciones diarias con Jorge Luis Borges. ¿Son palabras sin cedazo? Sólo Bioy lo sabe.
Borges, según registra Bioy, habló un 10 de septiembre de 1949, en el popular barrio Lomas de Zamora, sobre Goethe, y dijo que "a imitación de las religiones, las literaturas de cada país tienen su libro o autor canónico." Dante en Italia, Shakespeare en Inglaterra, Hernández en Argentina, Cervantes, España, Francia Racine, Hugo o Baudelaire. En Marzo de 1950, sigue la vida de Borges, Estela Canto- periodista y novelista argentina- quería que Borges se acostara con ella. "O nos acostamos o no vuelvo a verte" Cómo, dijo Borges, ¿no me tenés asco? Y la invitó a comer y a celebrar a Constitución. Pero JLB estaba enamorado de Silvina Bullrich, escritora argentina de origen germano. Cuenta Bioy que Borges, enamorado de estos amores fatales, pero muy lejos de la carne, pasó frente a la casa de Silvina. ¿A qué hora pasaste, le preguntó ella. A las 12 PM, tenía que pasar, agregó. Ella respondió con una exquisita crueldad: "A esa hora estaba en mi cuarto, en mi cama, con un amante." A Silvina le encantaban los arcos, flechas, rifles, cañones y soldados de plomo."No sería quien soy sin haber visto tanto mundo. Llevo en mis retinas los sangrantes Cristos españoles, los Budas inmensos, las ciudades, los bosques y las aldeas, los mares semejantes que llevan a distintos nombres," apunta Silvina en sus memorias.

domingo, marzo 11, 2007







El tiempo guarda escombros, recicla paisajes, hace memoria la historia y los días se van apilando sin dientes, con sus uñas torcidas por el viento de la espera. Pasan, suceden, transcurren y se saben ungidos en la fe del espanto. Ignorados con sus cabezas negras de ataúdes, pasan, sucede que transcurren, días sin nombre, atornillados al pasado, flojos de dentadura, insomnes, tiempo de tornillo y tuerca, y se agitan en la tormenta de un vaso de agua. Definitivamente ruedan atascados en la hoja de un calendario. La memoria es esta traición involuntaria del pasado. Algunos piensas que los recuerdos son una tradición. Los alojan en un compartimentado alquiler vista al olvido. Las cosas se pierden en el pasado y se recuperan en el presente. También circulan como objetos las palabras, esos raros momentos de piedra atravesada en el camino.
Pueden existir frases que desencadenan acciones, reacciones, pasos, decisiones, movimientos, cambios profundos, escapes, miedos y todo lo contrario: placer, tranquilidad, pasión. Las frases salen como tirabuzones sin ojos del poder, se publican y difunden en los medios, otras quedan flotando en el ambiente, se inscrustan en los luagres públicos, ruedan, y otras se mantienen espasmódicamente. Tienen colores; rojas, negras, azules, las palabras adquieren sus contenidos, arrastran un compromiso, hasta que lo cumplen, y luego se disuelven aparentemente en su atmósfera, el sitio silencioso donde se reciclan. (Mientras exista este bípedo de las cavernas, las palabras seguirán repitiéndose, divulgándose, archivándose, escribiéndose, expulsándose de las gargantas más diversas hasta el fondo del corazón y de la nada, perdiéndose como palabras al viento). Algunos dirán: son palabras después de todo, pero como reflejan, dicen, pesan definitivamente y ordenan situaciones, empujan brújulas, cambios radicales, levantan desde sospechas a falsos testimonios, certifican la defunción del pasado, atornillan el presente o comprometen un futuro esplendor.
Un Coronel retirado,- que cargo más inofensivo, mediocre y divertido, sin riesgo alguno- me dijo: Váyase, limpiarán hasta la Inmaculada Concepción. No quedarán ni las velas de los entierros, las piedras se arrepentirán de haber nacido. Después de lo dicho, desapareció como un escupo lanzado al viento de la noche.
La ciudad nunca más fue la misma. y nosotros, menos. Ocurría no sólo que algo cambiaba, como se espera con el paso del tiempo, sino que más bien se quebraba y rompía en el cristal de esos días. Pensé en Australia, México, lo más lejos de mi mismo. Si iba a pisar lo desconocido, aunque ya había estado en el DF, debía hacerlo por decisión propia, esa que la nostalgia empuja como el olvido. Colombia era un destino, más real, y también aprisionado en el deseo, dibujado como una puerta de escape. El Coronel se había despedido con una sonricita nerviosa, de pasajero en tránsito. Él ya tenía trabajo además de la jubilación, en la nueva y encantadora República.
Llegué al apartamento y por primera vez acaricié la Sansonite blanca como una criatura dócil y sentí por lo que me transmitía su textura, que saldríamos a dar un largo paseo hacia algún lugar. Se mantuvo silenciosa en su blanco sepulcral y ahora sé que sintio mi mano tibia como la de un amigo, un compañero de viaje, más que la de un viajero ocasional, que en algún momento se desprendería de ella como un ticket. Nos habíamos adentrado en una complicidad sin mayores palabras. Dependeríamos del silencio mutuo de ahora en adelante.
Yo había sido exonerado como Periodista de una repartición pública. Cesado de mi puesto de trabajo, sin derecho a nada y fuera del ejercicio de mi profesión. Era una suerte de pasaje a Limbo City. Estábamos en primavera, pero nos sentíamos en un invierno sórdido, sangrante, coagulado entre el espasmo y el estupor. La cordillera nevada era el adorno más espectacular de Santiago y nos daba una sensación que al otro lado debía existir algo más. La nieve siempre es una esperanza, un sueño. En ocasiones de apremio vi atravezar la blanca Sansonite, la dura Cordillera, con algunas cosas personales, adelantándose a los nuevos tiempos. El tiempo comenzaba a doblar sus primeras esquinas. La ciudad se borraba con sus habitantes, devorados por las circunstancias, fagocitados literalmente, como en una cómica de glóbulos rojos y blancos.
Partir era el bolero, año 75 del pasado siglo, país gris de viseras y paso de ganso, escenario cuartelario, la ciudad rompía al alba con miedo de atardecer incierto, oscuro, una acrga demasiado pesada para el sueño. Flotaba en las calles la atmósfera de viaje, un sentimiento de sólo me volverán a ver la espalda.
Fue una madrugada. Subí a un bus con mi hermano y la Sansonite destino a Colombia. No había regreso. Amanecer de invierno, el último con esas caraterísticas y con el Dictador. Un abrazo y en unas horas Bogatá. Después vendría Panamá y siempre con la Sansonite. Viajes por América latina. De alguna manera el pasado encerrado en al vieja valija, la maleta del último Santiago acerado por el gris invernal y blindado por la dictadura. Ahí cabían las palabras del Coronel jubilado. Su sonrisa satisfecha y de paso algún reconocimiento a sus oportunas recomendaciones. Los desaparecidos no tuvieron esa oportunidad.
Conservé 32 años después la Sansonite. El dictador ha muerto. Es hora de enterrar el pasado, dejar que viaje hacia un lugar con otros destinatarios, y mejor estará archivado en el olvido, que también es una parte de la memoria. Rolando Gabrielli©2007