sábado, marzo 25, 2006

ARGENTINA, HOY, NUNCA

No olvidar, madres,
es el día de la memoria,
marzo fatal en el 24, Sur,
la sombra herida de los muertos,
luz de los iluminados,
en el calendario de Argentina,
vienen con sus rojos ojos rojos,
noche de los desaparecidos,

días celestes, cada mañana
asesinan tu cuerpo Argentina.
Treinta blancos años
los pañuelos en la Plaza de Mayo,
madres, nadie muere en vano,
en el cristal de la memoria
no hay olvido, Argentina,
en esta clase magistral,
tus calles, los muertos hablan
con los desaparecidos
de sus derrotas, ausencia,
pero no del olvido.

Rolando Gabrielli©2006

EL SUR EXISTE

El Cono Sur se transformó en el confín del dolor, en las décadas de los 70 y 80. Los militares le destrozaron el espinazo a Chile, Uruguay y Argentina, el Cono Sur. Instalaron la casa matriz del infierno y después le arrancaron el alma a la propia sombra que con tanto esmero habían construido. Falsificaron la verdad, reinventaron el terror, proscribieron todas las libertades, trazaron y cumplieron una política de exterminio contra su propia población. Dieron muerte a la verdad. Mataron la vida. Desaparecieron hasta la muerte. Desde el espanto, promovieron la impunidad, un tiempo sin aliento. Torturaron, confinaron en campos de concentración, deportaron, despojaron de la nacionalidad, arrebataron los hijos de los vientres de sus madres y los donaron a familias de militares. Humillaron, despojaron y saquearon. Bordaberry, Pinochet, López Rega, Videla, la dictadura fue una institución del mal que contó con el apoyo de muchos civiles y también de gobiernos extranjeros. Primero Uruguay: 27 de junio de 1973: luego Chile, 11 de septiembre de 1973 y Argentina, 24 de marzo de 1976. Hubo genocidio literal y jurídicamente hablando. Socavaron los cimientos, dieron vuelta de campana las sociedades de los tres países y congelaron el alma, los sentimientos, la vida e hipotecaron la palabra solidaridad. Inventaron la sociedad de la desconfianza, un escenario de escalofrío, temor, ausencia, despertenencia, el anónimo vacío del día siguiente. Empobrecieron las raíces de la nacionalidad. Aniquilaron a su propia gente. Quemaron libros. Asesinaron el canto, prohibieron la palabra. Sus hazañas las encomendaron a Dios y también asesinaron a curas y monjas. ¿Nadie los vio? Rolando Gabrielli©2006

jueves, marzo 23, 2006




Qué tendría Dora Maar,
que Pablo Ruiz Picasso
la inmortalizó con su gato.
Ni las amantes, ni los felinos
suelen ser fiel,
quizás por ello,
la dejó en la piel,
del inmortal lienzo.
DEBIÓ SER UN ANIMAL DE SUEÑO
Plantada en la rotunda estética de su arquitectura visual, hembra de huesos ardientes, animal vertebrado en la magnífica, brutal esencia de lo serenamente irracional, Henriette Théodora Markovic, se dejó caer desde Buenos Aires, a sus 19 años, en el París de los años veinte, de todos los sueños posibles y los que se inventaban cada día en la atmósfera surrealista. Había nacido en Francia, París, pero estudió hasta esa edad en la reina del Plata. Venía con más de cinco sentidos, dispuesta a comerse con los ojos, la piel, el mundo que se le presentaba alucinante en la gran vitrina parisina. Alta, morena, sensual, dormida como un trébol, la enigmática baraja, el Tarot de quien se llamaría artísticamente Dora Maar, entraba al juego de la vida.
A Dora Maar se le conoce como la amante de dos mitos del arte y la literatura, monstruos sagrados, iconos: Georges Bataille y Pablo Picasso. Fue muchas más que eso, apéndice de artistas e intelectuales, imagen pasional, audaz vitrina de sí misma, antología de sus noches. Así escribe Bataille en su libro El Poder de la Palabra, un texto titulado: El Erotismo. " En medio de un enjambre de muchachas, desnuda Madame Edwarda sacaba la lengua. Ella era, para mi gusto, encantadora. La elegí: ella se sentó cerca de mí. Apenas tuve tiempo de responder al mozo: tomé a Edwarda que se abandonó: nuestras bocas se juntaron en un beso enfermo. La sala estaba abarrotada de hombres y de mujeres y tal fue el desierto donde el juego se prolongó. Un instante su mano se deslizó, y yo me quebré de pronto como un vidrio, y temblé en mis pantalones; sentí a Madame Edwarda, de quien mis manos contenían las nalgas, ella misma al mismo tiempo desgarrada; y en sus ojos más grandes, dados vueltas, el terror, en su garganta un largo estrangulamiento. Me acordé que había deseado ser infame o, más bien, que hubiera sido necesario, de toda fuerza, que eso ocurriera. Adivinaba risas a través del tumulto de las voces, las luces, el humo. Pero nada contaba ya. Apreté a Edwarda en mis brazos, ella me sonrió: enseguida, transido, volví a sentir en mí un nuevo choque, una suerte de silencio cayó sobre mí de lo alto y me heló. Era elevado en un vuelo de ángeles, que no tenían cuerpos ni cabezas, hechos de deslizamientos de alas, pero era simple: me volví desgraciado y me sentí abandonado como lo estás en presencia de Dios. Era peor y más loco que la embriaguez.”
Bataille escribió y reveló en 58 páginas, en La historia del ojo, Histoire de l'Oeil, un potente, agónico, erotismo. No hay límites en Bataille. Su escritura es un acto de luz y olvido. Se consagra a la victoria y a la derrota con la misma lucidez del gusano de luz que devora el cadáver y la noche. Dejó poesía Bataille y unos cuantos signos más. Eres el horror de la noche/ te amo como se agoniza/eres frágil como la muerte/te amo como se delira /sabes que mi cabeza muere /eres la inmensidad del temor/eres bella como matar /el corazón desmesurado/ me asfixio /tu vientre desnudo como la noche /mi locura y mi miedo/ tienen grandes ojos muertos /la fijeza de la fiebre/ lo que mira en esos ojos /es la nada del universo /mis ojos son ciegos cielos/en mi impenetrable noche /está gritando lo imposible/ todo se desploma /véndame los ojos /amo la noche /mi corazón es negro /empújame hacia la noche/todo es falso sufro/el mundo siente la muerte /los pájaros vuelan los ojos desorbitados/eres sombría como el cielo negro. Bataille asumió la cirugía de su costura, cautivó su tiempo con hondos paréntesis sobre una escritura nunca lineal, que se devoraba y crecía bajo el amparo de sí misma. Dora Maar fue el inicio del misterio, sin principio, ni fin. Inspiró a Man Ray, fue compañera del cineasta Louis Chavance y dejó impreso para la eternidad, el sello y la gloria, todas las obsesiones de Picasso, en su cuerpo y para su desgracia, espíritu. La divina Dora, surrealista, onírica, inteligente, fuerte, creativa, un animal tan bello, ejemplar único, sería devorado por el minotauro Picasso. Ella seducía y hablaba desde el misterio. Su libertad, espléndida geografía coporal, clara inteligencia, el arte de encantar y esa audacia, seguridad de sí misma, tal vez todo eso, y lo que pudiera detectar el imán de Picasso, la transformaron en su modelo por ocho años, colaboradora de quien se transformaría en su "maestro, pontífice, tirano y semidiós, además de amante". Pero hubo más que estos datos que llegan como dardos envenenados. La pantera alusinada, dormida al final de sus días, ausente, pero agazapada en los fieros recuerdos del pasado, fue una gran artista, conmovió como pocas mujeres a Picasso, quien le confió para que fotografiara los dibujos que dieron al cuadro más emblemático de este andaluz genial: Guernica. Dora Maar influyó en Picasso y se autodevoraron, aunque ella resultó ser más débil de lo que alguien podría imaginarse o tal vez decidió ausentarse del escenario real de la vida. Dora es la mujer llorosa que lleva la luz en el Guernica inmortal que la inmortalizó. Su destino se sellaría hace 70 años por estas fechas, en el 36, cuando Pablo Picasso, su secretario Jaime Sabartés y el poeta Paul Eluard, conversaban apaciblemente en una mesa del café Deux Magots de París. Ella juguetebaa con una navaja con la que hacía muescas en la mesa. Se cortaba y la sangre comenzaba a brotar a través de sus guantes negros con rosas bordadas. La escena más allá del surrealismo por lo real, impactó al pintor que se interesó por saludarla. Eluard, que la conocía, hizo las presentaciones de rigor. Picasso le habló en francés y ella le respondió en español, con indudable acento argentino, imagino. Eso fue todo para quien ya había atravesado por su período azul y rosa y entrado en el cubismo, y viviría todas las glorias del éxito y la fama.
Vivió intensamente y se entregó al arte, a la pasión, fue una mujer compleja y difícil, ausente, llorosa, y ahi están los cuadros que la retratan con su máscara real de dolor. Sin una musa tan cómplice, condescendiente, participativa, y al mismo tiempo competitiva, tal vez Picasso no habría desarrollado toda la intensidad que requería su obra. Le escribió poemas inclusive: "Sus grandes muslos .../ sus caderas / sus nalgas /sus brazos /sus manos / sus ojos / sus mejillas / su pelo / su nariz / su cuello / sus lágrimas".
Dora Maar antes de conocer a Picasso se había codeado con grandes artististas y continuó su amistad con Breton, Artaud, Lacan, Malreaux, entre otros. Después de más de 30 retratos, dibujos, de vivir un intenso amor, fue abandonada por Picasso. Ella entró en un laberinto donde nunca más saldría. Sólo ella sabía por qué se había recluido, ausentado de la vida misma. Cuenta la leyenda, que nunca sabe todo, pero que sí conoce lo esencial, que Maar conservó hasta su último aliento, un pedacito de papel con la sangre de Picasso y una nota que dice:Dora Maar, Dora Maar, Dora Maar”.
El día que conoció a Picasso, Dora Maar ya estaba montada en su leyenda, levitaba en París con su indudable encanto, la magia del clic que producían sus instintos, el frenesí indudable de de su piel de fuente de agua y miel. No venía a imporvisar una perfomance casual, fuera de los grandes escenarios de la vida, con la majestad de ser ella misma, la Otra que siempre fue, y que debían de descubrir a cada paso que daba como si el silencio ajustara los cinturones de todos los vuelos. D. M. era una marca registrada para seguir abriendo el velo de París. Ella lo registraba con sus grandes ojos verde mar Caribe y el lente de su cámara Rollei quería vivir la imagen del paisaje físico y humano. Picasso le escribiría en una oportunidad este verso: Estaba tan oscuro a mediodía que se veían las estrellas''. La retrataba con palabras desde la luminosidad del amor. Dora Maar cubrió casi 10 años de la intensa vida y obra de Picasso, y no es conocida, ni debe ser reconocida por su vida personal solamente, porque fue una artista con una personalidad propia y se montó en su atril, el de la vida intensa. Competir con la fama de Picasso es un absurdo, ser sombra, también, es poco digno de la historia. Fue su piel, sentidos, ojos, corazón, instinto, estudios, lecturas, conversaciones, su manera de ser y estar en el lugar indicado, provocar la acción, movimiento, lo que me tiene escribiendo estas líneas, así como su ausencia, el desdén con que la ha tratado el tiempo. Convivir, fusionarse, entregarse, ser parte, del mayor Minotauro del siglo XX, es más que un desafío o riesgo, una gozosa irresponsabilidad, una razón de ser, la manera quizás de seguir el hilo de Ariadna. Dora Maar es un icono en la obra de Picasso, más que un cubo de su mundo cubista, una línea intensa trazada con el vapor de un tiempo de búsqueda, de grandes realizaciones en la aventura del lienzo. Ahí está el andaluz insaciable, sentado en una escalinata mirando la cámara, el porvenir ya en sus manos, con la intensidad de sus ojos y Dora Maar a su lado, marcando con su gracia aquellos días para y por vivir. Entraría en el vértigo del laberinto picassiano y parisino, con el impulso de sus propios fantasmas y espléndidas piernas.
Yo le habría escrito algo así: Dora Maar, bendito París/que ya te conoce/pequeña sucursal de tus ojos/no dejes que el sueño te ahogue/las jaulas nacieron para volar con tu libertad/vuela, sólo vuela/en el color de la noche/tú, de alas rojas, divinas/qué fiesta tu cuerpo/Dora Maar, si París no tenombra/es porque no existe.
Y quedaría atrapada en la jaula invisible que Picasso le construyó a cincel sobre su propio espejo. El amor cuando se vuela es capaz de dejar pozos indescifrables en sus oscuras honduras y laberintos. La hermosa, vivaz, que se deslizaba sobre la imagen del relámpago real, y desnudaba su interior, los ojos, se dejaba esfumar ...Oh laberinto de polvo/quién puso el silencio primero/¿la palabra o el sueño? Dora Maar dejó la escena cuando el pintor cambió de musa. Ella entró en un inexplicable sueño, en ese laberinto de olvido y nunca más la flor. 40 años dentro de sí misma, fuera de todo, pozo de una luz que fue. Quedó en la memoria como una fotografía inmóvil. Se encerró en todos los ayeres del pasado, la ilusión del futuro se la borró París y sus inviernos, y esos eslabones perdidos de la cadena de la vida. ¿Qué guardó en los sueños de su prisión voluntaria? ¿Cuál fue el último trazo de Picasso? Su flash definitivo, quién como ella retrató la calle, el mundo exterior, la vida, los rostros de la pobreza y Assia, la modelo de los surrealistas, que Maar inmortaliza en un desnudo, cuya sombra multiplica el deseo. Ella sólo deja el cuerpo frente a la cámara, el tiempo... todo lo demás, es su belleza que algún duende armó mucho antes de Eva. El ojo de Dora Maar, en la imortal figura, el cuerpo que no requiere atril, ni lienzo, de Assia. La belleza a veces tiene nombre.
Dora Maar se hizo ovillo, sombra de su sombra, tras el abandono de Picasso, en una época dura en el París atomizado por la guerra, el miedo, y ella se perdió en el dolor, en la hostilidad de lo que no queda. Viajó hondo casi sin retorno, en el filo quemante de la pérdida de sí. Entró en su apagado invierno de flor marchata, refugio de todos los silencios. Fou, fou, está loca había dicho el pequeño minotauro goloso, que la había reemplazado por una mujer 20 años más joven. La compensó con una casa y algunas visitas. La pisquis de Dora Maar se resintió fuertemente. Ella se abandonó en su desconcierto gaseosos, donde nadie puede llegar. Marchó a la perra soledad porque ya no estaba allí. París se le deshacía en las manos, el humo de un tiempo evaporado, la imagen sostenida en la fotografía y quizás en esos días comenzó a ignorar todo, hasta el mismo vacío, y tal como había llegado luminosa, se marchó en su silencio irrepetible. Picasso había roto el cristal del amor, del encanto, y rotundo como era, también en el arte se pronunciaba definitivo, audaz: Todo el mundo quiere comprender la pintura. ¿Por qué no intentan comprender el canto de los pájaros? ¿Por qué a la gente le gusta una noche, un flor, todas las cosas que rodean al hombre sin tratar de comprenderlas? En el caso de la pintura, en cambio, se quiere comprender. Que comprendan sobre todo que el artista obra por necesidad (...) Quienes intentan interpretar un cuadro, casi siempre se equivocan.
Intensa mujer, argentina, la pasión de los sentidos, una apostadora a la ruina, quizás, pero no al porvenir. traía su propia baraja de Buenos Aires y cayó encandilada por el espejito mágico de Picasso, un insaciable devorador de hembras y espíritus. Después de Picasso, sólo Dios, dijo Dora Maar, al retirarse de la vida del pintor, totalmente destruida, acabada, silenciada, ruinosa de todo deseo. Ella, dueña de sí misma, no se encontró jamás. Con la sensualidad de su voz, el castellano con acento de judía porteña, y el juego conocido como la navaja del bebedor sobre una mesa en un café de París, conquistó a Picaso en la flor de su vida intelectual. Se hacía cortes intencionales sobre el guante y sangraba, pero dicen, que no había dolor en su rostro. El Dios del cubismo caía arrodillado ante una de su más grande, quizás la más intensa de todas sus Musas. Picasso lo sabía desde que al conoció, sin duda su olfato por el color y las formas, también estaba desarrollado en la piel. Cuando D.M. y Baltasar Klossowski Balthus, el pintor del realismo frío, entablaron una conversación profunda de artistas, picasso estalló en unos celos picassianos. Los biógrafos dicen que "no pensaba en otra cosa que en ver sus cuadros, no era capaz de trabajar, ni de pensar, ni de comer, ni de dormir. Como buen genio cretino para los afectos, la amó por lo mismo que le amenazaba. Era tan buena como él en cuanto hacía, si no más".
Y ha vuelto Dora Maar en la majestad de la pintura y sus retratos cotizados como siempre, ponen a temblar el mercado. No hay retiro para semejante mujer, ni lo que dejó de construir tantos años cubierta por el velo de su olvido. De la mano de su amante regresa Dora Maar con el gato. El 3 de mayo será primera plana, su pasado se volverá a subastar en Nueva York. La puja es por 50 millones de dólares y ella murió en la pobreza rodeada de numerosos cuadros y joyas regaladas por Picasso, de una correspondencia con escritores y artistas de renombre. Nunca se deshizo de nada. La tenaza de Picasso la mantuvo aprisionada. Está sentada en un trono de reina, com su porte divino, pero con el rostro quebrado. La relación con Picasso ya viajaba al despeñadero. El gato negro fue un mal presagio. El retrato ha permanecido guardado cuarenta años. El tiempo que Dora Maar permaneció enclaustrada para siempre. Había entrado en un misticismo y en un grado de indudable locura. Pero desde su lucidez, habría dicho, que Picasso nunca fue su amante, sino su amo.
Rolando Gabrielli©2006
Esta es parte de la historia de la hermosa, enigmática y talentosa Dora Maar, fotógrafa, pintora, artista, quien vivió en la Argentina y fue una de las mujeres más retratada por Picasso...una verdadera Musa... y estas líneas son apenas un reconocimiento...pero tienen mucho más de admiración por la mujer y la artista

miércoles, marzo 22, 2006

El Muro Obediente

Alguien pasó esa mañana, se detuvo frente al muro, lo observó detenidamente y escribió: Mula. No pasó desapercibido el mensaje. Al día siguiente se acercó alguien más y escribió: muévete.
Después vino la noche larga. El muro sintió que caminaba lentamente con sus cascos firmes sobre el acantilado, a menos de 50 centímetros del precipicio. El silencio se corrió unos centímetros más y ahondó el paso.

Rolando Gabrielli©2006

martes, marzo 21, 2006



POESIA

Poesía,
no hay un día,
que no sea
tu día.
Palabra
de cuatro vocales
y dos consonantes,
tan simple,
agua del mediodía.
Conozco de quienes
te aman,
dieron su vida.
Río de la poesía,
no detengas
tu palabra.
¿De qué entonces
viviría?
Rolando Gabrielli ©2006

domingo, marzo 19, 2006

CIUDAD


Ciudad, me reconcilio contigo,
pero no te amo,
frontera de material inacabado.
Pulso tus arterias húmedas los ríos
que te recorren,
asciendo en tu espiral
y aún así me abrazas ardiente,
ángel de alas tramposas,
máquina de polvo y luz.
Tu destino es a hierro,
paloma azul de alas rotas,
no gasto en el aire el gesto,
ni las falsas monedas del desamor.
Eres mi espejo envejecido,
la uña amarga de mi tránsito,
máscara bonita,
una de cal por mis palabras,
otra de arena,
por tu frágil castillo.

Rolando Gabrielli©2006

VERANO, ARDIENTE VERANO
En marzo la ciudad es una piel ardiente, pegada a otra piel. El día quema, un sol de pies a cabeza se instala en el alma. Fósforo, chispa, flama titilante, marzo raja el aire, cuartea el tiempo, se detiene lo que no sopla. En la vasta mañana bajo un cielo azul, improviso mi ruta, una marcha solitaria hacia el corazón húmedo de la ciudad. El sol cae abrazado, abrazador, abrazante, calienta, se siente el plomo derretido. (Mi memoria es Atacama, la infinita ruta de asfalto entre los cerros de colores que enmarcan el desierto).
Y la máquina de cuatro llantas se duerme en la siesta del sol, la somnolencia de mi palabra. El sol somete a la noche y desde el día acumula energía en los estacionamientos, entre los edificios, donde el vacío atrapado por el cemento impide las corrientes de aire y resopla un tufo ardiente, denso, acuoso.
El trópico recobra el sol en la cargada noche, camino al amanecer. Lo veo sobre la ventana en el primer reflejo, la luz oblicua de los instantes del alba entra dorada en el reflejo y el cuarto levita en el destello.
El sol es un rey de verdad en el trópico y en marzo reafirma su cetro. El amarillo cubre la grama de los parques y de los sobrevivientes jardines durante el verano. Marzo confirma ese paisaje agreste. Es un paisaje enmarcado por el mar y la selva, ambos parecieran refrescar con sus grandes lomos de agua y tupida vegetación.
La ciudad respira con nosotros el sudor de marzo, el tiempo de un sol soberano, lengua dorada en El Dorado, atravieso el Mall en ampliación, el cemento absorbe y exhala, como un búfalo herido resopla bajo los pies del asfalto detenido, expandiéndose, blando, calcinado.
La ciudad es una estampa del infierno. El peatón no existe. Las paradas de buses reflejan los cuerpos de quienes esperan el transporte. Los automóviles, dueños de las avenidas, forman parte de la inmensa soledad de la ciudad. Una masa metálica hirviendo ocupa como una inmensa mancha lo más visible de la ciudad. El infeliz peatón camina sobre un pequeño margen de cemento, equilibra allí su precaria humanidad de carne y hueso. La ciudad le pertenece al motor, a la máquina que transporta el cuerpo, su aceite, agua, sangre, huesos, itinerario, la ruta del día a día. Deja ver al conductor por el vidrio del parabrisas y los retrovisores que comparten el vértigo mudo de la espalda. La máquina expone su carrocería, el orgullo de sus líneas, la impronta de su lata flamante y su pintura adivinada por los sentidos, acariciada por una táctil memoria.
Es la calle y no cambiará. Empeora el tráfico ante un semáforo o frente a un policía, aún peor, porque ignora el tiempo, el juego y los pasos de la electrónica.
Prefiero dejar caer el cuerpo en la tarde sobre un sofá, frente a una ventana que trae la brisa del bosque, el viento suave que aún conserva el verano y sentir tu mejilla que va y viene, más tibia que el tiempo. La tarde trae y se desprende en las hojas muertas. El patio se alfombra amarillo y la memoria hace posible mis viejos otoños reales.Es en el atardecer cuando como chocolates rellenos de almendra. Ahora sé que el verano aún permanecerá por un tiempo más.
Rolando Gabrielli©2006
ALMODÓVAR HA VUELTO A HABLAR CON VOLVER
Hace 7 años rechazó una propuesta para realizar Brokeback Mountain
De estreno nuevamente Pedro Almodóvar con su película manchega, femenina, de recuerdos de su primera infancia y de lo que llama la España blanca, sin la tortura de la muerte acosadora. Y aún así, el director vuelve con Volver, en España y con Penélope Cruz, Carmen Maura, a plantarse y plantearse el cine que él conoce y disfruta, el retrato de su niñez, la vida en el desprendimiento de cada día, la naturalidad de los pasos perdidos en esos viejos ayeres recobrados en la imaginación del celuloide. No hay una sola escena de sexo, declara, fuera de las tetas de Penélope ”que es un regalo de la naturaleza del que todos tenemos derecho a disfrutar”. Es una historia de personajes femeninos, ha sostenido, rodada en el antiguo pueblo manchego de sus primeros ocho años de vida, donde fue criado por mujeres. Está la España solidaria, vital, chismosa de la vida y de la muerte, pero vital, no reducida al epitafio, al recuerdo inmortal de sus muertos, el negro porvenir de su futuro. No a la España de las lamentaciones, esa que arrastra cadáveres, rencores, huesos de fosas comunes inmunes al tiempo, a la dicha y desdicha, la maldita de todo lo que ve y toca.
Almodóvar dice arrancarle notas a la vida, el lado claro del velo negro de España. En una entrevista a los diarios españoles El País y El Mundo, revela que su pasión por el cine sigue intacta y que su vida no tendría sentido si no existiera el cine. Cine y vida mezclados, reafirma, como dos caras de una misma moneda. Ha vuelto para renovar sus principios, la mirada Almodóvar al pasado, y no es hacia la muerte, que respeta, al menos, dice, y aún no tolera del todo bien, aunque el ciclo es inevitable. La muerte es tan real que se hace presente cuantas veces sea necesario y repite su imagen. Es una cinta para quitar los fantasmas de la vida, ha dicho, como le ha ocurrido con La mala educación.
Ahora profundiza sobre la maternidad, idealiza a las mujeres que en verdad le formaron, el círculo materno, familiar, vecinal, la Mancha sobre la tinta aún fresca del pasado. Y es enfático y gráfico para describir los momentos retratados en su filme: “Penélope Cruz, con ese culo lleno de energía que le hemos incorporado y esos grandes pechos que dan mucha confianza, porque de ellos nos alimentamos y porque nos dan la ilusión de firmeza, de poderío y de instinto de supervivencia. Volver es una película sobre la maternidad”. También se habla de una reconciliación entre madre e hija que han tenido sus diferencias.
Con dos Oscares, 4 César, espera que el público no se fije en esas premiaciones, y de paso dijo, Hollywood sigue siendo conservador. El exitoso y reconocido Almodóvar, reveló asimismo que él fue la primera opción para dirigir Brokeback Mountain. Sorprende que ello ocurrió hace siete años, un tiempo largo para que llegara a cristalizar. Una película que sí quería hacer en inglés era un western con personajes gays, incluyendo indios y todo, situado en la segunda fiebre del oro, reveló Almodóvar. Escribí un primer borrador de la adaptación de una novela y llamé a Larry McMurtry y a Diana Ossana, los mismos que han producido ahora Brokeback, pero la propuesta les escandalizó. Por eso, cuando McMurtry y Ossana tuvieron terminado el guión sobre el relato de E. Annie Proulx –“una obra maestra absoluta”, dice Almodóvar–, pensaron antes que nadie en el autor de La ley del deseo. “Me lo pensé mil veces –señaló–, había días que pensaba en la última escena, cuando visita a los padres y encuentra la camisa, y estuve a punto de hacer la película sólo por esa escena”. Finalmente, dijo no a la propuesta. Algo de lo que no se arrepiente. “Creo que Ang Lee ha resuelto la película del mejor modo posible, mostrando hasta el límite de lo que le han permitido y concentrándose en la esencia de la historia, que es el dolor de dos personas a las que no les permiten amarse... pero mi versión hubiera sido totalmente distinta”. El arte el compromiso con el dinero es malo, dijo, y de pronto sintió que en aquel nido de víboras no podría conservar su independencia, refiriéndose a Hollywood. Ha vuelto con Volver para hablar sin pelos en la lengua. No los necesita. La Cinemateca de París le dedicará entre el 5 de abril y julio, una espectacular retrospectiva de su vida y obra. Comentó una opinión de Godard sobre el cine, se refirió a Los 400 Golpes de Truffaut, y después del reciente estreno el pasado 17 de Volver en España, piensa en su muestra y dos libretos para nuevas películas. “El de Godard es un cine de cinéfilos, y comprendo que el mío también lo es, porque hay referencias constantes a películas, pero no con la presencia abrumadora de Godard. Comparto con esa frase el hecho de que todo el cine que he visto forma parte de mi propia experiencia, y hablo de las películas como si fueran parte de mi vida, y muchas veces los personajes para hablar de sí mismos mencionan una película. Pero no son siempre tributos, sino una parte de la narración... así que entiendo bien lo que dice Godard, aunque se cumple en él sólo a medias”
Rolando Gabrielli©2006